Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año I Número IX Julio de 2013

 

Corona de Cristo

Leticia Vásquez

Esta es la planta que más recuerdos me trae. Y es de mis favoritas, por su flor y por el color de ésta; por la forma de sus hojas, por su tamaño, por su tallo fuerte; pero más por sus espinas, grandes.

Recuerdo cuando tenía doce años, era Semana Santa, Viernes Santo. Viento, polvo, calor, la noche fresca, chacales, lentejas, pollo con garbanzos, torrejas de atún, tostadas de pescado, capirotada. No golpear, no gritar, no martillar.

Estaba contenta, cosiendo, cuando me vieron y fueron con el chisme. Después, “no, hoy no se cose”; hasta mi padre, que es un ateo, “no, mi hija, no hagas eso, deja de coser”, y todos en la casa murmuraban: “La Chole está cosiendo”. Hoy no se cose y yo no lo sabía, yo, tan inocente.

Me sentí mal y lloré mucho. Después me puse un shorticito, el que estaba bastillando.

Ese día, mi mamá y yo trajimos Corona de Cristo y Estrella de Belén. La Corona, aunque no estaba muy grande, ya traía espinas. Nos dijeron que crecería mucho y que la Estrella de Belén nunca se secaría y siempre tendría flor; aunque después, en el invierno, me di cuenta que no es así. En cuanto llegamos regué las flores, y cuando estaba regando los geranios, aproveché para tomar una ramita de la Corona de Cristo. Cerré mi puño para sentir dolor, así sentí que Él me perdonaba por haberlo lastimado.

Esa noche dormí con la Corona de Cristo a un lado de mi cama.

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