Ave Lamia Revista Cultural Ciudad de México Año I Número 3 Enero de 2013
 

 

Kindertotenlieder *
Luciano Pérez

“¿Sí sabes que perdí un bebé?” Por supuesto que lo sabía, y le dije que sí, que alguien me lo había contado; y como nunca me lo hizo saber ella tan directamente como ahora, el dolor de esa pérdida suya se trasladó totalmente a mí, y no soporté ver más a esa mujer. No había otra cosa que yo pudiera hacer. Al haberme dicho que perdió a su bebé, en cierta manera me perdió a mí. Y me fui, lejos.
O más bien, hubiera querido irme lejos, lo más lejos que se pudiera, que no la viese más a ella, que no fuese ya posible esta relación nuestra que ya no podía continuar igual por causa de ese su dolor.

Y esas palabras, “¿sí sabes que perdí un bebé?”, esa interrogación que era una afirmación, me destruyeron, me hundieron, y no supe qué más decir. Porque, ¿qué le puedes decir a alguien que te da a saber algo tan descarnado, tan total, tan imposible de solucionar? Nada, no se puede decir nada, y me quise ir hacia otro lado, adonde no tuviese yo esas terribles palabras suyas clavadas en todo mi ser. Mejor vivir con león y con dragón que con esa frase devastadora.

Los bebés perdidos nunca se recuperan, ni siquiera con otro bebé. Son únicos, irreemplazables, y sus madres lo saben, y por eso los lloran, piensan en ellos, se quedan en las jugueterías mirando todo por largo tiempo; y si existiese la posibilidad de mandarles un oso, o una muñeca, a sus bebés muertos, dondequiera que estén, lo harían inmediatamente, cuanto antes. Y así en las tiendas de ropa infantil con los abriguitos, las gorritas, los vestiditos. Es que perder un bebé es perder un pedazo de uno mismo. O mejor dicho, de ella misma.

Y si fuese posible tener un bebé, lo tendríamos, aunque no fuese el mismo que tuvo, sino otro. No importa, la cosa es que hubiese otra opción. Tampoco puede ser. La edad es un impedimento muy grande para ella. No hay sentido en intentar un bebé. Yo no lo quiero. Pero aun cuando ella lo quisiera, yo no me prestaría al riesgo; además, ya no se trata de eso. Adiós, bebé, no vengas, vete de aquí, vete de mí. Entonces, habrá que dejarla que siga con el recuerdo del que perdió, en todos los años por venir, que pueden ser muchos. Mejor eso, aunque le duela, aunque me duela.

No tengo nada que ver, es cierto, con ese niño o niña que se fue.
Creo que fue niña. Temo preguntarle.
En todo caso, que no me diga nada. ¿Por qué eso de quererme hacer saber lo que perdió?
De lo perdido, no hay más que hacer. ¿Para qué me mira ella con esos ojos tan tiernos? ¡No quiero que me vea así!
Yo reniego de toda esa ternura suya, la aborrezco desde lo más hondo de mí. No porque bebé no sea mío, sino porque ¿para qué me ve ella así? ¿No se da cuenta de que hace mío su dolor, un dolor que no me corresponde?
No, mujer, no me heredes esa pena tuya, no me hagas sentir tu pérdida como si fuera mía también. ¿No te das cuenta que me estás obligando a escribir canciones para los bebés muertos?
Nadie paga por ellas, créeme. ¿De qué vamos a vivir?
Así que me fui, lo más lejos posible… a unos pasos de distancia.
A veces la cercanía no indica nada, cuando hay un mundo de por medio. Y en mi mundo no cabe un bebé que se perdió.
“En este clima, en esta tormenta, en este tumulto, ellos están descansando, como si estuvieran en la casa de sus madres”.

* “Canciones de los niños muertos”, poemas de Friedrich Rückert musicalizados por Gustav Mahler. La frase final entrecomillada es una cita de la quinta canción.

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