Ave Lamia Revista Cultural Ciudad de México Año I Número I Octubre de 2012
 

 

EL FANTASMA DEL PUENTE BIFROST
Luciano Pérez

La joven borracha llevaba en su sangre alcoholizada la herencia de Cervantes y Santa Teresa. O al menos eso le había dicho su padre cuando era niña, que los mexicanos somos lo que el Quijote y Las Moradas fueron. Pero eso no impidió que la chica prefiriera estar aquí, en Tepito, bebiendo, vagando e inhalando; inhalando, vagando y bebiendo, ante los escarnios de los demás briagos, quienes le gritaban: “¡Éjele! ¡Esa La Fuentes!” En efecto, su padre se apellidaba así, ¿y eso ya qué importaba? De todos modos, cuando ella muriese, su cuerpo sería llevado a París, al cementerio donde yacen Baudelaire y Jim Morrison. Así que, ¿de qué se burlaban esos gritones? ¡Ellos irían a la fosa donde van los que no son nadie! Y esta muchacha, aunque sucia y con el bote de cemento en la mano, era una Fuentes.

Nadie le decía su nombre ruso, nadie sabía pronunciarlo, por lo tanto sólo era “La Fuentes”. Y ella necesitaba veneno: marihuana, ron León con refresco Pato Pascual, y aquello que usaban los zapateros para pegar. Todos estos materiales entraban con fuerza en su cuerpo y sobre todo en su mente, en este lugar de México donde no había región más transparente, sino el Tepito de los palacios aztecas y vikings. O más que palacios, cuarteles. Porque ella se dio cuenta de que había una situación de guerra. En visiones marihuanas, cierto, pero era notoria la prisa bélica del ambiente en ese otro Tepis del futuro que La Fuentes estaba “viendo”. Entonces algo se le iluminó por dentro y gritó: “¡Es la guerra! ¡Por fin ocurre algo y no nos aburriremos más, los autores tendrán de qué escribir!”, y a continuación estalló en carcajadas y siguió avanzando vacilante hacia lo que consideraba su hogar: el puente.

“Mi padre me dijo: ‘Tepito no existe, no pertenece a la región más transparente’, y no supe entonces qué decirle porque yo misma no sabía nada del barrio. Hasta que un día me salí de la casa y llegué aquí. Me gustaría recordarle a él lo que me dijo, y replicarle: ¡Por supuesto que existe! Tan existe que tu propia hija vive ahí, deambula ahí como un fantasma, se embriaga, convive con los demonios de ese barrio, de ese mundo bravo, aunque ya no nuevo. ¡Tepito es quizá más viejo que todo el Anáhuac, y que toda España! ¿Por eso preferías ignorarlo, por eso lo odiabas? Me vine a Tepito porque no quise buscar más a mi padre, un tal…”

El puente de Avenida del Trabajo es el paso de las escuelas primarias hacia la zona de mercados. El mismo que en los sueños verdes de la borracha Fuentes era el Bifrost de los nórdicos. Vio con claridad que parecía como un arco iris, y que Heimdall lo cuidaba. Se le acercó para preguntarle qué hacía ahí, sin soltar el trapo empapado con tíner, o acaso aguarrás. El guerrero le dijo que el puente era el enlace del sector viking con el azteca, pues tenía que haber buena comunicación entre los aliados, y su misión era resguardar que no se colaran por ahí los enemigos contra los que peleaban. “¿Y contra quién pelean?”, interrogó la chica, y el dios guardián respondió: “Contra la bruja del planeta Karina”. La Fuentes, haciendo un gesto de repugnancia, dijo: “¿Contra esa yuppie? ¡Yuppie como yo! Sólo que yo, aunque fea, soy al menos más hermosa”, y se echó a reír, para sentarse luego en las escaleras del puente como lo venía haciendo desde que le gustó errar por el viejo barrio. Sumergió la larga nariz en el trapo lleno de solvente.

La gente iba y venía bajo el puente, y no subían a él porque era más tardado el paso hacia el otro lado. Diario veían a la muchacha sentada en las escaleras, y ella a veces gritaba: “¡Aura, Aura! ¡Buenas conciencias! ¡Artemio Cruz! ¡Ja, ja, ja!” Palabras incoherentes que no les decían nada a los que pasaban. Los briagos la maloreaban: “¡Esa La Fuentes gritona! ¡Cállese!” Luego bajaba de las escaleras para caminar en dirección a la estatua del Generalísimo Morelos, obsequio del emperador Maximiliano al pueblo de México. Miraba ella al prócer de mármol, y le decía: “¡Hola, señor! ¿Usted sabe qué cosa es el espejo enterrado?” Y Morelos desde lo alto, ya sin su brazo derecho, la veía y le decía: “Hija, regresa con tus padres”. La borracha, muy enojada, respondió: “¡No, nunca! ¡Nunca más! ¡Adiós, gato de Chester!” Dijo esto porque un gato se subió a la cabeza del caudillo para sonreír como la luna. La luna amarilla de Tepito. Quien no la ha visto no sabe de lo que se pierde.

Así todos los días y todas las noches, deambulaba el fantasma de la señorita Fuentes. Se percataba de que la guerra era inminente, pues vio pasar a los guerreros por la Avenida del Trabajo, que se dirigían hacia el centro de Mexicópolis, hacia donde la bruja del planeta Karina avanzaba con sus huestes para acabar con el barrio. “¡No, no le permitan que haga eso!”, aulló la muchacha, quien no soltaba el dinero que le acababa de entregar una misteriosa señora venida desde San Jerónimo Hills, el dinero que le enviaban desde la casa de su padre. Un ratero le vio los billetes y se lanzó sobre de ella; la chica luchó como pudo, y solicitó el auxilio de las tropas aztecas y vikings que marchaban gallardamente para enfrentar al enemigo. El ladrón sacó un cuchillo y se lo clavó con fuerza en el pecho a La Fuentes, así que ella tuvo que soltar el dinero, que fue tomado por el pillo, quien huyó de inmediato hacia la calle de Caridad. Ella, como pudo, caminó hacia el puente, que no estaba muy lejos, llorando al tiempo que exclamaba: “¡Odín! ¡Quetzalcóatl! ¿Por qué me abandonaron?”

Al llegar al Bifrost, se sentó en las escaleras, escurriéndole del pecho la sangre de Cervantes y de Santa Teresa. Le dolía el corazón, sintió que se le estaba saliendo. ¿Es que la habían sacrificado? ¿A la yuppie, a la criolla, se le arrancó el corazón para darles satisfacción a los dioses, enojados éstos por la actitud soberbia del señor Fuentes en contra del barrio? La chica quiso comprenderlo así, y por lo tanto sonrió; y acordándose, como siempre, de su padre, dijo: “Ahora entiendo por qué no te gusta vivir en México. Tienes miedo de que, igual que a mí, algún día te agarren y te saquen el corazón como ofrenda para el sol. ¡Por eso huyes! ¡Por eso no te quedas! ¡Por eso quieres ser sepultado en París, donde me llevarán a mí también, pues ya tienes lista la lápida con nuestros nombres! Pero no me preocupo ya, porque mi sacrificio se ha consumado, y Tepito se salvará de sus enemigos catrines, o yuppies, como les dicen ahora”. Y no dijo más. A la mañana siguiente la encontraron, y no tenía corazón. Su cuerpo fue llevado a París. Pero el corazón se había quedado en el barrio, pues el gato de la luna amarilla lo recogió para ofrecérselo a la niña Natasha que se había ido al cielo de diamantes, que brilló más en el firmamento tepiteño.

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