Ave Lamia Revista Cultural Ciudad de México Año I Número 3 Enero de 2013
 

 

MEMORIAS DE LAS PAREDES
Por Tinta Rápida

Revelaciones del pasado acuden a la memoria imaginativa. Construcciones que van de la suntuosidad a la ruina.
Castillos de Otranto que se diseminan por las calles de la ciudad. Lo mismo en la colonia Santa María la Ribera (de vívida memoria) o la colonia San Rafael (con un doloroso recuerdo cercano).

Residencias cuya ralea no ha logrado ocultar el inexorable juez llamado tiempo.
Aquellas fachadas antiguas abandonadas por razones que tal vez ni ellas mismas saben.
Altos zaguanes con puertas de madera que se mueren de olvido, balcones de herrería por los que no habrá más serenatas, grandes ventanales por donde asoma el misterio de los años.

Ahí, donde otros pueden imaginar escenas terroríficas de fantasmales habitantes, yo veo transcurrir parte de mi infancia. En aquella vieja y abandonada casona de las Calles de Salvador Díaz Mirón y Sabino, cuyo esplendor no lo conocí, es evocación viva de mi familia materna.

En esa casa vivió mi madre hasta que se casó con mi padre, y años después la conocí yo como la casa de la Tía Ernestina.
Para esos mis primeros años, la construcción distaba mucho de ser bonita y su sombría presencia ya anunciaba su lamentable fin. No obstante la incuria en que se encontraba, aún se deducía su grandioso pasado, gracias a su fuente al pie de las escalinatas de piedra y herrería, y al enorme espacio que otrora ocupaba el comedor. Contaba con una estancia altísima con candiles de latón, unas escaleras de madera bajo las cuales había una puerta que dirigía a un sótano jamás abierto, y un baño de igual manera alto y coronado por un tragaluz.

Debo decir que por supuesto no era un lugar grato para acudir con frecuencia y al que sin embargo mi mamá nos llevaba más de lo que deseáramos, lo cual, queriendo o no la insertó en nuestras remembranzas.

Y por tal razón al pasar por esa casa, que en otras condiciones me haría imaginar un destino de fatalidades para sus habitantes, me hace remontar los recuerdos hacia mi raíz materna.

Esa vieja y abandonada vivienda me trae a la memoria las anécdotas que de ella me contaba mi madre y de los buenos y malos momentos que vivió ahí; de cómo ponía a funcionar un rodillo en la pianola para que los transeúntes creyeran que ella interpretaba las melodías emitidas; de la tristeza que sentía cuando despedía a mi abuelo ferrocarrilero cuando partía a sus frecuentes viajes; de cómo mis tíos se alcahueteaban para salir con las novias; y como espiaba su hermana mayor (mi tía Ernestina) cuando mi padre, siendo novios, la visitaba.

Ahora sólo pueden observarse rescoldos de esos tiempos.
La casa ya sin techos, invadida por hierbajos enormes y con un estigma evanescente cada vez más marcado, en fin, me mueve más a nostalgia que historias macabras.
Porque cada rincón tiene un pedazo de la historia de mi familia, de la que los jerarcas, como la propia construcción tienden a desaparecer.

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