Ave Lamia Revista Cultural Ciudad de México Año I Número I Noviembre de 2012
 

 

LA MOCTEZUMA TAMBIÉN EXISTE
José Luis Barrera Mora
Tinta Rápida

Bajo la sombra del Aeropuerto Internacional “Benito Juárez” de la Ciudad de México y su séquito de altaneros hoteles, lujosos restaurantes y turísticos comercios, existe la colonia Moctezuma. Que dicho sea de paso, no tiene la trascendencia ni historia de Tepito, La Lagunilla o Tacubaya, tampoco la alcurnia de Polanco o la Del Valle, o el ambiente provinciano y bohemio de Coyoacán o San Ángel. Sé que no es el lugar más bello, ni el más histórico y difícilmente llegará a ser el de moda, tampoco es el más boyante de personalidades o lugares de interés, pero es un lugar lleno de vida, con sus características y peculiaridades de los paisajes arrabaleros que se debaten entre la extrema miseria y la mediana opulencia, donde colgar un par de sucios y viejos tenis en los cables de luz es una ceremonia evidente de territorialidad y alinear en un partido callejero -driblando contrincantes y automóviles-, es un privilegio propio de un seleccionado nacional, sin copa FIFA pero con unas “chelas bien muertas”.

En los años que tengo de vivir en este antiparaíso, he visto la metamorfosis de la colonia y sus habitantes, rostros que han desfilado de mi vista a la memoria, ancianos que ya no existen y otros sempiternos, niños que hacen su aparición o infantes transformados en adolescentes de hormonas inquietas, lo mismo que hermosas damitas de andar altivo, adultos y casas que envejecen juntos, como quien firma un pacto de vida; calles que se abren, crecen o se transforman; glorietas perdidas o destrozadas a cambio de la vialidad; en fin, mi colonia se ha transformado y esto implica cambios y desapariciones (como aquella tiendita llamada “la bola”, que ya nunca estará aquí).

Eso sí, lo que nunca ha de cambiar en esta colonia, serán esos personajes surgidos de la tradición del populacho urbano: los teporochos y drogadictos que piden espacio para vivir con sus caras rojas y deformadas por la hinchazón -en harapos y pidiendo únicamente un trago o una estopa con solvente-, las niñas que ya anuncian la continuidad del oficio del amor comercial que llevan en la sangre, las viejecitas que refugian su soledad en las iglesias, los vendedores de camotes con su lastimero silbato, los que ofrecen afuera de las panaderías vaporosos tamales y atole, los voceadores de periódicos “amarillistas” que aparecen cuando hay alguna violación, asesinato, asalto o cualquier suceso que rompa violentamente la cotidianidad de la colonia. En este paisaje citadino se cuenta por supuesto con los cambiadores (a los que de niño conocí como ropavejeros), con sus carritos de lámina o carretas jaladas por flacos rocines, los perros que van dejando rastro fecal y orín territorial por las calles, los místicos gatos y las simpáticas coconitas que han recibido sin problema a los multifónicos zanates. Todo esto en medio del perpetuo rugir de los Aeroplanos que pasan lo suficientemente cerca como para pensar que se les puede rascar la panza.
Si bien el valemadrismo influye en el ánimo de sus pobladores, la Colonia Moctezuma tiene su propia celebración, cuando la Parroquia del Perpetuo Socorro se viste de fiesta para celebrar a su patrona, que desde las horas primas inquietan los alrededores con la mañanitas con mariachi y con banda, hasta cerrar festivamente este día con la escandalosa feria y la pirotecnia que culmina con la quema del castillo. Por supuesto la zona se llena de puestos de garnachas, de juegos cuasi imposibles de ganar, canarios que te leen el futuro y huevos rellenos de harina y confeti para joder a los amigos y no tan amigos. Lugar y momento idóneos para celebrar la poca identidad que se tiene y la mucha necesidad de pachanga.

Esta colonia que pierde su mínima identidad entre la modernidad y la tradición, entre la pobreza y la riqueza, entre la fraternidad y la violencia (en la que en mí íntima mitología existió un efímero “Café de Noche” que junto con la efímera Tina Modotti y un efímero mural me hicieron sentir artista), a fin de cuentas es un lugar con vida y sentimientos, en el que he vivido toda mi vida y por lo cual tengo autoridad suficiente para hablar de ella desde mi interior.

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