Ave Lamia Revista Cultural Ciudad de México Año I Número VI Abril de 2013
 

 

La casa de Lilitu
Luciano Pérez

Y quedó terminada la casa de Lilitu. Cuando ésta la vio, con gran asombro abrió la colmilluda boca pintada de rojo sangre.
En efecto, era asombrosa. La lamia no podía saberlo, o tal vez lo intuía, pero la casa era un entrecruce entre la mansión de la Familia Munster y la de Gloria Swanson en Sunset Boulevard; las mismas gárgolas y hiedras, los mismos búhos y espantajos.
Una casa gótica en las afueras de Babilonia la Grande, hecha para durar, para jamás caerse. O eso se creyó. Porque cuando la urbe cayó ante los persas… Mas no adelantemos.

Por dentro lo tenía todo: un dragón de siete cabezas en el sótano, una abuela loca en el ático, una piscina con cadáveres flotando, y un piano para tocar y cantar la tristeza borracha de Schubert todo el tiempo. Muchos cuadros, que evocaban épocas no ocurridas aún: monjas rezando ante un embrión gigante y fluorescente; el Galileo como capitán de una nave llena de niños fantasmas; Little Lulu dentro del caldero negro de la bruja Avellana, con fe todavía en que Tobías y el ángel vendrían a rescatarla. Lilitu feliz, bienaventurada, con su casa, esta obra de arte construida por Pazuzu, el demonio de los malos aires, el terror de los pequeños y de los ancianos. En el jardín había por doquier estatuas, principalmente femeninas; ahí estaban, en poses desafiantes, Escarlata O’Hara, Bettina Davis, Juanita Crawfish, Greta Gustafson y Lola Lola Dietrichson.

La diablesa exclamó: “¡Pazuzu! ¿Qué es todo esto? ¿Cómo ha sido posible?” Y él, orgulloso y a la vez modesto, le dijo: “No me lo agradezcas a mí, sino a tus diablos del Mar Rojo, ellos son los verdaderos arquitectos de este destino”. Lilitu no se rindió: “Pero sin ti no sería igual, tienes un gusto especial para todo. Fue una suerte que Gilgamesh me tirara mi vieja casa.
Si no hubiera sido por eso, no tendría este esplendor ante mis malvados ojos”. Y ella entró a la mansión, donde viviría siglos enteros mientras afuera transcurría la historia babilónica. Alguna vez Nino y Semíramis vinieron a visitarla, y nadaron los tres en la piscina californiana. Les llevaba bebidas de ajenjo un hombre semidesnudo que traía un chango en la mano llamado Cheetah. Lilitu le decía: “¡Johny, vente a nadar con nosotros!” Pero el alemán, adusto, sólo abría la boca para proferir gritos tiroleses para llamar a los monos que jugaban en el sótano con el dragón infernal.

A veces venía el propio Jehová, todavía no tan anciano, pero ya casi, junto con su esposa Yekina, para tomar café y engullir pastelillos vieneses. “Una lástima que los turcos no se apoderen de Viena, para que nos libremos así de ti, Papa Jehová”, le dijo bromista y con algo de ternura Lilitu al hombre que le dio a Adán como marido. El viejo en verdad nunca le tuvo mala voluntad a la diablesa, ni siquiera ahora, y le toleraba todas las blasfemias, y le expresó él esto: “Yo ya me voy, muy pronto, hija mía. Cuando venga el que ha de venir, me voy a descansar con Yekina, todavía no sé adónde”. Feliz de oír eso, la lamia exclamó: “¡Vente para acá, Papa! Yekina y tú pueden vivir en el ático, sacamos a la abuela de ahí y la ponemos en otro lado”.
Y Jehová dijo: “¡Oh no, Lilitu! Se supone que no debo tener trato contigo. Adán y Eva se han reproducido mucho, y sus malas nueras y todavía peores yernos hacen estropicios en el mundo. Pero creen en mí y debo mantener por ahora esta imagen de Dios que los auxilia siempre. Debo estar al frente, hasta que llegue el que ha de venir, mi hijo al que llamaré de Egipto”. A Lilitu no le interesaba nada de lo que platicaba el viejo. Ella le preguntó a Yekina: “¿Y tú? ¿No te gustaría venirte para acá?” Y la mujer respondió: “Quiero venirme aquí, de hecho deseo jugar a la cábala contigo, pero a tu Papa eso no le gusta”. El anciano, todavía no mucho (vivió hasta 1966), se había dormido, sin que se acabase de beber su “hada verde en las rocas”.

Lilitu quiso saber qué era lo que no le gustaba a Jehová: “¿Vivir aquí, o la cábala, o yo misma, qué?” Y Yekina dijo: “Todo junto, pero no le creo nada, porque nunca lo he visto tan relajado como ahora. Allá en nuestra casa siempre está al pendiente de lo que hacen los reyes y los profetas, y yo le digo que los deje hacer lo que quieran, pero tu Papa es un gran metiche”. Lilitu rió y dijo: “Lo creo. Sin embargo, cuando lo deseen, pueden venir aquí”. Y Yekina: “Oh sí, antes de que este lugar sea destruido”. Y Lilitu: “No, mi casa es indestructible, según mi amigo el arquitecto Pazuzu, señor del mal aire”. Y Yekina: “Por lo que yo sé, Lilitu, a Babilonia llegarán todos los judíos desterrados, expulsados, y después de un tiempo vendrán los persas a liberarlos y acabarán éstos con Babilonia, que nunca más se levantará”. Lilitu, con evidente disgusto, dijo: “¡Profecías! ¿Quién puede creer en ellas?” “No son profecías, amiga. Nabucodonosor va hacia Jerusalén, y por acá pronto verás al profeta Daniel y su robot de varios metales”. “¡No, no quiero conocerlo, ni a él ni al robot!”

Con tales gritos el anciano despertó y le dijo a Yekina: “Vámonos ya, esposa mía, cantar de mis cantares. Los asirio-babilonios avanzan hacia Canaán, no quiero perderme la película”.

Se despidieron de Lilitu y se fueron. La lamia quedó muy preocupada por lo de su casa: “No, no quiero que acaben con mi bella mansión. La defenderé fervorosamente contra los persas”. Pazuzu salió de la sombra y le dijo: “Yo te ayudaré, los mataré con mis aires”, y Lilitu le contestó: “Sabía que podía contar contigo. La infame Babilonia tiene que resistir”. “Eso es, para cuando llegue el momento de que nuestra querida y magna urbe se llame Alejandrópolis”.
Afuera de la mansión, una mujer babilonia embarazada le advierte a otra en igual estado, mientras pasan ante la residencia de Lilitu: “Roguémosle a Ishtar que tengamos niña y no niño. Dicen que la lamia que habita en esa horrenda casa se come a los niños varones en el momento en que nacen”. “Y si tenemos niño, ¿qué hacemos?” “Entonces habrá que rogarle a la diosa que nuestro bebé nazca de noche y no de día, porque es en pleno sol cuando Lilitu se los come”.

lperez@avelamia.com

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