Ave Lamia Revista Cultural Ciudad de México Año I Número 4 Febrero de 2013
 

 

Linda McCuarro
José Luis Barrera
Tinta Rápida

La conocí y anduve con ella en una de las muchas giras de Paul, quien la dejaba sola con sus dos hijos por largas temporadas, tiempo que ella aprovechaba para sanar las heridas en brazos de otros hombres (digo brazos por no empezar antes de tiempo las historias eróticas).

Y en realidad andaba con otros hombres aun cuando Paul no estuviera de gira, dándose su tiempo para ser madre, esposa, mesera y amante de muchos. Por supuesto yo ni fui de esos muchos a los que atendía en sus tiempos libres, porque aprovechando una de las prolongadas ausencias de McCuarro tomé por asalto el tálamo de Linda, aunque en tal irrupción heredé también la calidad de cornudo.

A fin de cuentas eso no importó demasiado, porque me encontraba ante una auténtica sacerdotisa de Venus, una mujer cuya sexualidad es sin duda un dédalo erótico del que no se sale por voluntad propia.

Paul McCuarro era el clásico hombre inseguro y por ende golpeador, que creía que con maltratos iba a controlar las ansias epicúreas de Linda. Miembro del legendario cuarteto de Libre Pool y Carambola del Modern Club de billar, frecuentaba los lugares más sórdidos y sus amistades más frecuentes eran los vagos, teporochos y drogadictos del rumbo.

Los llevaba a su mansión de 5 metros cuadrados ubicada en la Michel Angel Street y se pasaba prolongadas sesiones nocturnas contando sus beatleaventuras.

Se decía artista para justificar su holganza y vivía de las mujeres (su mamá y Linda).
Como antes he dicho, aparecí en una de esas giras y aproveché hasta el último minuto de ausencia de Paul para abrevar mi lujuria entre el cuerpo de Linda.

Nunca quise indagar sobre los otros hombres que la rondaban por ese mismo tiempo, porque aún con ellos, siempre me ofreció más de lo que yo pedía. Debo decir que no sólo asumí el lugar de Paul sino su también holganza (y claro, unos hongos en la uña que se hospedaban en sus chanclas de baño).

Y es que, después de esos años lo supe, Linda no deja energía para nada, se pierde toda voluntad en la encrucijada de sus piernas. La única diferencia entre Paul y yo, es que yo no me decía artista; yo adopté la pereza con todo cinismo, sin pretextar nada ni escudarme en apologías de la hueva. Simplemente me dejé llevar por la dolce far niente ocasionada por las exigencias lúbricas de Linda y su sexo avasallador.

Sus dos hijos no sólo eran testigos de los muchos hombres a los que deleitaba su mamá, eran asimismo unos pequeños alcahuetes que cubrían perfectamente las diligencias amorosas de Linda. La falsa ingenuidad de sus engendros era la mejor coartada que tenía esta mítica alquimista de la carne. Así pues, la pregunta no era si realmente se saciaba con tantos hombres, sino ¿a qué hora lo hacía?

Ella tenía una afición que la definía como mujer: los hombres. Y a mí me tocó ser uno de sus súbditos y fui ofrenda en su tálamo de sacrificios para saciar su lúbrica apetencia. Entendí, al ir absorbiendo sus fluidos como cicuta o veintiunilla, que Linda no podía ser saciada por un simple mortal.

Por un lado, si un solo hombre la quisiera satisfacer, no lo lograría sin que le sobreviniera un infarto; además ella requería, como los dioses antiguos, muchas ofrendas (aunque eso sí, Linda nunca le entró con las doncellas). Alquimista o Sacerdotisa del sexo, pero no puta, porque eso es muy mundano para definir a quien ha dado tanto placer a tantos hombres, más que con oficio con sabiduría carnal.

Con tal afición, Linda aparece frente a los hombres como un trofeo. Se la van a pelear como lobos hambrientos. Y aunque yo no tuve que pelear por ella, no hubo más remedio que compartirla con varios amantes carroñeros a los que difícilmente desdeñó. Muy pronto entendí que de nuestros escarceos sexuales, el trofeo no era exactamente ella. Las sesiones talámicas tendían a ser más exigentes, tanto en cantidad como en calidad, y a Linda podías dejarla satisfecha, pero nunca jamás la saciarías.

