Ave Lamia Revista Cultural Ciudad de México Año I Número VIII Junio de 2013

 

1973: hace cuarenta años
Luciano Pérez

En septiembre de 1969 los Beatles lanzaron su disco Abbey Road, el de la famosa portada con los cuatro músicos caminando, una imagen mil veces imitada y parodiada. No supimos que ya era el último, y que cada uno de ellos iniciaría su propia carrera artística fuera del grupo.

La separación formal de éste se anunció en abril de 1970. Así finalizó una gran época, la de los años sesenta, tan rica en música, libros, modas, ideas, revoluciones, revelaciones, viajes sicodélicos, viajes espaciales, y movimientos políticos y sociales. John Lennon se encargó de proclamar este final, al decir que el sueño de los sesenta se había terminado y que él ya no creía en los Beatles nunca más.

Y como si fuese una maldición, murieron Janis Joplin y Jim Morrison. Aunque dos acontecimientos de 1971 nos levantaron un poco el ánimo: el Concert for Bangla Desh, efectuado en Nueva York con George Harrison al frente, y acá en México el Festival de Avándaro.

Entonces, 1970 y 1971 fueron el epílogo a la década anterior.
Y los años setenta, que resultarían muy insatisfactorios, se iniciaron propiamente en 1972, cuando, después de tantas maravillas con los Beatles, Doors, Rolling Stones y muchos otros, en adelante los héroes musicales de una nueva generación serían los Osmond Brothers, la Familia Partridge, los Jackson Five, los Carpenter y Julio Iglesias, entre otros más. Algo inexplicable, que nos sumergió en el pantano del Kitsch.

Nunca hubo peor música, y nunca hubo, también, ni modo, gente más feliz con ella, y en los años siguientes sería peor, hasta que el heavy metal y el punk viniesen a salvarnos. Hace 40 años, en 1973, ya se permitía que los jóvenes llevasen el cabello tan largo como quisieran, sin el contexto de libertad y rebeldía, e incluso los adultos, que tanto lo habían criticado, lo llevaban así. Las mujeres dejaron de usar medias y ligueros, y el pantalón se impuso como la prenda común de ellas, de modo que durante años no les vimos las piernas. Nos vestimos de terlenka y de mezclilla, los pantalones eran acampanados (no había de otros), los cuellos de las camisas eran enormes, los zapatos eran chatos y de tacón grueso.

En 1973 Richard Nixon era el presidente de los Estados Unidos en un segundo periodo presidencial (un año después lo despedirían por el asunto Watergate). En México gobernaba Luis Echeverría, con su lema Arriba y Adelante. El 27 de enero se firmó el cese al fuego en Vietnam, y el 29 de marzo se retiraron de ese país las tropas estadounidenses, concluyendo así la participación yanqui en esa guerra que tan nefasta fue para ellos pues no la pudieron ganar, además de que fue cuestionado el “American Way of Life” por un intenso movimiento de rebelión por parte de los jóvenes de Estados Unidos en contra de su propio gobierno. Y es que se les estaba reclutando a la fuerza para que fueran a combatir a un pueblo campesino y pobre, el vietnamita, que ningún daño les había hecho.

La más famosa película de 1973 fue El exorcista, donde el Diablo aparece para dar a saber que las posesiones demoniacas no pertenecían sólo a los tiempos de Jesucristo, sino que eran plenamente actuales. Multitudes fueron a verla, no para divertirse sino para asustarse, como una catarsis que curase quién sabe qué traumas personales. No era para tanto, aunque la película era buena (de hecho, el libro espanta más), y hay escenas inolvidables, como aquella donde Linda Blair, la joven poseída, habla en una lengua que parece ser sumerio o arameo, vomita verde y voltea la cabeza como un títere. Sin embargo, confundir, como se hace ahí, a Pazuzu con Satanás, no hizo más que activar la vieja prédica clerical: todos los dioses son demonios, excepto el Dios de los hebreos y de los cristianos (y aun éste quién sabe).

Como dijimos, Donny Osmond y Davy Cassidy fueron los héroes musicales del momento, pero aún hubo buena música, por más que tenía uno que esforzarse para hallarla pues no la difundían tanto. Ya no había el grupo The Beatles, pero había cuatro ex Beatles, de modo que si antes comprábamos de ellos un disco (si acaso dos) por año, ahora con la separación tenían que ser cuatro discos anuales. En 1973 aparecieron los álbumes Mind Games de John Lennon, Red Rose Speedway de Paul McCartney, Living in the material world de George Harrison, y Ringo de Ringo Starr. Fueron producciones excelentes, de lo mejor en su carrera solista, pero ya no estaban hechas para un público general, sino sólo para quienes seguíamos siendo fieles a todo lo que hacían ellos, una vez que la Beatlemanía desapareció. De todos modos, canciones como “My love” (muy romántica, de Paul), “Give me love” (una obra maestra de George) y “Photograph” (de Ringo, la mejor de un álbum donde reunió a los Beatles, pero por separado: cantó una canción con John, dos con Paul y dos con George) lograron escalar altos sitios en el Hit Parade.

Y aunque poco se conocieron entonces, supimos de otros buenos discos, como el álbum de Pink Floyd The dark side of the moon (con su electrizante canción “Money”), el de Led Zeppelin Houses of the Holy (hermosa su portada), y el de los Rolling Stones Goat's head soup (que contenía la inmortal “Angie”). Pero todos estos logros, y otros más que hubo, se vieron hechos a un lado por la música más cursi que ha existido jamás. Claro, a la distancia de los años ese Kitsch hasta suena agradable hoy, pero en aquel momento fue aborrecible, es decir, para quienes habíamos conocido la Beatlemanía. Sin embargo, el autor de este texto reconoce que le gustaron las canciones del grupo Dawn “Tie a yellow ribbon round the old oak tree” y “Say has anybody seen my sweet gypsie rose”, y en especial las de Marie Osmond (“Paper roses”), la cual fue algo así como un amor imposible. Un poco de Kitsch no hace daño, quizá.

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