Ave Lamia Revista Cultural

Reserva de Derechos 04-2013-030514223300-203

Ciudad de México Año I Número IX Julio de 2013

 

 

 

Relato de una tarde lluviosa y ropa tendida

Mario Bravo

Aquella tarde recuerdas, cuando estallaba la guerra
refulgía mi ciudad. Aquella tarde fueron al cine,
hicieron el amor. Tú preguntaste:"¿no fumas demasiado?"
Yo quemaba el calendario y atrasaba tu reloj...
(Fragmento de “Aquella tarde”, canción de Ismael Serrano)

La ropa blanca hondeaba en el tendedero mientras el cielo se teñía de un color gris, que más se acercaba a ser negro, casi en el mismo tono en que ella percibía su vida en aquellos últimos días.

Cualquiera que asomara la nariz por alguna ventana, podría darse cuenta de que en pocos minutos una tormenta caería sobre aquella ciudad: la calle olía a tierra mojada, los pájaros huían a sus nidos, los perros buscaban un hotel de paso para sortear la futura noche, los automóviles encendían sus luces y ella recordaba que la ropa aún seguía tendida en el patio trasero.
Un rayo de repente ha iluminado el cielo, seguido de su infaltable estruendo, sin embargo, no es ese el ruido que ha estremecido a la habitante de la casa. Alguien tocó a la puerta y ella no espera visitas.

Alguien tocó a la puerta, era él. No sé si más viejo o más cansado, quizás aburrido de estar tan sin ella, quizás desesperado de arrancar tantas hojas al calendario y saberse lejos... tan lejos.

Ante la sorpresa ocasionada por la llegada del inesperado visitante, ella sólo atinó a abrir aún más sus ojos de luciérnaga y dirigirle a él una señal con las manos, anunciándole, casi suplicándole que no se quedara afuera, implorándole con la mirada para que ingresara a la casa.

Afuera está por caerse el cielo y aquí adentro están estos dos por colocarle estrellas al techo.

Ella a paso lento sirvió dos tazas de café, él apresurado cerró todas las ventanas que permanecían abiertas, como si quisiera atrancar sus vidas a piedra y lodo, temeroso quizás de que algún viento sople y lo pierda de nuevo en pleno naufragio, tal como el que vivió y murió hace unos años, aquel naufragio que lo dejó varado en la “Isla del olvido”, ahí adonde van a parar los viejos amores, los sueños no cumplidos y las promesas que todos solemos hacer.

Hoy no habrá naufragios ni mensajes urgentes escritos en arena de playa, sólo habrá desembarcos en la boca de ella y mensajes de alivio tatuados en las pieles de ambos.

Como en los viejos tiempos, bebieron café y platicaron del día: el de ella rutinario, en cambio el de él, resultó un poco más intenso… encontró por fin la balsa que lo alejó de aquella isla, no ubicada en ningún mapa de pirata ni reclamada por alguna nación poderosa.

En esta tarde, en la “Isla del olvido” han celebrado como nunca jamás lo han hecho sus habitantes, pues el olvido dio paso al recuerdo, y con ello al deseo, a la memoria, a la cartografía trazada por los amantes rumbo al lugar marcado con una “X”, aquel sitio en el cual ella no cenará sola y él no pensará cabizbajo y triste: “¿qué andará haciendo ahora?”

Afuera, las gotas de la lluvia caen desde hace veinte minutos, estrellándose contra humanos que corren para refugiarse como si de una guerra se tratara; mientras, aquí adentro la paz se firma con una taza de café y unas manos entrelazadas, a ratos bajo la mesa, a ratos sobre el mantel, entre las migajas que brotan del pan y los labios.

Al finalizar de beber el café, tanto las sombras de ellos, como ellos mismos en carne y hueso, recorrieron en el cuerpo del otro los sitios ya caminados en el pasado, le arrebataron las caricias al monopolio del olvido, libraron una Revolución, no de claveles ni de barbudos, sino de cuerpos que abandonaron sus trincheras y decidieron atacar sin darle cuartel al enemigo: cada beso perforaba las posiciones del ejército-cuerpo de enfrente, cada roce dinamitaba las barricadas del olvido-dolor, así hasta que los dos soldados que estaban en el frente de batalla, se encontraron y se reconocieron, experimentando el suave calor del fuego enemigo.

Cuando cayó la última gota de lluvia, la noche ya era día.
Ellos sostuvieron con ambas manos la bandera blanca que pedía –exigía– tregua, al tiempo en que ella recordó que la ropa aún seguía tendida en el patio trasero.

Con sus ochenta y tantos años encima, los dos caminaron hacia donde la ropa escurría lágrimas de lluvia, desapareciendo, perdidos ya para toda la vida o para toda la muerte, entre sábanas blancas, camisas y vestidos.

La ropa tendida quedó ahí hasta el día siguiente, secándose al sol.

Regresar