Ave Lamia Revista Cultural Ciudad de México Año I Número 4 Febrero de 2013
 

 

I dream of Jenni
Luciano Pérez

Informaron que el avión donde venía la diva estalló en mil pedazos. Una valkiria mexicana de Long Beach, hecha trizas.
La soñé. Thomas Mann había llegado a California. Los emigrados alemanes ya estaban en Los Ángeles. Entonces fue que conocieron a los mexicanos.

El mago vio a la diva en una cafetería, y se quedó impresionado, así que se le acercó para preguntarle: “Perdone, madame. ¿Conoce usted a Richard Wagner?” Jenni no entendió ese inglés con acento alemán del maestro, por lo tanto no supo qué contestar.

Entonces se acercó un beisbolista mexicano, quien molesto le dijo a Mann: “No, viejito, aquí no conseguirás nada. Ella es mi esposa”. Ahora el mago no entendió el inglés con acento de México, así que regresó a su mesa, pero no perdió de vista a la robusta mujer, que sin lugar a dudas era una valkiria, es decir, una diva.

Las divas pesan, y Brunilda tenía que ser el papel adecuado para Jenni. Thomas de inmediato sacó una libreta de apuntes y pluma y escribió: “Valkiria de México, es muy probable que sea wagneriana...” No supo qué más poner, la idea se había ido.

Jenni le dijo a su marido: “El viejito habla de una manera extraña, pero no creo que haya querido ser agresivo conmigo, se ve muy educado, muy correcto”. El beisbolista respondió: “Por si las dudas, es mejor asustarlos”. Y es que él era joven, alto y fuerte.

Pidieron comida de su tierra, con mucho chile. Mann retomó la libreta y trazó lo siguiente: “Brunilda come chile. Como para escandalizar a Wagner y a todos sus discípulos...” Dejó de escribir y bebió café, que había pedido estilo vienés para acordarse de sus amigos Broch y Werfel.

En su mesa los mexicanos estaban discutiendo: “Es que si me muero, ¿qué vas a hacer? Como beisbolista no vales gran cosa”, le dijo la diva a su marido, y éste, moviendo mucho la cabeza, respondió: “¡No, no! ¡No te vas a morir! ¿Cómo se te ocurre decir tal cosa?”

Y ella siguió: “No hay que confiarse. Nunca se sabe qué pueda pasar, y menos cuando se viaja en avión”.
El esposo dijo: “Es que si piensas así, atraes eso mismo”. Y la diva se levantó, ahora sí disgustada, y gritó: “¡Me voy! ¡Y tú vete al carajo!” El mago se dio cuenta de que algo iba mal, y volvió a su libreta: “La ira de Brunilda...¡La diva tiene voz! Salió de la cafetería. Quizá regrese con su espada y atraviese con ésta al mexicano que estaba con ella... Nota para Wagner”.

No, la diva no volvió. El esposo pagó la cuenta y se fue. Pero Mann me dijo: “Mira, esto que estás viendo es más real de lo que crees. Sólo te queda advertirles a los aviadores que no permitan divas en sus naves, son muchos kilos de peso. ¿De acuerdo?”. Sí, maestro. “Se lo dices también a Richard, para que no eche a volar a Brunilda”. Se lo diré.

lperez@avelamia.com

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