Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año I Número IX Julio de 2013

 

 

 

Orquesta Sinfónica Nacional programa 10
Tinta Rápida

Esta reseña tendría que hablar del gran concierto que ofreció el 26 de abril la Orquesta Sinfónica Nacional, en su programa 10 de la temporada 2013. Tendría que hablar de la Suite del ballet Panambí, de Alberto Ginastera, del Concierto para violín y orquesta en Re Mayor, de Piotr Ilich Tchaikovski, y de La noche de los mayas de Silvestre Revueltas. Por supuesto habría que mencionar alguna ficha de estos autores, tanto como de la atingente dirección de Carlos Miguel Prieto como director y la brillante interpretación del violinista israelí Vadim Gluzman.

Sin embargo, haciendo de lado las cuestiones técnicas del concierto, me voy a enfocar meramente al ámbito emotivo del mismo. Y el lector ha de perdonar que tampoco me centre en la emotiva sección de percusiones en el tercer movimiento: Noche de encantamiento de la obra de Revueltas. Debo decir, antes de renunciar a los comentarios formales de este programa, que fue un gran concierto, conocí una obra contemporánea muy interesante de Ginastera y recreé la famosa fantasía maya de Revueltas, siempre emotiva e intensa. En fin, una profunda noche musical.

Pero al igual que muchos de los asistentes, la atención estaba centrada en el magnífico Concierto para violín y orquesta de Tchaikovski, cuya fama es por demás evidente. No sé el entorno emotivo que tenían las personas del auditorio que esperaban con ansia esta obra, pero debo decir que el mío, amén de la euforia musical que me ocasiona preponderantemente el primer movimiento, Allegro moderato, es porque era la obra favorita de mi padre, y claro está que por él conocí y disfruté esta delicia musical.

Pasando la primera parte del programa, salió la bella concertino (¿se dirá concertina, según las reglas gramaticales feministas?), para escuchar el muy conocido “La” de todas las secciones de la orquesta. Y ya para cuando entró Vadim Gluzman con su violín en mano, la ambrosía de notas que iban a manar de su instrumento ya me hacían abrir apetito en la imaginación. Se hizo el silencio en la sala principal del Palacio de Bellas Artes, Carlos Miguel Prieto alzó sus manos y entonces emergieron las primeras notas de la sección de cuerdas y la emoción se posesionó de inmediato en la sala.

Y comenzaron a oírse los magistrales contrapuntos del famoso concierto de Tchaikovski, los primeros 50 segundos que avizoran el largo y sentido solo de violín, que hasta los seis minutos de la interpretación dará paso a la magnífica y espectacular entrada de la orquesta en su conjunto (cuerdas, alientos y percusiones en su esplendor), que nuevamente le cederá los honores al violín para una segunda explosión musical cuando se rondan los nueve minutos.

Todas las facultades técnicas que exige el concierto no le quitó en ningún momento protagonismo al sentimiento de Vadim Gluzman, quien se notaba entusiasmado desde los primeros acordes, como lo estuvimos los asistentes al concierto. Los aplausos por supuesto que rondaban el ambiente, la pregunta era obligada: ¿podrá el público contener el aplauso al término del movimiento? Sin embargo a mí sólo me ocupaba la emoción de escuchar el concierto que nunca pude oír en vivo con mi padre.
Lo lamentable es que el público en general aplaudió al término de este magnífico movimiento, no permitiendo la continuidad deseada para seguir con el concierto completo, que dicho sea de paso, si se le conoce bien, se verá que los dos movimientos que siguen, el Andante y el Allegro viviacissimo, no desmerecen, a pesar de la majestuosidad del Allegro Moderato que abre el concierto.

Si bien es cierto que la emoción estalla desde que los últimos acordes están preparando el final del primer movimiento, creo que se debería respetar la obra en su conjunto. Debo decir que aunque yo pude contenerme de aplaudir, no lo pude hacer con el llanto. La emoción fue total.

Tal vez por ello, Carlos Miguel Prieto decidió incluir La noche de los mayas como cerrojazo del programa, ya que se requería esa fuerza interpretativa para sacarnos de la mente la emoción del Concierto para violín y orquesta en Re Mayor de Tchaikovski, y que no bajara la emoción del público, que al final brindó sonora ovación a los participantes, incluida la formidable sección de percusiones que cerró este banquete musical.

Al final, cuando la sala estaba quedando silenciosa y los últimos asistentes estaban tornando a la calle, me levanté y me retiré, no sin antes despedirme de mi padre.

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