Ave Lamia Revista Cultural Ciudad de México Año I Número 3 Enero de 2013
 

 

El grito de Okiku
Leticia Vázquez

Como todas las noches…uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve…y después un horripilante grito.
Es el espíritu de Okiku quien cada noche hace lo que se le había encomendado en vida, limpiar y cuidar diez platos de oro.
Un día contó sólo nueve y se suicidó, terminó ahogada en un pozo para evitar ser considerada culpable.
Pensé mucho en Okiku.
Su imagen gritando debe ser peor que la de cualquier otra.

En la ciudad de Himeji no hay crisantemos, por respeto a Okiku, cuyo significado es capullo de crisantemo, aquí no se cultivan ni se comercializan jamás.
Esa no me parecía razón lógica para no tener un crisantemo en mi habitación; yo, que tengo cierta afición a las plantas y una gran curiosidad.
Al contrario, creía que para recordar su error, y a manera de homenaje, se le debía hacer sentir querida usando crisantemos y más que en cualquier otra ciudad.
Así, llegué con mi maceta de crisantemos ante la mirada extraña de quienes me veían pasar. Ese día el sueño me venció mientras yo miraba hacia la ventana en la que había puesto la maceta.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve…
¡Qué horrible fue ese grito! Tuve un estremecimiento que acabó en mi cabeza, muy cerca del cuello; con mi cuerpo inmóvil, no pude emitir sonido alguno, ni abrir los ojos. Todo oscuro.

¿Fue sólo mi imaginación? No lo sé; pero el resto de la noche me pareció eterno, disimulando que nada había pasado y con los ojos bien cerrados.
Ya no sabía qué era peor: si escuchar ese casi estertor o si ver algo; aún así, decidí sacrificar mi sentido de la audición.
Creí que escucharía ese grito otra vez
Fue un grito de desesperación, ahogado, dicen, fue un grito de muerte.

Al día siguiente me deshice de los crisantemos y le pedí perdón a Okiku.

En honor a su cuerpo, que despertó en mí el deseo, así será recordada.

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