Ave Lamia Revista Cultural Ciudad de México Año I Número I Noviembre de 2012
 

 

DESPUÉS DEL ARMAGEDÓN
Luciano Pérez

No había nada más que hacer, el mundo había estallado en mil pedazos por culpa del maldito Armagedón. “Entonces era cierto lo que decían los Testigos acerca de esto”, decía yo en mi mente. Demasiado tarde para creer, porque, al parecer, ya no había nada. La gente había muerto. Sólo quedaba yo, que tanto me reí del fin del mundo. “Todo estaba en la Revelación”, volví a pensar.

Sin embargo, me di cuenta de que algo no iba como se había profetizado. Cierto, había escombros, cadáveres, polvo, humo, incendios, por todos lados. Y nadie para hacer tareas de rescate. Esto era el Armagedón. Pero a Dios no se le veía por ningún lado; quizá también había muerto, junto con todo. Con casi todo.

Caminé por las destruidas calles. Las casas se derrumbaban una tras de otra, como fichas de dominó, como naipes de tarot. “El fin del estado de cosas, decían ellos”, pensé de nuevo, recordando las frases de los Testigos que me conminaban a creer que el Armagedón llegaría de repente, como un ladrón en la noche. O en el día. Y todo se acabó. Y yo estaba vivo. Y nadie estaba conmigo. No vi ángeles que resucitasen a los muertos, o que se llevasen al cielo a los vivos.

Pronto me di cuenta: llegó el Armagedón, en efecto, pero había fracasado. ¡No fue más que destrucción! Y no se trataba de eso, los buenos tenían que vivir para ver las nuevas tierras donde Dios impondría su reino de mil años. Yo no fui bueno, y estaba vivo. Y ahora ante mis ojos, afuera del edificio donde adoraban a su Señor, ahora en ruinas, aparecieron los Testigos, todos en el suelo, muertos, con el miedo en el rostro.
Entonces, al seguir caminando, ante mi sorpresa llegué ante una casa intacta. En la puerta había un letrero que decía Mme. Putrifar. Toqué y me abrió una mujer alta, blanca, como de cincuenta y ocho años, cabellos cortos pintados de amarillo y mucha pintura en la cara. Al verme dijo: “Yo soy la señora del nombre que está en la puerta. Y tú, ¡no te has muerto! Quiere decir que no estaré sola en la Dimensión Desconocida”, y se echó a reír estruendosamente. No le vi la gracia, pero me invitó a pasar, me senté en un sillón; me preguntó si quería café, y acepté. Curioso que esta casa hubiera sobrevivido al Armagedón. Mme. Putrifar pareció adivinar mi pensamiento y dijo: “Aquellos que no creyeron en el fin del mundo, no tienen por que participar de él”. Así que eso explicaba mi propia supervivencia. Le dije: “por lo tanto, habrá otras personas vivas afuera, igual que usted y yo”. Y respondió: “Es muy probable. Lo único seguro es que Dios está muerto, así como sus seguidores”. Le pregunté: “¿Usted lo lamenta?”, y ella contestó: “La verdad es que no”. Estuve de acuerdo, y bebí el café.

Mis ojos se posaron en una imagen de la Santa Muerte toda de color negro, que estaba sobre una mesa. “¿Usted cree en ella?”, le pregunté a Madame Putrifar, y ésta me dijo que “claro que sí, por supuesto, ella me ha salvado”. Entonces pensé en que algo o alguien me salvó también, la Inmaculada Concepción, sin lugar a dudas. Ya sin sonreír la señora se acercó y me susurró al oído lo siguiente: “Pero aunque hayamos sobrevivido al Armagedón, no significa que no tengamos que morir en algún momento. La Santa me lo explicó y yo le creo, y le he pedido que aleje mí ese momento lo más que se pueda, por lo menos mil años”. No vi qué sentido tenía vivir en un mundo acabado, y me vino la idea de que, así como la de Madame Putrifar, también mi casa estaría de pie, por no haber creído yo en el fin. Así que me levanté y le dije a ella: “Tengo que irme. Necesito ver mi casa. Puede que requiera algunas reparaciones”. Me dijo: “Oh, sí, es muy seguro que su casa esté bien. Pero antes de que se retire, dele una ofrenda a mi Santa”. Me llevé las manos a los bolsillos, para saber si traía monedas, y no había ninguna, sólo una estampa en colores de la Inmaculada Concepción, mi protectora. La mujer, ahora muy sonriente, dijo, señalando la estampa: “¡Esa quiero! Démela ahora mismo”.

