Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año I Número X Agosto de 2013

 

El Convenio
Leticia Vázquez

— Si quiere cualquier cosa, no hay como venderle su alma al diablo.

Siguió pensando en las palabras de su compadre durante el juego de conquián. Todo fue un decir, una broma, un momento de alboroto y ocurrencias. Aún así, no dejaba de pensar en la posibilidad. Incluso no durmió bien en su casa, que era de cinco cuartos en uno, divididos por una tabla delgada dos, y separados por una cortina tres.

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— Oiga, ¿y tiene que ser mi alma? —, le consultó al compadre.

— ¿Qué? ¿Tiene urgencia de negocios?, pues el caso es que tiene que dar algo a cambio. No creo en eso, pero sé que uno tiene que andarse con cuidado con esos convenios.

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La hija, niña aún. Delgada pero con sus formas de mujer recién aparecida, grácil, cabello lacio y corto, negrísimo, una cara fresca con facciones resaltadas por el color níveo de su tez.

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— Le daré a mi hija.

— ¿A quién, a mi ahijada?

— Sí…es mujer, no iba a darle un hombrecito.

— Pero es de ayuda, ¿no cree? Y tan bonita.

— De qué nos sirve si no le sacamos provecho, es más, ya hablé con mi mujer y sí, está de acuerdo. Mire, vamos a verla, ya ha de estar dormida.

Entran, corren una de las cortinas que separan los seudo cuartos. La muchacha descansa sobre una colcha, la cubre una sábana. Se ve su cuello, un exquisito brazo y su cabello negro.

El padrino, defensor de ella; pero aprovechado y oportunista, ahora saca lo puerco. — Oiga; pero en una muchacha se necesitan ciertos requisitos, tiene que dejar de ser buena.

— Pero ¿cuál es el problema con eso, qué no un alma pura es mejor?- analiza el padre.

— No, a él no le importa eso, aparte las almas puras no son de él.

— Y ¿cómo le hago? Yo no podría…

— Pues si usted me deja, sólo será por hacerle el favor a usted, no piense mal. Y después de eso se la lleva al cruce de caminos, lo invoca y le dice el trato. Ahí mismo lo firma y todo.

— Tiene razón, cuanto antes mejor.

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Sale. Padrino y ahijada se quedan solos.

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