Ave Lamia Revista Cultural Ciudad de México Año I Número I Noviembre de 2012
 

 

WAUKEGAN-TONATICO
Luciano Pérez

“Mexicum, 31 octubre, 3008.- Hijo de campesinos y sin papeles, pero con la firme intención de cambiar su futuro, Pedro Ángel Albarrán emprendió su aventura a la ciudad de Waukegan, Illinois, que es la sucursal de Tonatico, Estado de México, en la Unión Americana, pues la mitad de los habitantes de ese poblado mexiquense residen allá… Sin embargo, despertó de su sueño americano. Pedro Ángel se fue a Waukegan, Illinois, con la idea de mejorar su vida, pero no lo logró.”

Un cohete lleno de marcianos con cara verde y pensamientos inescrutables, aterrizó en Tonatico, y los hombrecillos sacaron un enorme cartel donde estaba escrito que se solicitaba gente para trabajar en los campos del planeta rojo. Sin embargo, como la mitad de los habitantes, hombres y mujeres jóvenes y fuertes, se había ido a Waukegan, ni ancianos ni amas de casa (muchas de éstas embarazadas por sus esposos en rápidas visitas, para luego regresar ellos de nuevo a la “mejor vida”), dieron un paso adelante para irse a Marte.

Las mujeres campesinas veían con asombro ese artefacto nunca visto por ellas y tan parecido a la bomba V-2 del ingeniero Wernher von Braun, que para ellas más bien parecía un falo diabólico que venía a llevarse a todas al infierno, para que Tonatico desapareciese ahora sí para siempre. Ya no había hombres en el pueblo, salvo pocos ancianos que ni siquiera quisieron saber nada del cohete, pues para ellos era más interesante ver telenovelas. Les resultaba importante estar pegados a la televisión, para luego comentar y desglosar silbando entre sus escasos dientes las inanes aventuras de tantas pirujillas metidas a impactantes estrellas. Luego salían siempre éstas “con su panza”, y los viejos hablaban largas horas, con entusiasmo, sobre la fecha exacta en que “les tocaba aliviarse”. Entonces, les tenía sin cuidado el objeto aterrizado en el pueblo.

Los marcianos, aunque imperturbables, no dejaban de estar asombrados por la nula respuesta de los pobladores que aún quedaban en Tonatico. Y es que tampoco había muchachas, que también se habían ido, y los niños no estaban en edad de volar al espacio. Las embarazadas, por su parte, ya tenían suficientes problemas con sus grandes barrigas, y ellas no les interesaban a los viejos, más ocupados en lo que ya dijimos. Y las señoras de más de cuarenta, ya sin posibilidad de traer otro tanto de bebés al pueblo, aburridas de por vida por las largas ausencias de sus hombres, medio trabajaban en el campo, después volvían a casa, y su cansancio y apatía les evitaba interesarse por esos marcianos. Además de que hacía mucho tiempo que no recordaban lo que eran los hombres. Si acaso llegaban a verlos en las telenovelas, pero no eran verdes ni pequeños ni serios como estos de Marte, sino todo lo contrario: blancos, altos, alegres, jóvenes, desparpajados; es decir, tipos aún menos accesibles para ellas que los propios marcianos.

Las ancianas casi no dijeron nada. Alguna comentó que el cohete le recordaba un gran depósito de basura, que ella alguna vez vio en su mocedad en el centro del pueblo y que no duró mucho a la vista porque se lo robaron. “Era igualito, de colores blanco y rojo”, concluyó. Pero en el fondo todas las otras mujeres, cincuentonas y sesentonas, sabían lo que les evocaba este cohete y que ya no había más para ellas… un falo enorme, desproporcionado, que por supuesto no se atreverían a tocar y mucho menos a entrar en él, pues ¿qué dirían sus padres y madres y esposos hace largos años enterrados en el cementerio? El diablo provoca malos pensamientos, como decían los curas de antes, así que mejor retirarse.

Se cansaron los hombrecillos verdes, y decidieron despegar de Tonatico, pues era evidente que nadie tomaría la oferta de trabajo. Fue una desgracia para Pedro Ángel no haberse quedado en su pueblo, pues él sí hubiera aceptado, no habiendo más alternativa, irse a Marte. Después de todo, hay sueños marcianos que más vale tomarlos como la última carta posible, así que cuando sienta uno que la idea de mejorar la vida no se logra, aún queda irse a labrar los campos de aquel planeta, además de que no se exigen papeles pues éstos arden en la atmósfera de ese lejano mundo. Tan lejano como lo está ya Waukegan, Illinois, la ciudad natal del cronista marciano, Ray Bradbury.

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