Para lograr colmar su apetito, Linda ofrecía las más diversas variantes para practicar un sexo siempre grato. ¿Quién se iba a negar, no a practicar el Cama Sutra, sino a reinventarlo? Entre sus pechos, que eran monumentales, entre sus nalgas, entre sus piernas o simplemente lamiéndole los pies, el paraíso carnal estaba en la cama de Linda. Su cuerpo siempre proclive a la desnudez y su sexo siempre dispuesto a la entrega, son sin duda el sueño de todo hombre lujurioso. Pero todo tiene un precio, cualquiera que se enrede en su sexo, deberá entregarle su voluntad desde el primer momento.

Y vaya que entregué toda voluntad después de tantas heroicas batallas carnales entre las piernas de Linda. Nadie puede negarse a la sensual dictadura de su cuerpo, y no es posible pretextar impedimento o cansancio sexual, porque los fluidos orgánicos de Linda son el mejor afrodisiaco que haya conocido. Nada ha de detener las apetencias de Linda. En cuanto abre sus piernas, sus súbditos acudimos sin respingar a su templo sagrado. La única voluntad posible cuando se está con Linda, es para asistir al diario escarceo sexual que requiere para vivir, y no una, sino dos o hasta tres veces.

Lo más valioso de la sexualidad de Linda es que no obstante tanta exigencia carnal, no existe la monotonía en la erógena comunión que tiene para sus devotos. Nunca me cansé de su cuerpo, nunca mostré hastió cuando tenía que verterme dentro de las cavernas epicúreas de Linda.

La muy famosa Hora de los Beatles, en Radio Universal, era el marco para muchos de nuestros encuentros carnales. Entre cuerpo desnudo y sus piernas abiertas fluían las notas de “Eleanor Rigby”, “Sgt Pepper´s” o “Lucy in the Sky of Diamonds”, inclusive podía estar dentro de Linda desde el inicio y más lejos del final de la hora beatlemaniaca. Y si preguntan cómo lograba tales gestas sexuales, la respuesta es fácil: busquen a Linda como a la Magdalena de Sabina, estas y mejores hazañas lograrán. Vale la pena arriesgarse a la fatalidad, cuando la tierra prometida es el templo sagrado de Linda.

Las sesiones carnales que pedía la vagina voraz de Linda no podía negárselas, no por exigencia (porque no exigía), solo tenía que cumplir, porque mí sangre ya estaba envenenada de la lujuria que esta Lamia sexual me inoculaba cada que la penetraba.

Y así sucesivamente, me fui convirtiendo en una ofrenda más para la Diosa Carnal. Perdí, como ya dije, toda voluntad, y si alguna vez puedo presumir que su cuerpo me perteneció, ella podrá contraponer que mi alma le perteneció a ella, incluso algunos años después de alejarnos (o tal vez aún le pertenece, no lo sé, no quiero indagarlo).

Después de Linda, esgrimí la versión libre del Arcipreste de Hita: “Quien a meseras no ama, no vale un maravedí”. No digo más, ya lo tendrá que validar quien así lo desee.

Paul McCuarro es su víctima más perenne, él ya nunca podrá salir de su influjo sexual. Desde que procreó dos engendros con ella, su destino está marcado. Y aunque a mí me achaquen uno de los hijos de esta mítica ninfómana, amén de que no empatan la edad de ellos y la época en que me empierné con Linda, la muestra más clara de que no es producto de nuestra aventura, es que mi destino no está maldito como el de Paul, el único que la preñó a ella, la heredera de Venus.

Linda, fue mucho más que sexo para mí, fue compañera y cómplice, pero sé que su arma más poderosa la tiene entre las piernas. No sé a estas alturas si la amé con locura o simplemente me “enculé”; pero sé sin lugar a dudas que no me arrepiento de nada de lo sucedido, ni aun cuando le haya entregado mi alma en prenda (y ya no recuerdo si pagué refrendo).

jlbarrera@avelamia.com

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