Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año I Número IX Julio de 2013

 

Siete demonios
en Magdala

Luciano Pérez

 

Siete demonios como siete enanos entraron en la ciudad de Magdala, para buscar a la mujer de cabellos larguísimos y rizados, y apoderarse de su cuerpo y de su mente. “Ella se llama María”, le dijo Doc a Feliz, y éste saltó de alegría; pero Gruñón no estaba contento y dijo: “¿Otra María? ¡Ya no, por favor!”, aunque Tímido no objetó nada, y Estornudo sólo se ocupaba de su propia nariz. Dormilón se durmió, y Tontín hizo varias piruetas. Doc ordenó: “¡Adelante, muchachos! Apoderémonos de la mujer”.

María ya no era blanca como la nieve, porque el sol de Galilea la había visto demasiado durante años. Cuando los enanos entraron dentro de ella, la gente de Magdala se asustó, pues la joven empezó a conducirse de manera extraña.

Como Doc, era soberbia; como Feliz, optimista en exceso; como Gruñón, se enojaba con facilidad; como Tímido, no quería ver a nadie; como Estornudo, no era posible acercársele; como Dormilón, ya no prestaba atención a nada; y como Tontín, hizo muchas tonterías. “Pobre mujer”, decía la gente , “los demonios hicieron presa de ella”.

Magdalena ya no podía estar en paz, porque siete fuerzas diabólicas en su interior la dominaban, siete fuerzas contradictorias que no la dejaban ser. Entonces algunas amistades le sugirieron que acudiese al hombre de Nazareth, el cual hacía milagros, especialmente el de echar fuera los diablos que trajera uno dentro.

María no lo pensó más y se fue a buscar al hombre milagroso. Los enanos se alarmaron. Doc le dijo a todos: “¡No permitamos que vaya con el mago!”, pero Feliz no vio que hubiera problema: “¿Qué nos puede hacer él?”. Gruñón dijo odiar al echador de diablos, “¿qué tiene contra mí?” Tímido no quiso hablar, le daba pena decir algo ; Estornudo nada más estornudó; Dormilón sólo bostezó; y Tontín se paró de cabeza y gruñó como un cerdo.

María estornudó, y el diablo, para no perder tiempo, dijo: “Soy Estornudo, ¡me voy!” Después, ella se adormeció, y Jesús echó fuera a Dormilón, ni le preguntó su nombre. Finalmente, Magdalena hizo ojos bizcos y sacó la lengua; el Señor sabía que ese enano no podía hablar, así que le dijo: “Tontín, vete ya”.
María de Magdala despertó como de un largo sueño, y le preguntó a Jesús: “¿Se fueron?”, y Él respondió: “Sí, se han ido y no volverán más”. Ella quedó muy relajada y el Señor muy fatigado.

María corrió a encontrar al Señor, antes de que los demonios impidiesen su intención de curarse. Llegó ante Él, y en ese momento los enanos actuaron, de modo que Jesús tuvo que enfrentarlos de a uno por uno.

Primero, Magdalena dijo ser muy sabia en todo y que no necesitaba maestro alguno: “sé más que tú, mago, porque soy más viejo”. Jesús no se intimidó y le dio la orden: “Dime tu nombre y vete”, y el demonio dijo: “Me llamo Doc, ¡adiós, amigos!” Luego, la mujer se echó a reír, diciendo: “Nunca me sentí mejor que en esta vida, ¡la prefiero a cualquier otra!” El hombre milagroso, con severidad, le dijo: “¡Di tu nombre y te vas!”, y el diablillo obedeció: “Soy Feliz, ¡nunca dejen de sonreír!” A continuación, María se puso furiosa: “¿Qué tengo que ver contigo, Jesús? No uso reloj, para que mi hora no llegue”. Con paciencia, el Hijo del Hombre lo invitó a salir: “Di tu nombre, por favor, y vete”. El enano dijo: “¡Me lleva el Diablo! ¡Soy Gruñón!”

Los siguientes cuatro demonios fueron más fáciles de sacar. Magdalena bajó la mirada y ya no quiso hablar; el Señor le dijo: “Di cómo te llamas, y adiós”, y el enano, con voz muy baja, dijo: “Soy (muy) Tímido”, y se fue.

María le dio las gracias: “Maestro, te agradezco por lo que has hecho conmigo al liberarme. Sólo hay algo que me preocupa, que la gente piense que porque tuve siete enanos dentro de mí, fui una mujer pecadora”. Jesús le dijo: “En verdad te digo, llegará el tiempo en que a todas las pecadoras se les llamara Magdalenas, y por eso llorarán mucho”.

Ella protestó: “¡No quiero tener que ver con nada de eso!”, y Él le dijo: “Tómalo con calma. Después de todo, es algo así como el precio por haberte librado de los siete demonios. Además, serás mi discípula, me verás resucitado, luego vivirás en una cueva, y se dirá que fuimos marido y mujer”.

María le preguntó: “¿Lo seremos?” Y el Señor, que nunca sonreía, casi lo hizo al responder:

“El matrimonio es un diablo enano peor que los siete que te saqué”. Y ella le dijo: “Los enanos no eran tan malos, sólo demasiado traviesos”.

Él le preguntó: “¿Prefieres que te los regrese?” Y ella respondió: “Sí, pero con el octavo que mencionaste”. Ambos rieron y se fueron juntos.

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