Ave Lamia Revista Cultural Ciudad de México Año I Número 4 Febrero de 2013
 

 

Letras
Leticia Vázquez

-Buscaremos quién le enseñe a leer y a escribir-dijeron mis padres. Es listo y aprenderá pronto.

A los tres días, ya empezaba a conocer letras, sonidos y a memorizar sílabas.

No sé por qué; pero creo que a mis padres nunca les importé, ni siquiera tuve hermanos. - Con un hombrecito nos conformamos-, decían siempre. Tal vez me parieron sólo para taparle el hocico a la gente, en especial a mi abuelo. “¿Y cuándo van a tener un hijo?” Ahora. “¿Y cuándo tienen otro?, pues unos tres más sí van a tener, ¿verdad?” Con eso de que él le hizo diez a mi abuela. ¡Qué asco echar tanto bastardo y tanto esclavo al mundo!

Las clases eran tres horas al día en los casi dos meses de vacaciones.

- Ya estás listo, entrarás a primero y serás el único que lea. ¿Estás contento? -, me preguntó antes de irse.

- Mmmm, sí-, dije pensativo y emocionado. Momentos después, vi cuando mis padres le daban un sobre y las gracias. Desde la ventana seguí sus pasos, mientras salía de mi casa hasta perderse y no volver nunca más.

En la semana libre, después de que concluyera con mis clases y antes de entrar a la escuela, leía y escribía.

El primer día, levantado a las seis, uniforme y zapatos nuevos, peinado de Benito Juárez, con reloj -porque hasta a leer el reloj me enseñó-, con lonchera y mochila. Me sentía emocionado, feliz, ya sabía leer y no lloré cuando me dejaron en la escuela.

- Hazle caso a tu maestra y a la hora de salida espéranos, no te vayas con nadie-, me aconsejaron mis padres.

Entro. No se ve tan joven como mi mamá y no está tan gordita. Empezamos con escribir nuestros nombres en un gaffette. Después el alfabeto.

- ¿Alguien lo conoce? Sí, yo lo sé. Tres más también lo saben.

Ahora, palabras leves. ¿Por qué ahí no dice así? La siguiente palabra tampoco es como yo la sé. Repaso las clases de las vacaciones para saber si estoy bien; pero recuerdo las voces de: muy bien, excelente, aprendes pronto.

Recuerdo también “El Principito”, “El narrador de cuentos”, “El jardín de las hormigas”, a Perrault, a Andersen, las historias de Chikatilo, Maribeth Tinning, El hombre del saco, “Las Poquianchis” y de los judíos. Recuerdo: La a está igual, la e es i, la i es e, la o es u, y la u es o, ya sabrás cómo, todo consiste en darle sentido a lo que lees. La d es r, la c, s y z son d, la r también es d.

Ahora estoy aquí, con miedo. Aún así, me digo, yo sé leer. Nos invita a leer alternadamente las siguientes palabras. Es mi turno, árbol, me dice. Continúan los otros. La otra ronda, mi turno. No, bota, me dice. Siguen los otros, otra ronda, mi turno, cabello, dice ella. Siguen los otros. Ahora con d, mi turno, dulce, me corrige. Ahora no siguen los otros. Me pregunta si estoy aprendiendo a leer, le digo que no, que ya sé, que acostumbro a leer periódicos y revistas.

- ¿Dónde aprendiste a leer? -. En mi casa mis papás contrataron quién me enseñara. Seguimos con las rondas. Me ayuda.

Salimos al recreo. Antes me dice que tengo que corregir unas cosas. Que en una semana podré leer como debe ser.

lvazquez@avelamia.com

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