Ave Lamia Revista Cultural Ciudad de México Año I Número I Octubre de 2012
 

BAJO LA LLUVIA
Leticia Vázquez

Quiero ser útil y creo que lo hago bien…Siempre me llamó la atención este trabajo, de manera que me animé y tengo casi un año haciéndolo. Puedo decir que es bueno saber partir leña, uno nunca sabe. Sólo hay algo que me preocupa: tengo miedo de cometer un accidente. Razón por la cual reviso meticulosamente la herramienta y procuro estar a solas, que no haya niños cerca, y les recuerdo a todos que griten desde lejos, que estén de frente y que nunca se acerquen demasiado, y menos a mis espaldas...

Era tarde, estaba nublado, nubes negras que se veían por todo el cielo y se asomaban entre los cerros. Hacía un viento helado…Yo tenía mucha energía; daba hachazos con esmero, gusto y diversión… Escucho mi nombre a lo lejos...

Esta vez no siento nervios, sigo partiendo leña con ahínco. No vuelvo a escuchar mi nombre, quizá quien me había hablado prefirió irse.
Unos minutos después, decidí que ya era leña suficiente. La cubrí para que no se mojara. Tomé el hacha y la llevé al cuarto para evitar un accidente si alguien andaba por aquí, en especial un niño. Nada me parecía extraño…

Seguí mi camino derecho, dejando atrás el lugar del cuartito. Entré a la cocina por la puerta de atrás… Ya estaba la cena. Empezaba a llover. En la mesa estábamos todos… menos Ella, la esposa de él… Era una mujer sola, hosca, casi insignificante para los demás; pero no para mí. Cuando acabamos la cena, la lluvia caía más fuerte. Ya no salimos. Ella debía de estar aquí; en el jardín interior, en la terraza en su habitación…Llovía cada vez más fuerte. Nadie salió de la casa. Los presentes decidieron irse a descansar, lo mismo hice yo.

Recuerdo que se podía ver la lluvia y el cielo por la ventana del cuarto; enormes cerros y árboles formaban el paisaje. Todo era sombras. Se escuchaba que el río llevaba bastante agua, y que la lluvia caía cada vez con más fuerza…
La noche fue corta; pero no se sintió efímera, fue una noche de verano.
Casi todo mundo en esta casa se levanta al amanecer…Aunque sean huéspedes o estén de vacaciones. Yo, el primer ser en estar deambulando por la casa…Salí a los alrededores a dar un pequeño paseo…

Veo cómo ha amanecido el paisaje después de la noche de lluvia; olor a tierra y árboles mojados, se oye el canto de las aves y el ruido del agua, el viento es fresco.
De pronto… estaba ahí… Me acerco y sí, es ella… Yacía tirada junto al tronco donde parto la leña. Giro para ver quien está cerca… Nadie.
Pude ver que tenía la marca de un golpe y rastros de sangre en la cabeza. Cierro sus ojos y le beso la frente. Aprieto su mano. Fue ella quien había gritado mi nombre, se acercó…y… Fue un accidente. No me di cuenta de cuándo y cómo pasó…
La llevé a mi casa de descanso. Le limpio la cara, le pongo otra ropa, le ofrezco disculpas, hago mis oraciones y pregunto: ¿por qué tuviste que acercarte? Vuelvo a disculparme. Le quito las joyas para entregarlas a sus hijos y tomo una para mí. Decido dejarle el crucifijo y vuelvo a pedirle que me perdone.

Aunque creía que Dios me justificaría y ella me perdonaba, no debía y no podía enterrar el cuerpo o echarlo al río, de manera que fui por el sacerdote que estaba de huésped en la casa.
Le explico y le digo que tengo miedo. No quiero meterme con las leyes, no por cobarde, sino por discreción. Si fuera sólo ver al juez; pero no, era papeleo, actas, testimonios, investigaciones, chismes…
Decidimos arreglar todo con un notario, con la hermana de Ella y con Él. Así lo hicimos. El sacerdote explicó todo.
En la casa, nadie preguntó detalles. “Sólo se fue”, dijimos.
Yo sigo partiendo leña.

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