Ave Lamia Revista Cultural Ciudad de México Año I Número I Noviembre de 2012
 

 

XASTUR LA IMPLACABLE
Luciano Pérez

Entre la arena de los sueños y de los ensueños, llegó a mí Xastur, la diosa protosumeria que mata a los hombres mientras duermen. Y me sopló al oído cosas terribles, difíciles de describir. Porque de donde viene ella se fragua el material del que se crean las pesadillas. Y Xastur es implacable, no perdona a nadie, y de temor e inseguridad llena el ánimo de todos. Sin embargo, quise ser bueno con ella, le abrí mi mente y mi corazón, y ella aceptó entrar, pero sólo para devastarme más. “¿Por qué lo haces así?”, le pregunté, “¿qué mal te he hecho?” Y ella, con sonrisa muy efusiva, me contestó: “No me has hecho ningún mal, pero yo sí te lo hago a ti, y con eso me basta”, y me clavó sus colmillos y soñé visiones espantosas.

Xastur, disfrazada de monja carmelita de la orden teresiana, me abrió la puerta de su claustro. “Aquí es Ur, aquí es el principio”, dijo y señaló el lugar con su pálida mano, un sitio más viejo que el polvo de los días de la Colonia. “Las monjas mecemos al Niño y después lo degollamos”, fueron sus sangrientas palabras, que continuaron: “Por supuesto que, una vez hecho así, le damos de beber la sangre a su Madre”, y se rió, y vi ante mis ojos cómo la Madre bajaba del cielo a eso, a beber la sangre de su Hijo, el cual tenía cabeza de borrego, lista para ser vendida como barbacoa los domingos en los tianguis de Tepis. Todo esto me fue inaceptable, intolerable. Tuve el impulso de correr, de huir, pero no pude, porque así son las pesadillas, se queda uno atado, paralizado, no hay manera de destrabarse. La monja Xastur se persignó al revés y besó su crucifijo de plata, donde Adonis el Crucificado aparecía con los pies hacia arriba.

Otra escena ahora. Una mujer de treinta y tantos años está por abortar a su bebé involuntariamente. Por más esfuerzos de su parte para no perderlo, hizo un coraje con su pareja, y fue inevitable. Ella lo lamenta, el médico también, y el niño morirá sin haber nacido siquiera. La sangre inunda la cama donde se retuerce la mujer. La enfermera es Xastur, se le reconoce por los colmillos. El feto es incinerado cuanto antes, porque como la demonio disfrazada de su asistente le dice al médico: “La salamandra que vive en el fuego necesita alimentarse”. Él asiente, comprensivo, mientras la mujer que abortó aúlla de dolor, no tanto físico como moral por haber perdido el producto de sus amores. Cada jueves llegaba el amante a la casa de ella, a las siete de la noche, y, como les platicaba sollozando a sus amigas en el café años después: “Yo no hacía más que abrir las piernas, y eso era todo”. Y ahora también tuvo que abrirlas, para que el médico sacase el feto y alimentase a la salamandra de ojos dorados, quien con gran regocijo devoró el pedazo de carne y sangre. Un destino de depresión y de lágrimas le esperaba a la fallida mamá. Pero Xastur sabía mejor lo que pasaría, porque se me acercó en su uniforme de enfermera brillante de limpieza y me dijo: “Las mujeres que abortan así, sin haberlo querido, que se ilusionaban con tener un bebé, se convierten en feroces vampiras. Y a ti, por supuesto, te comerá cuando menos te lo esperes, mientras crees que te besará”. Y se echó a reír, como siempre lo hacía. Me repugnó todo eso, pero una vez más no pude escapar.

Y otra escena más, antes de despertar. Entró a mi recámara la diosa Lilitu, con una máscara de perro Rotweiler en el rostro, y me entregó una caja, diciéndome, o más bien ordenándome: “La abres, juegas con ella, sueltas al espíritu, y luego llegará Barbie y luchas contra ella”. Decidí obedecer, aunque sabía que era malo hacerlo, y mis amigas devotas y que oran antes de comer no me lo permitirían. Una de ellas me había dicho: “¡Jamás juegues a eso en mi casa!”. Pero tenía que jugar, así que abrí la caja, saqué la ouija, puse mis manos en ella y llamé al espíritu, el cual se apareció (era Xastur misma), y puso de cabeza la casa, haciendo que estallaran los cuadros de la Última Cena y del Cristo de la Misericordia, tan amado éste por las mujeres como en otro tiempo lo fue Attis en el Asia Menor. A continuación vino Barbie, que era una valkiria wagneriana, una soprano de 130 kilos de peso, quien al luchar cuerpo a cuerpo conmigo me quebró los huesos y tuvieron que meterme a un saco y tirarme como gato no deseado a las arenas movedizas.

Tales fueron las pesadillas que me trajo la demonio, Xastur la implacable. Y al despertar yo, todavía me susurró otras palabras más para mi colección de recuerdos maniacos: “Al hacerte mal me siento bien, y con eso date por satisfecho”. Salí como pude de las imágenes, en pleno amanecer de Mexicópolis, al fondo la mujer dormida en el volcán aún sin levantarse jamás, como siempre, en eterno sueño y ensueño como la propia Xastur, asesina creciente y nunca menguante, luna loca en un abril de Walpurgis, cuando bebés y muñecas son echados a la hoguera en tanto que las brujas entonan en sumerio canciones de Elvis Presley.

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