Ave Lamia Revista Cultural Ciudad de México Año I Número VI Abril de 2013
 

 

Un paseo por la ciudad de Guadalajara
Alejandra Silva Lomelí

Ayer salí con un viejo amigo de la infancia para recorrer el centro histórico de mi ciudad natal, Guadalajara . A pesar de que nos vemos muy pocas veces, nuestras conversaciones siempre han fluido fácilmente gracias a nuestro compartido amor por el arte. Él es guitarrista clásico, y cuando habla sobre su trabajo y sus proyectos aprendo un poco sobre música e instrumentos. Yo hablo de libros y siempre comentamos las lecturas –afortunadas o no– que hemos hecho últimamente. Sin que lo notáramos, transcurrieron las horas entre la charla y el paseo, y cuando nos dimos cuenta ya estábamos a las puertas del Centro Cultural Cabañas, recinto de los famosos murales de José Clemente Orozco.

Sin dudarlo, entramos. Mi amigo había visto las obras de Orozco sólo en las láminas de los libros y en los medios masivos, pues al ser de otro estado no había tenido oportunidad de gozarlos de cerca. Visitamos –con cierto enfado por parte de él– las salas de exposición que se encuentran antes de la capilla principal, donde se encuentran los murales. La emoción que tenía por entrar a las primeras salas era comparable a la de un niño a quien no le importa lo que pasa en la calle mientras va camino al aeropuerto, a unos momentos de subirse a un avión por primera vez.

Sin embargo, hizo un esfuerzo y me siguió por las salas de exposición temporal. Jugando a hacernos los conocedores de arte pictórico, ambos expresamos diferentes opiniones acerca de las obras: a mí no me gustaba la pintura que a él le encantó, y él no le encontraba la belleza que yo aseguraba ver en una máscara que contemplaba. Fue entonces cuando empezamos a intentar darle una explicación a lo que veíamos. Queríamos expresar lo que producían las pinturas en nosotros, en nuestra conciencia y voluntad, según dice Nietzsche. Por supuesto nunca coincidimos en nuestros puntos de vista.

Lo mejor empezó cuando decidimos no ver el título de la obra antes de expresar nuestra interpretación, y es que habíamos recorrido media sala leyendo antes y entregándonos a la obra después, lo que provocó que nuestros comentarios estuvieran ya influidos totalmente. Cuando optamos por cambiar la dinámica, nuestras opiniones fueron tan diferentes entre sí como la relación que tenían con el título. Quizá ni siquiera Orozco podría ver en sus obras lo que nosotros asegurábamos que estaba ahí, y creo que esa es la belleza de esta experiencia: que no leímos al arte, sino que el arte nos leyó a nosotros. Ni mi amigo ni yo hemos tomado nunca un curso sobre artes plásticas, o sobre apreciación de obras pictóricas, por lo que nuestras ideas provenían simple y sencillamente de la experiencia pura de pararnos frente a la pintura y decir: “Yo creo que…”

Esto es lo que permite que el arte sea universal. Cuando una obra contiene todas las interpretaciones que una totalidad de individuos le han adjudicado a lo largo de la Historia, tiene su trascendencia asegurada; se ha convertido en un clásico.

Seguimos así por la sala hasta que vimos un cuadro imponente no por su tamaño, sino por lo que representaba. Mostraba algo que figuraba una puerta, y debajo de ella había una especie de mundo fantasmagórico. La puerta no era propiamente eso sino un simple rectángulo, pero era tan profundamente oscuro que daba miedo entrar en él. Hasta ahora no sé cuál era realmente el tema de la obra porque no nos permitimos leer el título. A ambos nos encantó y puso final a las discusiones sobre la máscara grotesca-sublime que yo tanto defendía. Esa puerta nos ofrecía un mundo diferente, irreal.

Para mi amigo era especialmente bello; yo sentí miedo, inseguridad, intimidación y curiosidad por lo desconocido. Él se entregó por completo a la obra para descubrir el enigma, mientras yo me negaba a perder la voluntad, como dice Nietzsche, y experimentar la catarsis que me ofrecía la pintura. Cuando me preguntó qué había sentido con esa pintura, callé. No podía expresar la totalidad de la experiencia con palabras. Así como el arte llena el silencio, este último puede ser en ocasiones el mejor elemento explicativo del arte. Es por eso que no le pregunté lo que pasaba por su mente y su cuerpo cuando, recostado en una mesa en el centro de la capilla principal, contemplaba con evidente asombro al Hombre de fuego en la cúpula del recinto.