Ave Lamia Revista Cultural Ciudad de México Año I Número 3 Enero de 2013
 

 

EMMANUELLE FOREVER
José Luis Barrera
Tinta Rápida

Los conocedores del cine recordarán que fue una cinta del director francés Just Jaeckin (La historia de O, El Amante de Lady Chatterley), pero los onanistas setenteros la conocemos como una película de Sylvia Kristel.

Era el año de 1974 y yo estaba por cumplir nueve años en el siguiente otoño.
Aquellos años sin internet, sin dinero y sin agallas para plantarme en un puesto de periódicos y pedir una revista, una de aquellas que Don Panchito guardaba celosamente en la peluquería para sus clientes adultos.
Aparte de que ninguna revista “impía” debía pasar desapercibida por la aduana moral de mi madre, sin sufrir su lamentable fin (hecha trizas en el bote de la basura o cenizas en el boiler de leña de la casa de mi abuela). Ninguna mujer desnuda podía andar paseando por la casa o en el previsible escondite debajo del colchón.

Sólo los periódicos daban noticia de que una ¨película prohibida¨ estaba siendo exhibida en los cines de la ciudad. Emmanuelle estaba llamando la atención y el nombre de Sylvia Kristel sonaba en mi cabeza como una musa más que inalcanzable.
La mente me hacía desear a quien sólo conocía por los carteles publicados en el periódico y mi hambre de piel femenina no la saciaban las semi -encueradas del libro vaquero, antes de que fueran arrancadas y quemadas por la inexorable desaprobación materna. Deseaba como nadie estar más alto y tener bigote, para pasar como si nada a las salas de cine y ver la tan mencionada película.

Al pasar por los cines donde se exhibía la memorable cinta, volteaba con mucho cuidado para que mi madre no lo notara, y me imaginaba lo que sucedía en la pantalla grande. Me imaginaba a aquella Diosa holandesa con su absoluta desnudez, esa desnudez femenina, que buscaba a escondidas a través del domo roto del baño de mujeres en el Deportivo Osuna.

La desnudez de la mujer que estaba prohibida para los niños como yo, y que por lo tanto generaban más curiosidad y deseo, era la tierra prometida para un veterano de las pajas como yo (he de decir que fui muy precoz en esa labor tan importante como necesaria). Ya no deseaba ver a Cenicientas y Blanca Nieves en la pantalla grande, ahora deseaba con grandes ansias entrar a ver Emmanuelle

Sylvia Kristel rondaba mis pensamientos tan sólo con imaginarla, porque durante esos años de proyección de la célebre película, nunca pude ver escena alguna. Fue muchos años después, cuando cursaba el CCH, cuando por fin pude ver Emmanuelle. Para ese entonces ya había descubierto la magia del cuerpo desnudo de la mujer, no sin dejar de lado mi añeja afición por sus pies. Y tal vez fueron los tantos años de espera como la mitología que rodeó a la cinta, que me encontré con una Sylvia Krystel esplendorosa: el elegante erotismo de Emmanuelle, la anti virgen que supliría en definitiva a las princesas de Disney.

Me quedé con Emmanuelle y el erotismo, mi afición más definitiva aún por encima de la pornografía, que con tanta vehemencia me vendía cierto felino esmeralda. Me quedé con aquella musa neerlandesa y no con la avejentada Sylvia Kristel que apenas falleció.
Sylvia Kristel desnuda y no con mortaja. Sylvia Kristel en la cama y no en el ataúd. Sylvia Kristel como Diosa de carne y no como restos humanos.

Ahora supe que Sylvia Kristel envejeció y murió, por lo tanto la deducción es de que no era una Diosa. Pero Emmanuelle, su creación, que nunca envejecerá y permanecerá en la mitología erótica del cine, ella sí es una deidad. Cierto, Emmanuelle era Sylvia Kristel y por lo tanto ha de ser la Diosa de Carne por antonomasia.
En honor a su cuerpo, que despertó en mí el deseo, así será recordada.

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