Ave Lamia Revista Cultural Ciudad de México Año I Número VII Mayo de 2013


Richard Wagner, un héroe cultural
Luciano Pérez

Heredero directo de Bach y de Beethoven, promotor de los ideales de la caballería y el heroísmo, revolucionario social y del arte, alquimista y ocultista, enamorado de todas las mujeres, enemigo del fisco y de los contadores, amigo de reyes y de filósofos, mitólogo, mitógrafo y mitómano: Richard Wagner, un héroe cultural para todos los tiempos. Nació hace doscientos años, y el mundo lo celebra no sólo como el elegido de los dioses, sino como el dios de los elegidos. Un titán cuyos muchos puntos débiles, que los tenía, sólo el arte pudo justificar.

Cada una de sus óperas no sólo es una obra maestra musical y literaria, sino también una ocasión para reflexionar acerca de nosotros mismos, en nuestro destino. En El holandés errante el capitán de un buque fantasma lleva sobre de sí la maldición de vagar infinitamente por los mares, a menos que una mujer acepte amarlo e irse con él, rescatándolo así; todas lo rechazan, pero sólo una, Senta, se decide y lo salva, quizá no tanto por amor sino por compasión. Pero, ¿qué amor más grande hay que la compasión? En Tannhäuser, el caballero así llamado, gran trovador también, se ve prisionero entre dos tipos de amor, el sagrado (Santa Elizabeth) y el profano (Venus), y no puede ni quiere deshacerse de ambos, porque los dos amores le dan sentido a su vida de artista, y tal vez porque en el fondo siente que son el mismo amor (por eso en las representaciones de esta ópera, el papel de Santa Elizabeth y de Venus es asumido por la misma actriz-cantante). Lohengrin señala que para amar a alguien no es necesario conocer al amado más allá de lo que se siente, así que si Elsa de Brabante tenía seguro el amor del caballero Lohengrin, ¿para qué se empeñó en desvelar el secreto de éste, a pesar de que él le prohibió hacerlo? Más vale amor en mano que cien volando. Un drama parecido al de Eros y Psiquis. Y sin embargo, ya sabemos que si uno en verdad quiere saber, algo habrá que perder.

Tristán e Isolda es toda una cumbre de música y de literatura. Uno muere de amor porque muchas veces no hay más alternativa que beber el veneno del mismo a fondo, y con frecuencia se vive nada más que para eso. Y si a los críticos de entonces los desconcertó la rareza musical de esta obra, es porque no sabían que ya había iniciado con ella la música moderna. Los Maestros Cantores de Nuremberg expone el dolor del artista que ya está viejo, y que, como le ocurre aquí al insigne Meister Hans Sachs, ya no puede aspirar al amor de una joven, en este caso Eva, por más que lo quisiera; pero hay que sobreponerse, pues de cualquier manera el arte es más grande que todo eso, va más allá de los sinsabores personales e incluso se alimenta de éstos. Todo sea por el bien de nuestro arte, y Sachs nos lo hace saber con decisión y hasta buen humor. Dolió, pero un diablo viejo se recupera pronto.

La tetralogía de El anillo del nibelungo está integrada por cuatro poderosas piezas donde todo cuanto vemos y oímos ahí nos atraviesa totalmente el cuerpo y el alma, una experiencia única e imperecedera. En El oro del Rhin, que es la primera pieza, la lección mayor es que lo más valioso para uno sólo se logra si se pierde algo más. El nibelungo Alberich logra el oro, pero pierde para siempre el amor, y él acepta ese acuerdo. Pero la posesión de ese oro desata una maldición que llevará a muchos al desastre, empezando por Alberich, que de todos modos pierde el oro porque el dios Odín se lo roba. La segunda pieza es La Valkiria, y aquí nos encontramos a una extraordinaria mujer: Brunilda, la hija guerrera de Odín, la cual por compasión se opone al destino que se desata sobre Segismundo y Sieglinda, la pareja incestuosa. Por hacerlo, Brunilda es castigada con el sueño mágico del que sólo un héroe logrará despertarla. Ese héroe será Sigfrido, que es la tercera pieza; él es hijo de los hermanos que se amaron, y protagonizará con Brunilda uno de los más intensos romances de la literatura, que por supuesto no tendrá final feliz, sino que traerá un desastre tras de otro. Lo cual se hará evidente en la cuarta y última pieza, El ocaso de los dioses, donde Sigfrido se mostrará como el gran héroe que es y logra la mano de la bella Krimilda: pero nada puede contra la fatalidad del oro, pues él es poseedor de éste al habérselo quitado al dragón que a su vez se lo quitó a Odín. Y Sigfrido muere, y con él morirá todo y morirán todos, porque nada ni nadie puede estar exento de la destrucción, menos que nadie los propios dioses. Y si ellos mueren, el ocaso humano se da por un hecho. A menos que, ¿quién sabe?, Tal vez el humano sobreviva a los dioses.

La última ópera del insigne maestro fue Parsifal, un caballero que es algo así como el tonto de la colina de las cartas del tarot. Sin quererlo ni saberlo se encuentra con el Grial, un objeto mágico que para algunos es la copa de la última cena de Jesús, y para otros la piedra que cayó de la corona de Satanás cuando éste fue expulsado del cielo. El Grial redimirá a todos del dolor. A Parsifal lo hará inteligente, a Kundry la salvará de las garras de Klingsor, y el rey pescador se curará. Es el dolor el que le da sentido a la vida como tal, pero sólo la redención nos hará conscientes de esto. Así es como Wagner nos invita a redimirnos, a ser más artistas no importa el precio que deba pagarse. Porque vale la pena. Un rey loco, Ludwig II de Baviera, se dio cuenta de esta verdad, y decidió financiar al Maestro Wagner, para que sus obras no se detuviesen por falta de recursos y de tiempo. Para él construyó el castillo de Neuschwanstein, que Walt Disney se apropió al crear el castillo de la Bella Durmiente en Disneylandia, sin pagarle derechos al pueblo de Baviera, legítimo propietario. Y un filósofo loco, Nietzsche, se enamoró perdidamente de la esposa de su amigo Richard, la señora Cósima Wagner, hija del músico Franz Liszt, a grado tal que se perdió la amistad entre ellos, una verdadera lástima porque Wagner y Nietzsche portaban en sí mismos la llama poderosa de la cultura en Alemania y en el mundo entero.

Para concluir, recordemos dos momentos fílmicos que evocan a Wagner y su legado. En la película “Drácula”, versión de 1931, cuando entra Bela Lugosi al teatro donde se encontrará con Minna, está una orquesta interpretando la solemne obertura de Los Maestros Cantores de Nuremberg. En 1979 en “Apocalypsis now”, mientras los helicópteros yanquis atacan una aldea de Vietnam con napalm, suena la cabalgata de las valkirias, trepidante momento de la ópera La Valkiria, cuando Brunilda huye de la persecución de Odín, y pide el auxilio de sus hermanas valkirias.

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