Ave Lamia Revista Cultural Ciudad de México Año I Número VIII Junio de 2013

 

“Un fuerte castillo es nuestro Dios”
Luciano Pérez

La licenciada Aliciana era una mujer de buena fe. No sólo esto, sino de MUCHA fe, siempre en pos de ayudar a las personas. Y sin embargo, a toda la gente a la que ayudaba, por alguna razón o sinrazón, le llegaba el infortunio. Ella, una mujer de muy buenos sentimientos, todos los días leía las Sagradas Escrituras, y esta lectura procuraba proyectarla en sus subordinados, a los cuales solía prodigarles con su sabia plática un espíritu de solidaridad y de superación; y no obstante, todo salía mal. Y no por causa de Aliciana, a la que siempre le daban un puesto de jefa, sea en el gobierno o en la empresa privada, por sus aptitudes para hacer de los empleados gente de provecho. Pero esto último raras veces pasaba. Y en cada oficina a la que llegaba, colgaba en la pared, junto a su escritorio, un poster que la llenaba de fe y de esperanza, y probablemente de caridad.

Ese poster era una fotografía aérea del castillo de Neuschwanstein del rey Luis II de Baviera, lo cual es posible que Aliciana no lo supiera, pero lo importante es lo que para ella significaba, dado que arriba de la foto estaba inscrita una frase quizá de otro rey, David, procedente del título del Salmo 46: “Un fuerte castillo es nuestro Dios”, que a ella la llenaba de ánimo para cumplir las tareas del día. Si Aliciana hubiera sabido para qué se construyó este fuerte castillo que tenía ante su vista todos los días, la habría llenado de horror, y cuanto antes arrancaría el poster de la pared. Ese castillo que ella creía representaba la solidez y firmeza de Dios, fue construido para que se representasen las obras de Richard Wagner. Ella no veía con buenos ojos a los alemanes, que según su sentir de cristiana se dieron a la tarea de destruir lo que ella amaba tanto: la Palabra del Señor; esos alemanes que quisieron sustituir el culto a Jesús por el culto a un árbol, el de Odín. Y sin embargo, tuvo que reconocer ante uno de sus empleados que fue un alemán, Martín Lutero, quien hizo de la Biblia el modo de vida de los cristianos no católicos. Y Aliciana no cambiaba la Biblia por nada, vivía por ese libro por siempre y para siempre. Pero sus empleados, casi todos católicos papistas, no la comprendían.

Entonces, no sabía que en realidad estaba viendo el castillo del rey loco, para quien las palabras adecuadas para enmarcar el poster serían, sin lugar a dudas, “Un fuerte castillo es nuestro Wagner”. El caso es que ese Salmo 46 era el favorito de Aliciana, y todos los días lo repetía completo en voz baja, cuando iba en su auto trasladándose desde la lejana Naucalpan hasta Tlalpan; aquí se ubicaba su centro de trabajo, donde llevó la mala fortuna a sus empleados, sin quererlo, tal vez sin saberlo. O sin comprenderlo. Porque se hizo cómplice de un funesto régimen de acoso laboral implantado en esa oficina de gobierno donde laboraba.

Aliciana se empeñaba en lograr que sus empleados fueran felices en el trabajo, pero la jefa superior de todos, una tal subdirectora que en otra dimensión era conocida como la bruja del planeta Karina, en guerra constante contra los caballeros aztecas y vikings del reino de Tepis-Asgard, tuvo la convicción de que había que hacer infelices a los trabajadores pagándoles menos, haciéndolos trabajar más y más en cosas inútiles y en horarios más allá de lo establecido. Esa subdirectora hizo del estrés el arma que doblegaría a todos, y no obstante, Aliciana la adoraba, decía que era la Señora más buena del mundo entero, y que el Señor mismo la había nombrado en ese alto puesto. “Ella vela por nosotros, confiemos en ella”, trataba de convencer a los estresados empleados esta mujer de buena fe acerca de la subdirectora. Nadie le creía, pues eran evidentes los estragos que estaban ocurriendo en la oficina.

Los lacayos de esa jefa superior implantaron el terror. Ellos se llenaron de altos salarios y de privilegios, pero fueron implacables con los empleados. Aliciana no se dio cuenta de eso, o prefería no darse cuenta. La subdirectora lo era todo, junto con la Biblia. Y repetimos, Aliciana no era mala, al contrario, le daba discursos a la gente de la oficina acerca de cómo ser mejores empleados, honestos y eficientes. Pero ser algo así en un ambiente de espanto era imposible. Nadie podía lograr ser un buen trabajador, si el horario ya no era de ocho horas, sino de diez, de doce, de trece.

“¡Hay que superarse! … ¡Tú puedes! … ¡Lucha y lo conseguirás! …”, eran las frases insignes con las que la licenciada Aliciana pretendía animar a los empleados. Y éstos, indudablemente escépticos, la escuchaban, pero sabían que no eran más que frases vacías. La subdirectora y sus lacayos prodigaban el estrés por todos lados. Y a pesar de las evidencias de esto, la mujer de buena fe dijo que no era cierto, que la Señora era una santa, a quien Dios le había encomendado una empresa cultural de vasto alcance. Pero esto último no era verdad, y no podía serlo. Y cuando los despidos comenzaron, el castillo del poster empezó a derrumbarse. Quién sabe qué locura le dio a la subdirectora, que se afanó por despedir al personal por cualquier minucia que ella considerase gravísima afrenta. Que porque unas fotos que nunca existieron no aparecían, “queda usted despedido”; que porque no me besaste la mano el día de hoy, “quedas despedido”; así se manejaba la tal Señora. Y así, con cada despido, las torres del castillo de Neuschwanstein, que para la licenciada eran las del castillo de su Señor Dios, se fueron cayendo. Y como nada es para siempre, el imperio de la subdirectora llegó a su fin, y en el poster ya no había ningún castillo: sólo escombros. Y ni aun así Aliciana quiso abrir los ojos y reconocer la realidad.

La primera vez que se cayó una torre se lo dijeron todos: “Licenciada, ya no hay una torre en el castillo de su poster”, y fue cuando despidieron a la señora Pompeius. Aliciana se negó a ver el poster, dijo que la fortaleza de Dios era imbatible. Cuando despidieron al señor Peterson, otra torre cayó, y la licenciada tampoco quiso percatarse de eso. Y así con cada empleado que fue echado fuera, pedazo a pedazo del castillo erigido para Wagner por el rey de Baviera, se fue viniendo abajo, y hubo un momento en que ya no hubo nada. Sólo las palabras continuaron, completamente legibles, “Un fuerte castillo es nuestro Dios”, como una ironía del destino.

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