Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año I Número IX Julio de 2013

 

Sylvia Plath
(1932-1963)

Norma Elsa Pérez

Sylvia Plath nació el 27 de octubre de 1932 en Boston, Massachusetts. Fue la primera hija de Otto Plath, un profesor de entomología, especializado en abejas, de la Universidad de Boston, y de Aurelia Schober, que fue su alumna, una profesora de inglés y alemán en una escuela secundaria.

En Sylvia se despertó desde muy joven la inquietud por la literatura. Su niñez transcurre muy feliz, hasta que llegó su primer encuentro con la muerte, cuando fallece su padre el 5 de noviembre de 1940; fue una pérdida que nunca pudo superar, y a partir de ahí sintió una fuerte inseguridad por su propia existencia.

En 1950 ingresó al Smith College, donde fue una estudiante muy destacada. Perteneció a los consejos y comités estudiantiles de dicha escuela, y escribió también para revistas y periódicos.

Si su vida intelectual resultó muy productiva, la emocional fue más bien solitaria. Su segundo encuentro con la Señora de la Muerte, aunque fallido, se dio en 1953 cuando intentó suicidarse, pero su madre la salvó llevándola al hospital. Y desde entonces, la futura autora de “Lady Lazarus” se encontró a sí misma, y se puso a escribir poemas referentes a la muerte.

Tiempo después, y recuperada de su depresión, obtiene una beca para ir a Cambridge, en Inglaterra, para especializarse en literatura. Ahí fue donde conoció a Ted Hughes, un poeta extraordinario, del cual se enamora y con el que se casa en junio de 1956. Por él dejó su vida profesional, para entrar de lleno en la marital y maternal; ésta, una vida llena de insatisfacciones. Y mientras Hughes ganaba premios, reconocimientos y buenas críticas para su obra, Sylvia se eclipsaba, aunque no por eso dejó de escribir.

Sin embargo, hay personas que no nacen para una vida marital ni para atarse a las obligaciones para con una familia, y Sylvia fue una de ellas. Esa fue, por tanto, otra etapa depresiva para ella, y fue precisamente cuando escribió sus mejores poemas, cargados éstos de melancolía, soledad y angustia, llenos de ira y también de esperanza.

Se trató de un periodo difícil, porque además se enteró de la infidelidad de su marido, quien al poco tiempo la deja. Entonces, Sylvia se quedó sola con sus dos hijos, Frieda y Nicholas, en Devon, continuando su vida sin Ted.

En 1962 se muda a Londres, en medio del peor de los inviernos, y su poesía se vuelve más existencial, más doliente. Así fue como dio a luz su novela autobiográfica The Bell Jar (“La campana de cristal”). Y a un mes de ser publicada ésta, Sylvia Plath, la verdadera Lady Lazarus, abandona la vida para vivir en la muerte, suicidándose el 11 de febrero de 1963.

Nos dejó una obra de extraordinaria y melancólica belleza, que abriría caminos diferentes para la poesía, y no sólo para la escrita por mujeres. Para entender la obra de la Plath, yo misma tuve que morir, para retornar desde la muerte y abrazar a Lady Lazarus...

Entre sus libros destacan Ariel, que fue su primer libro de poemas publicado después de morir, en 1965, y por el cual se le concedió el Premio Pulitzer en 1982, ¡a veinte años de que murió! The Colossus fue publicado en 1960 en Inglaterra. La ya mencionada novela The Bell Jar apareció en 1963. Crossing the Water es de 1971. Hay un volumen de cartas a su madre, Letters Home, que se publicó en 1975, y otro que contiene cuentos y diversos textos en prosa, Johnny Panic and the Bible of Dreams, aparecido en 1979.

A continuación damos una versión al español de uno de los poemas más característicos y significativos de Sylvia Plath, el que posiblemente da la clave de su vida y de su obra, “Lady Lazarus”.


Lady Lazarus

Lo hice otra vez.
Un año de cada diez
sé manejarlo -

Algo como un milagro andante, mi piel
brilla como una pantalla de lámpara nazi
mi pie derecho

un pisapapeles,
mi cara sin facciones, finas
líneas judías.

Arranca la servilleta
oh mi enemigo.
¿Doy miedo? -

¿La nariz, las cuencas de los ojos, la dentadura completa?
El aliento agrio
se irá en un día.

Luego, luego la carne
la tumba, la cueva, corrompida será
un hogar para mí

y yo una mujer sonriente.
Tengo sólo treinta.
Y como el gato tengo nueve veces para morir.

Esta será la número tres.
Qué desperdicio
aniquilar cada década.

Qué millón de filamentos.
La multitud crujidora de cacahuates
se empuja para ver

desenvolverme mano y pie -
El gran strip-tease.
Caballeros, damas

éstas son mis manos
mis rodillas.
Puedo ser piel y hueso,

no obstante, soy la misma, la idéntica mujer.
La primera vez pasó cuando tenía diez.
Fue un accidente.

La segunda vez quise
que durara y no regresar ya.
Me moví toda

como una concha marina.
Tuvieron que llamar y llamar
y quitarme los gusanos como si fueran perlas viscosas.

Morir
es un arte, como cualquier otro.
Lo hago excepcionalmente bien.

Lo hago para que se sienta como infierno.
Lo hago para que se sienta real.
Creo que puedes decir que tengo un llamado.

Es suficiente y fácil hacerlo en una celda.
Es suficiente y fácil hacerlo y quedarse quieta.
Es el teatral

regreso en pleno día
al mismo lugar, la misma cara, el mismo brutal
y divertido grito:

“¡Un milagro!”
que me tira.
Hay un precio

para ver mis cicatrices, hay un precio
para escuchar mi corazón -
realmente lo hay.

Y hay un precio, un precio muy alto
por una palabra o por tocar
o por un poco de sangre

o un pedazo de mi cabello o de mis ropas.
Así, así, Señor Doctor.
Así, Señor Enemigo.

Soy tu obra,
soy tu joya,
la nena de oro puro

que se derrite ante un chillido.
Me volteo y ardo.
No creas que subestimo tu gran preocupación.


Ceniza, ceniza -
Tú mueves y remueves.
Carne, hueso, no hay nada ahí -

Una barra de jabón,
un anillo de bodas,
un relleno de oro.

Señor Dios, Señor Lucifer
cuidado
cuidado.

Fuera de la ceniza
me levanto con mi pelo rojo
y me como hombres como aire.

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