Ave Lamia Revista Cultural Ciudad de México Año I Número I Noviembre de 2012
 

 

UN HOMBRE MALO ES MUY FÁCIL DE HALLAR
Luciano Pérez

“Qué lástima que el corazón se aferra, por lo general, a personitas que no lo valoran ni le corresponden”. Esta nota escribió la mujer, en una más de sus respuestas de rechazo a todo aquel que la pretendiera. Se sentía triste de tener que responder así, siempre las mismas palabras, pero estaba decidida a seguir lo que su corazón quisiese. Y lo que éste quería era… a un hombre malo. Pero alguien así es muy fácil de hallar. No es como buscar a un hombre bueno, que nunca aparece, aunque algunas mujeres creen que alguien lo es sólo por traer la corbata y los zapatos adecuados.

El hombre malo la había olvidado hacía ya dos años. Aunque él seguía hablándole por teléfono, o enviándole correos electrónicos, para saludarla, lo cual la emocionaba mucho. Y es que ella tenía fe de que en cualquier momento él regresaría. Sólo que el hombre malo no pensaba volver, no necesitaba hacerlo nunca más, no desde que ella decidió no abrirle más las piernas sino hasta que prometiese casarse con ella. Él soltó la carcajada cuando se lo dijo, y contestó que eso le era imposible, porque ya se había casado tres veces. “Y una cuarta no quiero, nunca más”, y se fue, azotando la puerta, no sin antes tirarle a la cara las llaves del departamento de ella, con las cuales durante años había entrado para dormir y disfrutar, cada jueves.

Pero aunque él no la “valorara” ni le “correspondiera”, ella esperaría hasta el último día de la humanidad que él volviese decidido a casarse; último día que ella pensó que estaba cada vez más cerca, porque se había hecho testigo de YHWH desde que le prometieron que en el nuevo reino de Dios le devolverían el bebé que se le había muerto antes de nacer. Ese bebé había sido el único testimonio del amor que ella le tenía al hombre malo. Pero a éste no le había importado ese hijo que iban a tener, y de hecho le pidió a ella que lo abortara, incluso le llevó el dinero y la dirección de una señora que se encargaría del asunto. Ella se negó a hacerlo, pues quería tenerlo. “¿No te das cuenta de que es TUYO?”, ella le decía, y él respondía que no tenía interés en ser padre, porque ya lo era (tenía tres hijos con diferentes esposas). Fueron constantes estas discusiones, y en uno de los últimos meses de su embarazo, ella hizo tanto coraje, que perdió al bebé antes de darlo a luz. Éste prefirió salirse, quizá al darse cuenta de la maldad de su padre y del empecinamiento de su madre.

Y después, el hombre malo, quizá arrepentido, le llevó flores al departamento donde ella vivía sola lejos de sus familiares. Siempre quiso ser independiente, y su empleo de secretaria le daba lo suficiente para vivir. Y le alcanzaba para comprarle cerveza y cigarros al hombre malo, quien se emborrachaba feliz junto con ella cada jueves, en ese mismo departamento. Ella quería otro bebé de él, se empeñó en tenerlo a como diera lugar. Ya no fue posible, y como después le explicaron los hermanos Testigos, Dios no quería que otro producto del pecado viniese a la vida.

Muchos hombres la querían, la adoraban, le pedían matrimonio. Ella fue firme: el corazón tiene que ser obedecido. Si el corazón se aferra a un hombre malo, ¿qué se puede hacer? Nada. Ni siquiera quiso casarse con un testigo, lo que por poco le valió la expulsión. No se llegó a tanto, porque ella prometió que en el nuevo reino se casaría con él. No pensaba eso en realidad, sino que le pidió a Dios que el hombre malo fuese aceptado en el reino, en gracia del amor sincero que ella le tenía. “Dios me escuchará”, se dijo a sí misma, y tuvo la gran expectativa de que en ese nuevo reino los tres vivirían felices para siempre: el hombre malo, ella, ahora sí bien casados, y el hijo no-nacido de ambos, ahora sí ya nacido y que lograría ser una bendición para sus padres.

