Ave Lamia Revista Cultural Ciudad de México Año I Número V Marzo de 2013
 

 

Marcha nupcial para Sir Quixote
Luciano Pérez

Sir Quixote, gracias a su fe en el país de las hadas, que para la gente común y corriente no es más que locura, llegó ahí para que sus esfuerzos se viesen por fin recompensados. A la vieja manera, claro está, a la del tiempo de Avalon y de Camelot, cuando las damas premiaban a los caballeros por los méritos de éstos; no como ahora, que recompensan a quienes ni son caballeros ni mucho menos tienen méritos, y todavía se dan ellas el lujo de justificarse: “es que el corazón se inclina por quien una no debe”. Como algo inevitable e irremediable. No así con Sir Quixote, que llegó al mencionado país y fue recibido por las reinas de las hadas, Titania y Gloriana. Ellas ya le habían encargado a un compositor alemán una Marcha Nupcial para que el ilustre caballero de La Mancha cruzase el umbral de lo que es el matrimonio, y tomase la mano de la princesa Micomicona. Y ésta ajustó sus anteojos y los frenos de sus dientes, se limpió su larga nariz, y se echó a la boca un chicle de menta para mascarlo con más intensidad que nunca. Fue una buena oportunidad para sentirse nerviosa. Casarse con alguien tan insigne no era para menos.

Qué había pasado con Dulcinea, a nadie le preocupaba más. A pesar de las inmensas hazañas que por ella emprendió Sir Quixote, esa mujer orgullosa y egoísta prefirió no aceptar al caballero, pues no tenía éste tantos recursos monetarios (hombres como él ganan poco, cuando ganan) y eligió entonces a un empresario de cabeza cuadrada, de esos que acaparan a las mejores mujeres para usarlas y tirarlas, pues para ellos no son sino mercancías. A veces hay caballeros que intentan rescatarlas, pero ellas los rechazan por causa de la eterna canción: “el corazón se inclina por quien una no debe”. Por lo general dicen deberse al padre de sus hijos, nacidos o no, ya que éstos les fueron enviados (o quitados) por Dios mismo desde Su Oficina de Correspondencias. Y por eso, como a Micomicona nadie le correspondía, Sir Quixote la aceptó por esposa antes de que a alguien se le ocurriese hacerla bella y venderla. “¡Adiós, Dulcinea del Toboso, tú que fuiste lo más alto, es decir, la más alta! ¡Que tus cabellos de oro se conviertan en lo que son, paja, apenas tu marido los toque!”, dijo el caballero, con algún pesar en el alma pero decidido a renovarse a través de la princesa que Gloriana y Titania le asignaron.

El alemán entregó su composición ya casi con el día de la boda encima. Era música para soñarse una noche de verano. El rey Oberón y sus duendes la consideraron ideal para la temporada. La reina Titania no se diga. Y la reina Gloriana y su consorte Raleigh, siempre fumando los dos, mandaron imprimir miles de discos con la Marcha para que los piratas la difundiesen por todos los vagones del metro y las islas del océano. Alguna de las cortesanas, malévola como lo son todas por naturaleza, comentó que la princesa Micomicona más parecía un pato que un mico, y no le faltaba razón: con lentes, frenos y larga nariz no podía ser otra cosa. Sí, estaba predestinada a ser la Mamá Pato de los cuentos de Sir Quixote. Y en adelante se llamó Picopicona, para que los eruditos del Instituto Cervantes de Neza York se molestasen. Al propio Don Miguel le reprocharían el haberse dejado cortar el brazo nada más que para hacerlos quedar mal, pues ellos a dos manos llenan páginas y páginas de aparato crítico en obras tan inútiles como aquella que dice: Rocinante no se hizo filósofo por no comer, sino porque se matriculó con nosotros, según escribió con orgullo uno de los académicos cervantistas.

