Ave Lamia Revista Cultural Ciudad de México Año I Número VII Mayo de 2013


Jarry Alfarero
Agustín Cadena

—Los salones de primer año están de ese lado.
—Nos dijeron que por aquí.
—Pues te engañaron, cegatón idiota. Aquí sólo están los de tercero.
Era su primer día de clases en el ITEBC, y Jarry se sentía muy nervioso, además de ajeno. Tenía sólo dos días de haber llegado a vivir a Catemaco y todavía no conocía a nadie. El calor tropical de la ciudad le resultaba opresivo, y la niebla que se desprendía del lago sólo lo hacía sentir más acalorado; era como si el aire sudara y ese sudor se le pegara a él en el cuerpo. Ger Mayon y Ronaldo, en cambio, parecían sentirse a sus anchas, con todo y que también eran novatos.

—¿Cuál es la primera clase que tenemos?
Ger Mayon sacó su “libro de sombras” para ver el horario.
—Alquimia —respondió—, con un maestro que se apellida Ugalde.
—¡Es famoso! —comentó Ronaldo, emocionado.
—Sí —completó ella, que era la que más sabía de esas cosas—. Es experto en procesos electorales.
— ¿Y luego?
—La clase más emocionante del día: “Desaparición de personas”, con un maestro egresado del CISEN.

Hablaban de todo esto mientras seguían caminando en busca de los salones de primero. A pesar de la hostilidad de los estudiantes de segundo y tercero, los tres chicos se sentían emocionados. El ITEBC (Instituto Tecnológico y de Estudios Brujiles de Catemaco) era la mejor escuela para magos de todo el país, y la planta docente se hallaba formada por reconocidas eminencias. Del lado de la magia blanca estaban la gran Hermelinda Linda y las brujitas Ágata y Alicia, Beto el Boticario, María Sabina en la clase de herbolaria, don Juan Matus en la de sueños lúcidos y el profesor Zovek en la de efectos especiales... Del lado de la magia negra había gente no menos respetada, como el siniestro Adolfo de Jesús Constanzo, una de sus mejores discípulas, de apellido Aldrete, y una bruja temida por todos a quien apodaban La Paca y tenía fama de coleccionar cráneos. Jarry aún no lo sabía, pero estos últimos habían asesinado a sus padres en su rancho de Santa Elena, cuando él era aún un bebé.

—A ver, niños, ¿trajeron todos sus útiles? —les preguntó el profesor Ugalde, en cuanto empezó la clase de alquimia.
— ¡Sí! — respondieron todos a coro, ansiosos por empezar a mostrar lo que habían comprado.
Jarry, Ronaldo y Ger Mayon intercambiaron miradas. Se suponía que todos los estudiantes debían comprarse sus útiles desde antes de llegar a Catemaco. Pero en eso, como en muchas otras cosas, se veían las diferencias sociales. Los estudiantes que eran sencillos y prácticos llevaban un tecolote; los más pobres, un zanate; y los chilangos snobs habían ido a Tepito a comprarse una lechuza pirata. Jarry jamás hubiera podido comprarse ni siquiera el zanate; sus tíos eran unos mugres que no le habrían dado dinero para nada. Su secreto era que tenía un padrino muy poderoso. Se trataba del brujo Aniceto Verduzco, que aunque era enano y muchas veces le salían mal las cosas, era famoso por su buen carácter y su sentido del humor. Él se lo llevó al mercado de Sonora y allá le compró todo, modesto pero original, nada de fayuca.

—A ver ese niño —el maestro Ugalde estaba señalando a Ronaldo—, ¿qué es eso que tiene su varita mágica?
Todo el mundo se volvió a mirarlo, Ger Mayon con cara de “Te lo dije, pendejo”. Ronaldo le había pegado a su varita mágica una calcomanía del América. Estaba rojo de vergüenza.

—Se va usted al baño a lavar eso —sentenció el profesor—, y no regresa hasta que me lo traiga limpio.
Ronaldo salió del salón todavía apenado, con la mirada en el suelo. Entonces, por fin, empezó la clase.
—Vamos a ver: si tengo mil votos por el partido del jefe, tres mil por el del enemigo de la patria y mil boletas en blanco, ¿cómo le hago para convertir la mierda en oro?

Jarry no podía concentrarse en la clase, no le interesaban esos temas. Dejó que su mente divagara y que su memoria lo llevara al pasado reciente. Su vida había tenido demasiados cambios en muy pocos días.
Recordó el viaje a Catemaco en un autobús guajolotero de la línea Escoba del Valle. Fue a bordo de éste donde conoció a Ger Mayon y a Ronaldo. Los tres tenían muchas cosas en común y así lo sintieron a primera vista. Ciertamente, desde el principio se tuvieron confianza y empezaron a contarse sus historias. Jarry creció en un multifamiliar de la Unidad Habitacional Escuadrón 201, en el oriente de la Ciudad de México. Originalmente le apodaban “Jarro” porque era chaparro, panzón y muy sentido, pero luego, con esa moda de los diminutivos a la gringa, el apodo se convirtió en “Jarry”. Creció con sus tíos mugres, los señores Alfarero. Su tío era empleado en la oficina de impuestos; su tía, una secretaria avariciosa, medio alcohólica y bastante promiscua que disfrutaba haciéndolo sufrir.

Ger Mayon, por su parte, no había conocido a su padre; era hija “de un volado”, como le decía su abuela, y siempre, desde que tenía memoria, había sufrido con su complejo de bastarda. Y Ronaldo era más pobre que el mismo Jarry, además de que tenía un montón de hermanos y hermanas. Así que los tres, que coincidían en sentirse en desventaja con respecto a sus compañeros de familias cool, se hicieron amigos íntimos desde el principio y suscribieron un tácito pacto de sangre que los mantendría unidos en todas sus aventuras.
Cuando terminaron las clases de ese día, precisamente, estaban a punto de empezar una de éstas, sin saberlo. Resulta que, metiches como eran los tres, alcanzaron a oír parte de una conversación muy delicada en uno de los tenebrosos pasillos del ITEBC.
—Entonces, ¿estás seguro que se encuentra en algún lugar de este edificio? —le preguntó el profesor Beto el Boticario al brujo Aniceto— ¿No me estás engañando? ¿No me vas a salir con una de tus burrerías?
—Cómo crees. Te estoy diciendo la verdad.

El Boticario se quedó pensativo, con cara de preocupado, como si algún truco le hubiera salido mal.
—Y eso no es lo peor —continuó Aniceto, rascándose una de las verrugas que tenía en la nariz.
—¿Hay algo más?
—Sí. ¿Quién crees que lo está custodiando? ¡El Chupacabras!
—¿El Chupacabras?
—Sí. El mismísimo.
—Entonces será imposible apoderarnos de él.

Los tres jóvenes héroes habrían querido escuchar más, pero, oyendo al fondo del pasillo los tacones de La Paca, que se acercaba, los profesores cambiaron de tema.
Esa noche, ni Jarry ni Ger Mayon ni Ronaldo pudieron conciliar el sueño. Estuvieron revolviéndose en la cama con mil preguntas en la cabeza: ¿Qué era eso que se encontraba ahí, tan valioso que debía ser celosamente custodiado? ¿Se trataba de un objeto mágico, de un libro prohibido, de un documento secreto? Y, ¿qué clase de criatura era el Chupacabras?

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