No, me era imposible separarme de la imagen, que indudablemente me había salvado del Armagedón. Tantas veces que los Testigos quisieron arrebatármela para destruirla y no lo lograron. No me la dejaría arrebatar ahora. Le expliqué a Madame: “No puedo dársela. Así como usted adora a la Santa Muerte, así yo adoro a mi Santa Virgen, y no la puedo abandonar por nada”. Ella, ya con enojo, habló de este modo: “Bueno, si no puede usted darle esa estampa a mi Santa tan querida, dese usted mismo”. Le pregunté: “¿Y cómo me doy?”, y la mujer me respondió tajante: “¡Muriéndose!” Mentalmente le supliqué a la Virgen: “¡Protégeme, en la hora de mi muerte!” Vi que Madame se metió a una habitación, y al poco rato salió con una guadaña, seguramente para cercenarme la cabeza. Recordé una frase de Anne Rice: “la muerte ha llegado en forma de una mujer demasiado blanca para ser humana”, y vi los ojos del esqueleto que estaba sobre la mesa, una luz verde que chisporroteaba incansable.

La guadaña no era grande, sino más bien del tamaño de las que traen los niños en la fiesta del Halloween, pero se veía muy filosa. Madame Putrifar me dijo, con voz que intentaba ser siniestra: “Es la hora de cortar, para que haya vida otra vez”. Entonces la figura de la Santa Muerte habló: “¡Alto! Tampoco se trata de esto”. La mujer, sorprendida, soltó la guadaña y se arrodilló ante su patrona, diciendo: “¡Señora mía, gracias por salvarme del Armagedón!”. Con su mano el esqueleto me indicó que me fuera, y así lo hice, impactado yo por la manera en que salió la voz de esa terrible boca. Ya en la calle, saqué la estampa de la Virgen y le di un beso dándole las gracias. Todo bien. Y me fui a casa, en medio de la devastación propiciada por un dios cananeo que ni nos concierne, por una rivalidad de éste en contra de otra deidad, posiblemente sumeria. ¿A quién le importa el pleito que se traen desde muchos siglos atrás? Pronto descubrí a otros sobrevivientes, que me vieron con sorpresa como yo a ellos.

Quise saludarlos amablemente, pero se metieron a sus casas. Seguí caminando, y al poco rato oí salvajes gritos detrás de mí, y vi que los sobrevivientes, cada uno con su guadaña, me seguían con la intención de matarme. ¿Qué sentido tenía todo esto, haberme librado de una catástrofe global, para ahora enfrentar a los que decían amar a la Santa Muerte? Yo nunca me mostré irrespetuoso con ella en años atrás cuando la veía en su santuario. ¿Por qué me perseguían sus adoradores? Me detuve y les grité: “¡Alto! Tampoco se trata de esto”. Al oír eso, huyeron. Eran las mismas palabras que la Santa le dijo a Madame Putrifar, y seguramente ellos las conocían.

Me apresuré a llegar a casa, y tan pronto estuve aquí me tiré en la cama y me puse a reflexionar en el absurdo de tener que lidiar en adelante con los devotos de la Santa Muerte. ¿Por qué querían cortarme la cabeza? Como una ofrenda de sacrificio porque sobrevivieron, pero ¿para qué yo? ¿Tal vez me odiaban porque no era yo uno de ellos, a pesar de mi gran respeto por el esqueleto al que decían seguir? Recordé, además, que ella misma, la Santa, me salvó al detener a la Madame con sus palabras. Cierto, le di las gracias a la Inmaculada, y entonces fue que pensé que más bien debí dárselas a la Muerte. Pero todavía no era tarde para hacerlo, así que me puse de rodillas en el suelo y le expresé mi agradecimiento a quien se le debía, aunque no tuviera su imagen ante la vista. Entonces fue que de lo alto, en la pared de la cabecera de mi cama, del cuadro que yo tenía ahí de la Inmaculada se oyó la voz de ésta para decirme: “¡Alto! Tampoco se trata de esto”. La vi a los ojos y le pedí perdón, en voz alta le dije que entendía sus celos, pero intenté hacerle saber que en un mundo tan vasto, aunque destruido, había espacio para varias diosas. La Virgen sonrió y me di cuenta de cómo su rostro de adolescente se fue convirtiendo en calavera y que en sus manos traía una guadaña. Pero ya no pude percatarme de más, porque cuando menos lo esperaba ya había yo perdido la cabeza. Quizá por la impresión.

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