Ave Lamia Revista Cultural Ciudad de México Año I Número VII Mayo de 2013


El arte como redención humana
José Luis Barrera

La única redención humana está en el arte, aunque hasta éste se haya extendido la podredumbre propia de nuestra raza. Pues no hay ciencia que trascienda como un lienzo, un libro o una partitura. Las grandes construcciones, las más hermosas coreografías o las impactantes esculturas han de ser imperecederas. Y aunque la tecnología ayudó a que naciera la más joven de las bellas artes, el cine fue sólo una coadyuvante para que las mentes creadoras se abrieran a un nuevo campo.

La ciencia tiene que ser actualizada para no ser caduca, la tecnología entre más avanza crea una mayor cantidad de satisfactores de poca vigencia. En tanto que el arte nunca deja de causar admiración aunque sus productos tengan siglos de haber sido creados.

Desde tiempos inmemoriales, las huellas perdurables que ha dejado el hombre son en el campo artístico: pinturas rupestres, joyas arquitectónicas, monolitos simbolizando a sus dioses. Y en tanto la ciencia y tecnología avanzan tan aceleradamente que, a veces adrede y otras por inercia, crean modas que en un tiempo corto resultarán obsoletas, por otro lado seguimos admirando el barroco que influyó en todos los campos artísticos occidentales del siglo XVII y mediados del XVIII. Esto, sólo por poner uno de muchos ejemplos, que me apasiona por cierto, de creaciones humanas de vigencia indeterminada.

El arte por supuesto ha ido evolucionando con los tiempos y un artista no puede quedarse con las escuelas antiguas para seguir produciendo obra, pero invariablemente acude a ellas para hacer revisiones estilísticas que le ayuden a crear bajo las nuevas corrientes.

Llegó el arte surrealista y empezó a tenerse una nueva visión creadora. En literatura llegó el verso libre y en música las disonancias. Esto es la evolución que hace del arte una creación humana en constante cambio. Pero, como lo he insistido constantemente, el cambio no hace desechable o caduco el pasado.

El mundo seguirá su avance y algún día llegará su final (sin profecías mayas, ni profetas apócrifos que lo pronostiquen), y cuando una nueva civilización entre en escena, serán las obras de arte las que les darán material para saber más de nosotros y nuestra forma de pensar.

Las obras no hablarán de la abyección humana. En ellas no habrá ningún antecedente de los cotos de poder, del amiguismo u ofertas sexuales para publicar y vender obras. Nadie que estudie en un futuro las obras de nuestra civilización, sabrá de los artistas vetados por no ser allegados al círculo poderoso de la cultura y tampoco intuirán que tal vez la pieza admirada en realidad no pertenece al firmante sino a un alumno de éste.

Porque, si bien es cierto que el arte es la única forma de redención del humano, este campo de creación no está exento de la falta de ética, injusticia, compra de favores, apoyos condicionados y otros tantos y lamentables etcéteras propios de la naturaleza humana.

La oligarquía cultural le hace mucho daño a la labor creadora del hombre, pero a su vez esta labor es la que le permite al mismo ser humano expresarse desde lo más profundo de sus aflicciones, rencores y reconcomios. Es en el arte donde la raza humana se ha enfocado con más honestidad en los vicios humanos, que en ocasiones lo transforma en un crítico de su entorno y de sí mismo. Las mentes más brillantes así lo han hecho, aunque muchos de ellos no hayan vivido de manera mínimamente digna de acuerdo a sus facultades, en tanto que el poder y el dinero en la cultura lo ostentan palurdos que no les llegan ni a los talones a los anteriores (hay, como en todo, sus honrosas excepciones).

La mente humana tiene la capacidad innata de crear y destruir. Y de la misma forma, con su capacidad cognoscitiva tiene la facultad de destrozar a sus enemigos para conseguir su objetivo. No sólo las grandes guerras han destruido a través de los tiempos. La historia de nuestra civilización ha constatado la destrucción de personas y reputaciones con la simple intención de obtener el poder.

Y por supuesto que el ser humano creador no es redimible tan sólo por esa facultad personal. No por ser artista se es noble y lejano de la abyección. Ello no lo hace distinto ni le hace diferencia en su naturaleza humana. El arte lo va a redimir con el tiempo, más no con su entorno actual: sus rencores, envidias, soberbia y muchos otros fantasmas le harán ser tan villano como los demás y tan víctima como maniqueamente lo quiera ser. A fin de cuentas nadie está exento de los trucos de la mente para justificar las malas intenciones de dañar con conciencia a otros para obtener algo que se ambiciona. Dañar, que quede claro, empieza desde la descalificación hasta el asesinato. Éste tipificado como delito, aquél a la mano de cualquiera.

Al artista, por lo tanto, hay que verlo como tal, ya que su vida personal y tendencias son algo que se minimiza al lado de sus obras. Si Wagner tenía personalidad polémica, si Poe era un borracho desestabilizado o Baudelaire un drogadicto, no importa en demasía, porque su trascendencia no la lograron por llevar una vida ejemplar, que les haga dignos de hagiografía, sino por su arte. Luis II de Baviera (conocido como “el rey loco”) al parecer sabía esto y por eso fue el protector del propio Wagner, a quien le facilitó con su apoyo la ya mencionada redención, y tal vez hasta logró la propia (si en mis manos estuviera se la otorgaría sin duda).

El arte, como ya dije, es la única liberación del ser humano. Y ojalá mi obra en algún tiempo me consiga la redención. Que así sea.

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