Ave Lamia Revista Cultural Ciudad de México Año I Número 3 Enero de 2013
 

 

1963
Luciano Pérez

Nunca es ya nada lo mismo, ni siquiera un año después.
¿Qué decir entonces si ha transcurrido medio siglo?
Cincuenta años. Apenas en octubre de 1962 el mundo se había salvado de la Tercera Guerra Mundial, cuando la Unión Soviética instaló en Cuba proyectiles nucleares que apuntaban directamente hacia los Estados Unidos.

El presidente John F. Kennedy se puso firme, y los rusos aceptaron retirar los misiles.
Así que 1963 fue como si todo hubiera vuelto a nacer.
Y nació, porque en ese año llegó la Beatlemanía, un maravilloso fenómeno del que hablaremos en otro artículo.

1963 fue un año optimista, a pesar de que concluyó con una nota trágica, el asesinato de ese mismo Kennedy que estuvo dispuesto a iniciar la Tercera Guerra, y del que hasta la fecha no se sabe quién o quiénes prepararon ese atentado.
Hace cinco décadas se había hecho universal ya la manera estadounidense de vivir, que significó el derecho de todos en todo el mundo, a tener radio, televisión, licuadora, lavadora, refrigerador, estufa, estéreo.
Ningún lugar, por más pobre que fuera, pudo ya carecer de tales aparatos eléctricos que daban a saber que la civilización estilo Estados Unidos era el grado más perfecto al que la humanidad había llegado.

Y ¿quién se iba a oponer al progreso? México progresaba, o eso nos hicieron creer.
En la publicidad de aquel entonces se refleja la idea de vender y convencer a como diera lugar, haciendo resaltar las inefables e infalibles cualidades de los productos, los que supuestamente nos convertían en mejores hombres y mujeres.
Una publicidad mentirosa que entonces era creída por todos, pues también fue una época ingenua a ese respecto.
Hoy siguen existiendo los anuncios, pero ya podemos verlos con ironía, y nadie cree en ellos, ni los que los ven, ni los que los diseñan y promueven, pero a tales mentiras no se quiere renunciar nunca.
Como tampoco se puede renunciar a la manera “americana” de vivir, pues es el sueño anhelado por muchos.

El auto del año 1963 fue el Rambler American, elegante y con tamaño familiar.
Miss Clairol le daba a las damas un “color de cabello tan natural que sólo su peinador lo sabe”, y había el polvo Angel Face de Pond's, para que estrenasen ellas nueva belleza, en nueve tonos a elegir de acuerdo al color de la piel y del vestido, a tan sólo nueve pesos.

Y la pregunta era: “¿Quién crees que lava la ropa?”, y la obvia respuesta era: “¡HOOVER!” Porque casi toda la publicidad era para ellas: “Las damas nos dicen que los autos Ford son más fáciles de estacionar. Y la razón es muy simple. La dirección en los Ford ha sido graduada de tal forma que les permite maniobrar con menos esfuerzo que en autos de otras marcas”.
¿Quién podía oponerse a ello, pues además todas las damas, de cualquier nivel, eran hermosas?
Y las medias de ellas tenían que ser Schiaparelli, para las de muchos medios económicos, o Coqueta, para las que no tenían tanto.

Pero también hubo algo para los hombres. “¿Casimir inglés? No, hombre, es Rivetex”, con todo y rima. Para él, que es tan exigente, “Old Spice... únicamente!” Para él, que es original, “una camisa Mariscal!”

Y para los mejores momentos, que no se decía cuáles eran pero que uno podía adivinar por la ropa de las muchachas, Vermouth Martini, “su sabor inigualable es obra de verdaderos expertos”; y para quedarse un ratito más, “pida otro Kahlúa”.
Entonces fumar era signo de categoría y alto nivel, así que cigarros Kent parecía lo más conveniente para vivir bien, o si preferías algo más moderno, Fiesta.
Y beber refresco también solía ser encantador: “¿Quieres más? Pepsi Cola, ¡nada más!
Más cantidad... más calidad”.

Todo en todos lados estaba lleno de anuncios, y para rematar: “aumente sus entradas al 224 % con sólo aprender inglés”. ¿Quién podía no estar de acuerdo?

Hace medio siglo, entonces, estábamos de lleno dentro de la modernidad estilo estadounidense.
Y nunca salimos ya de ahí. No había computadoras ni celulares, pero, a pesar de lo que pudieran pensar los jóvenes de hoy a ese respecto, se pudo vivir y también disfrutar.

Los precios no eran tan altos, la ciudad de México podía caminarse; los niños veíamos en la TV la serie bélica “Combate” (para aprender a ser machos); niñas y señoras lloraban con lo que entonces no se llamaba telenovelas sino, extrañamente, comedias; los señores se solazaban con las hazañas futbolísticas de tres equipos de Jalisco (entonces la capital no valía mucho en ese deporte): Guadalajara, Atlas y Oro.

En Tepito la moda era bailar con Sonia López y la Santanera, con canciones que aún permanecen en el recuerdo popular. Y los jóvenes comenzaron a dejarse crecer el cabello y a cantar YEAH, YEAH, YEAH, para escándalo de las buenas conciencias, que vieron en ello la decadencia total, y eso que todavía faltaba lo mejor (o lo peor, de acuerdo a la perspectiva) por venir.

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