El caso es que la Orquesta “Cuentos de Hoffmann” ensayó diligentemente la pieza musical, y ésta estaría bien dispuesta y armonizada para el día del enlace, el cual se efectuaría en la capilla de los Diablos de la Vieja Jersey, que se engalanaría profusamente para la ocasión. “¿Por qué no de la Nueva?”, preguntó un querubín bizantino, y otro como él contestó dándole un coscorrón: “¡Tonto! ¿No ves que fue el único territorio inglés que ocuparon los alemanes? Por lo tanto, hay diablos ahí, en la Vieja, no en la Nueva. Esta última la tomaron los aztecas”. Pero aquél no quedó conforme, y le respondió a su compañero con una bofetada y diciéndole: “¡No, los aztecas lo que tomaron fue Manhattan, una marca de pulque muy buena!” Se agarraron a golpes, como historiadores que eran, pues nadie está de acuerdo acerca del sitio exacto donde los caudillos nahuas Jaguar Verde y Perezpochtli desembarcaron para devolverles a los pieles rojas la famosa isla por la que a éstos les pagaron 14 dólares los ricos empresarios de los Países Bajos. Ocurrió hace
tanto tiempo que ya no importa saberlo.

La princesa Picopicona estaba feliz. El no ser, como dicen los ineptos, “agraciada”, le facilitaba las cosas, pues ningún empresario le daría 14 dólares para robársela. Además, su corazón sí estaba inclinado hacia quien se debía. No teniendo margen para ser orgullosa ni egoísta, calibró bien los méritos del famoso caballero. Y éste no la vio mal, no se le encalabrinó el alma, de ninguna manera. Se notaba en el rostro de la princesa lo mucho que había llorado siempre, cuando nadie se le acercaba y la echaban fuera de todos los lugares. Titania la vio, la rescató, y le prometió otorgarle al mejor hombre. Éste no podía ser otro que Sir Quixote, vencedor de mil enemigos. Y le fue fácil a él hacer amistad con Picopicona, así que le dijo: “Te amo porque eres, desde hoy, mi amiga”. Pues amor y amistad, en el País de las Hadas, equivalen a lo mismo. En el mundo real esto hace sufrir a muchas verdaderas damas y a muchos auténticos caballeros, pues ahí amor y amistad no son iguales, y no hay manera de hacerle entender a nadie que las palabras “tú y yo sólo somos amigos”, en Fairyland significan: “tú y yo somos al fin amantes”. Es decir, que ser amigos es serlo todo, y por eso Picopicona y Sir Quixote sellaron su amistad casándose.

QUAM PULCHRA ES AMICA MEA! (“¡Cuán hermosa eres, amiga mía!”) decía, gloriosa frase salomónica, en letras formadas con flores, a la entrada de la capilla que ya mencionamos. Era el día de la boda de la princesa y el caballero, y los invitados aguardaban ansiosamente la llegada de la pareja. El capellán luciferino, vestido de rojo con llamas amarillas, llevaba en sus manos el Necronomicón sagrado. A caballo llegaron los novios, desmontaron y entraron al recinto religioso. La orquesta dirigida por Herr Sandmann (el que nos arroja en los ojos arena para que soñemos lo que no debemos soñar) puso en marcha los motores de la Marcha Nupcial para esta noche de verano. Amiga y amigo se casaron, y las reinas les regalaron una preciosa estancia en el pueblo de Avon Cosmetics, lleno de estatuas con personajes de Shakespeare, las cuales señalaban las separaciones entre las casas. Donde vivirían los recién casados era entre las estatuas de Hermione, reina de Sicilia en el Cuento de Invierno, y un cierto Lucianus, oscuro personaje de Hamlet, sobrino de un rey (acto III, escena 2). La Marcha fue bien tocada y se estableció como oficial para futuros matrimonios. Como el de Hermione y Lucianus, por ejemplo, que se efectuaría en una noche de San Juan. ¿El de Patmos, o el que comía langostas con miel? Da lo mismo. En Fairyland todos los símbolos y evocaciones son válidos.

Así que si alguien a quien tú amas dice querer contigo “sólo una bonita amistad”, recuérdale lo de Sir Quixote y la princesa Picopicona. Dile que eran bonitos amigos y eso no impidió el amor entre ellos, sino todo lo contrario. El cisne de Avon cantó todavía una vez más, mientras una mujer pato “no muy agraciada” se convirtió en la más hermosa ave del País de las Hadas, sin tener que cambiarse en lo más mínimo el rostro. Siguió con sus anteojos, sus frenos, su larga nariz y su chicle de menta. Los verdaderos caballeros carecen de pretensiones, y no puede sorprenderlos que las mujeres que se creyeron de oro se conviertan en paja ante los ojos de sus maridos. Y después de todo, la reina de Saba, que se casó con su amigo el sabio rey Salomón de acuerdo al Cantar de los Cantares, era también un pato, y hermosa, y no importa cuán oscura. Así como Picopicona. Una fábula de Hans Christian Andersen.

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