Ave Lamia Revista Cultural Ciudad de México Año I Número 4 Febrero de 2013
 

 

Cuatro instantáneas de Mariana
Hosscox Huraño

Mariana siente el azul turquesa como un beso instantáneo en su cuerpo, un beso total, un beso de labios azules que tocan toda su piel, un beso que perdura incluso cuando el agua de la regadera escurre azul por su cuello, su espalda, sus nalgas y sus piernas.

Más tarde, al dormir, su piel recordará aún las sensaciones azules como besos diminutos, como si estuviera desnuda en un mar de aguas ingrávidas cuyo oleaje tuviese la caricia de un velo de seda.

Ahora sale de la regadera y, mientras se viste, se recuerda con el cuerpo cubierto de pintura, se imagina a sí misma, frente a la cámara fotográfica, y ríe, ríe de gusto y siente la tibieza fantasma de otro cuerpo ceñido al suyo.

Le gustaría caminar así por las calles del centro histórico, bajo un sol dorado del medio día, sólo cubierta por ese beso azul y absoluto.

La habitación era amplia, con muros blancos e intachables, la gaveta de acero inoxidable le daba un aire de seriedad que atemperaba un armario de maderas rojas.

No recuerdo la hora exacta pero la luz se regodeaba en unos ventanales rematados en arco. La claridad estaba aderezada por partículas de azafrán y aceite de oliva.La atmósfera se impregnaba de un color mediterráneo, que se entreveraba con el olor de la albahaca, el romero, la canela, el ajo, la vainilla, el anís y el laurel.

Sin embargo este laberinto de luz fragante se deslucía ante tus ojos arabescos, ante tu mirada felina al acecho del deseo. Y no hay más que mirar ese sortilegio de cabello profundo y oscuro que presagia otras intimidades y latitudes aún más húmedas y táctiles.

Desde su vitrina, una langosta sigue atenta tus pasos, no sabe que en su honor realizas ese rito de fuego y especias. Indiferente, tarareas una canción de Kiss, tal vez “Under the rose”.

Tu actitud desfachatada e insolente te protege de la “turba de nocturnas aves”. Tus blancos movimientos ritman con los chorros verdes, rojos y amarillos de las provisiones de la cocina.

Entregada como una sacerdotisa, ya no esperas a nadie, eres dueña de tu cuerpo, domadora del relámpago de tus orgasmos.

Tu mirada vibra e irradia deseo. Estás en comunión con la luz y el tiempo, pura, y transmigrando la savia de tu cuerpo para siempre.

Tu vida empieza con las pulsaciones de la noche. Mujer lunar, tu aroma fluye lento, como ese animal húmedo y salvaje que se desmenuza entre tu piel y los átomos del placer.

“Tocarte es un viaje hacia la redención”, recuerdas que alguien te dijo, pero no te lo tomas muy en serio y ríes dulcemente.

Tu risa es una perla que tu alma nos prodiga desde ultramar.

Te diviertes dejando al mundo detrás, sobre todo cuando te ocultas en el sabor de una cereza.
Quizá porque llevas el mar en tu nombre, te he soñado como una mantarraya nadando en un silencio mercurial, un silencio de luminosidades de turquesa ceñido a tu cuerpo.

jmojica@avelamia.com

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