Entonces, tenía confianza en que YHWH haría que el hombre malo volviese con ella. Hasta que se le apareció el duende. Una noche estaba la mujer cocinando, había regresado del trabajo, metida en sus recuerdos de cuando cada jueves el sexo y la cerveza le daban un ambiente alegre a este departamento, en el cual vivía desde que su abuela se lo regaló al cumplir veinte años. Y ya habían pasado más de dos décadas de eso. Como ya trabajaba, no necesitaba vivir con sus padres. Mejor ser independiente. Entonces oyó un ruido en la sala. Fue a ver qué ocurría, y ahí estaba él, un duende vestido de rojo y verde, sombrero tirolés, botas cafés, y con aspecto tranquilo en su rostro barbado. “Perdón”, dijo él, “tiré una taza que no vi. Te la pagaré”. Ella, muy asustada, se encomendó a YHWH y le dijo al duende: “¿Quién es usted?” Y él respondió, quitándose el sombrero: “Un hombre bueno, al que tú no quieres encontrar”, y sacó dos monedas de oro en pago por la taza y las dejó en un sillón. Ella se desmayó de la impresión.

A los pocos minutos volvió en sí, y el duende todavía estaba ahí. Ella como pudo se atrevió a hablarle: “¡Pero no eres un hombre! ¡Eres un hombrecillo!” El duende, muy sereno, respondió: “Uno u otro, pero soy bueno, y no me importa lo que tu corazón piense: Te valoro y te correspondo, y se acabó, ¿entiendes?” La mujer, con rostro afligido, no se rindió: “Además, no vienes de Dios, sino del enemigo, del demonio”. El duende, suspirando, contestó: “En efecto, no vengo de Dios. Y es muy posible, como dices, que venga yo del Diablo; pero nada de eso influye en nada en lo que ya te dije: soy un hombre, u hombrecillo, bueno. ¿Me quedo contigo, entonces?” Ella, con angustia, no sabía qué hacer, si ir por una escoba y echar fuera al ser, o por una cubeta con agua y mojarlo. Prefirió tomar su Biblia, para hallar un pasaje que la protegiera. Pero sus manos temblaban tanto que no atinó a encontrar nada.

Ya aburrido, el duende fue hacia ella, le arrebató el libro y le dijo: “¡Basta de todo esto! Si tu corazón se aferra al hombre malo, a esa personita, entonces quédate con él. Así que me voy, no sin antes darte un recado de tu hijo”. Al oír eso la mujer se estremeció, lo cual satisfizo al duende, quien continuó así: “Tú no lo sabes, pero te lo explicaré. Los niños que mueren sin nacer, o a los pocos días de nacidos y no fueron bautizados, se convierten en duendes. Tu hijo y yo lo somos, aunque soy mayor que él como se nota en mi barba, que él alguna vez tendrá también. Hemos sido amigos por años, y él me envió con la encomienda de decirte que te quiero para que te olvides de la personita. Veo que fracasé por completo”. La mujer, llorando, le preguntó: “¿Y cuál es el recado?” El duende, ya listo para irse, dijo: “¡Que mandes tu corazón al diablo!” Y se fue.

Después, en el reino de los duendes, dos de ellos conversaban. “¿Qué te dijo mi madre?” “Espera todavía a la personita que te engendró. No hay remedio. Cree que ella y él, junto contigo, se reunirán en un reino donde vivirán felices para siempre”. “¿Pero le dijiste que eras un hombre bueno?” “Sí, o al menos hombrecillo. Sólo que no quiere nada de eso. Un hombre malo al cual aferrarse, es más fácil de hallar. Y ella lo halló”. “¿Y le mandará su corazón al Diablo?” “Eso ya lo hizo desde hace mucho tiempo, por eso es que casi naciste”.

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