Ave Lamia Revista Cultural Ciudad de México Año I Número VIII Junio de 2013

 

Los sobrevivientes
Circe Moriel

Lot subió de Zoar y moró en el monte,
y sus dos hijas con él;
porque tuvo miedo de quedarse en Zoar,
y habitó en una cueva él y sus dos hijas.
Génesis 19:30

Aquella mañana, las dos jóvenes dejamos a nuestro padre dormido y salimos de la cueva para respirar los perfumes del desierto. No es verdad, como dicen los libros mendaces de los hebreos, que nosotras quedáramos preñadas una por una de nuestro padre. Ambas somos sodomitas; muchas veces, en la ciudad destruida, habíamos cohabitado juntas con uno o con varios hombres. Allá el amor era una copa inagotable de vino dulce; de día fermentaba en la oscuridad de las alcobas, mientras el olor de los machos se recrudecía voluptuosamente en los campos de trabajo. Y a la puesta de sol, una vez comidos y refrescados, subían ellos a los gineceos en busca de nosotras. El dios de Sodoma y de Gomorra era el placer. Las mujeres nos volvíamos sus sacerdotisas desde que éramos niñas. Y los varones se tocaban unos a otros sin esa repugnancia por los actos estériles que fingen otras razas. Todo el mundo, allá, poseía algo que introducir y algo dónde recibir el deseo de su hermano o de su hermana. Nunca, desde los tiempos de Adán, se vio en la tierra una totalidad semejante.

Así que las hijas de Lot no necesitábamos comportarnos como hebreas mojigatas. Es cierto que ofrecimos vino a nuestro padre, pero fue para celebrar el encuentro, no para volverlo inconsciente. ¿Cómo hubiéramos tenido nosotras algún placer con un hombre viejo y ahogado de borracho? Los tres bebimos juntos y con la misma lascivia: el patriarca y sus dos hijas. Bebimos sólo hasta que el vino nos hizo ruborizarnos de deseo, hasta que nos calentó las mejillas y nos aceitó los orificios. Para entonces ya estábamos desnudos. En la ciudad extinta de Sodoma, las hijas de Lot habíamos aprendido cómo se comparte un hombre entre dos muchachas. Y el viejo fue un gran discípulo. Con el brío de un adolescente, administró durante horas su falo, su lengua y los diez dedos de sus manos, de modo que en ningún instante sus hijas echáramos de menos los cariños paternos.
La verdad es que los tres nos deseábamos desde hacía tiempo. Con frecuencia nos bañábamos juntos, y más de una vez nuestro padre había visto cómo mi hermana y yo nos consolábamos recíprocamente por la falta de varones. Mi hermana era pequeña y tetona, y en su vientre limpio de vellos apenas se notaba el breve rasguño de la condición femenina. Yo, por el contrario, era delgada y morena, de pechos puntiagudos y linfas colgantes y amoratadas que sobresalían soberbias entre el vello púbico. Al besarme, el viejo recordó cómo desde que yo era niña me gustaba que mis padres me provocaran cosquillas dándome tironcillos en esa parte.

Sí, así comenzó el encuentro que habría de restaurar en el mundo la sucesión de nuestra simiente: con besos. Las manos de mi hermana andaban por todas partes en mi cuerpo y en el de mi padre. Mientras me besaba en la boca, a él comenzó a acariciarle el velludo pecho, tejiendo los pelos blancos, que eran inmensamente más abundantes que los negros.

—Ay, papá —gruñó mientras lo tumbaba sobre su espalda—. ¿Así estabas de rico cuando me hiciste?
Se le montó encima del pecho, le agarró la mano y, poniéndola en una de sus enormes tetas, la apretó de modo que mi padre pudiera llenarse con ella toda la palma.
—Tus manos sarmentosas y arrugadas se sienten tan bien —mientras restregaba su mojada hendedura contra el pecho de él, le tomó la otra mano y la colmó con su otra teta—. Tan rico...
Yo me hice a un lado para contemplarlos. Mi padre cerró los ojos y dejó que mi hermana hiciera cuanto quisiera.
—Ay, hija —gruñó él en algún momento—, déjame cogerte.
—Claro que sí, padre —ella se empaló sola en la maciza erección. Lo montó hasta que él ya no pudo aguantarse. Entonces arqueó la espalda y un chorro espeso le llenó a mi hermana el guardainfante.
Dejamos que nuestro padre recuperara las fuerzas con un poco más de vino y luego seguí yo. Las piernas se me doblaron de placer cuando sentí las dos bocas de mis parientes chupándome los senos. Los dientes frescos y húmedos de mi hermana y las encías desnudas y calientes de mi padre. Enredé con mis dedos los cabellos de cada uno, apretándolos más contra mí.

—Así, papá —gemía yo—. Así, hermanita.
—Qué rico sabe mi hija —gruñó mi padre.
—Deliciosa —le hizo eco mi hermana.

Un calor líquido manaba desde mis hinchados pezones hasta el hueco entre mis piernas. Me empapé la mano con los jugos sexuales de mi hermana y, así lubricada, cogí el pito de mi padre y me puse a untar la humedad fraterna en su hinchada erección.
—Lo tienes bien duro.

Sobé y apreté hasta que me di cuenta de que el viejo ya se iba a venir. Todavía quise tener algún placer y me metí su verga rápidamente. Estaba tan excitada que mi cuerpo casi la succionó. Pero demasiado pronto, el semen de mi padre me reventó dentro y se me vació todo. Él, como consentidor que había sido siempre, sintió que me debía algún deleite y se puso a apretarme los erectos pezones mientras restregaba en mi rajita su verga ya desinflada. Mi hermana le ayudó dedeándome el ano y así, entre los dos, lograron obsequiarme con un maravilloso orgasmo.

—¡Así! ¡Así! ¡No paren! —les gritaba. La espalda se me torció mientras me venía y durante varios días no pude agacharme. Nuestro padre quedó exhausto.

Papá, nunca había tenido un amante como tú, tan intenso y tan tierno. Hoy que no estás, recuerdo el olor almizclado, de bestia en madurez, que tenían los vellos de tu pecho, especialmente esos vellos blancos que se trenzaban con los pocos oscuros aquí y allá. Recuerdo el placer de tallar mi vientre sobre las cerdas de tu pubis, de frotar contra las mías tus piernas ásperas, de cuero agostado por el sol del desierto. Fue más de lo que nunca tuve mientras babeaba de impaciencia entre los torpes brazos de los jóvenes sodomitas. Ellos exhibían falos tersos como el cristal egipcio, empapados todavía con los fuertes olores de su primavera, pero yo sabía que la savia y el perfume de la flor se acendran cuando la edad trae el fruto. Y los jugos del tuyo fueron dulces y espesos y sabían fuerte, no a lánguidas gotas de lluvia fina.

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