Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año I Número X Agosto de 2013

 

La precisión de la palabra: un minicuento de Juan José Arreola
Alejandra Silva

La minificción tiene como característica la exposición de una historia completa con la menor cantidad de palabras posible. Julio Torri, Augusto Monterroso y Juan José Arreola son considerados autores canónicos de este género literario. En este texto se abordará precisamente la minihistoria titulada Cuento de horror de Juan José Arreola, una narración que contiene todas las características de los cuentos clásicos y que reúne estrategias narrativas de las historias de horror y de amor. Todo esto lo logra en tan sólo dos líneas, como se verá a continuación en la cita completa del microcuento:

Cuento de horror
La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy
el lugar de las apariciones. *

* ZAVALA, Lauro (antologador) (2003) Minificción mexicana, México: UNAM, Antologías literarias del Siglo XX, número 4.

Ya desde el título se indica que la narración se ceñirá a la tradición de los cuentos de horror, en donde los seres y hechos sobrenaturales tienen protagonismo y el ambiente provoca miedo e incertidumbre. Según lo que señala el título, estos elementos serán centrales en esta microficción. La primera oración del cuento continúa con esta línea temática: aparece como personaje la mujer que el narrador amó, y dado que se habla de ella en tiempo pasado, se puede inferir su ausencia en el tiempo presente. La desaparición de la mujer toma relevancia si se toma en cuenta el título del cuento: las razones por las cuales la mujer no se encuentra ya presente en la vida del narrador son múltiples, pero la muerte es la hipótesis más sólida cuando se afirma que ahora es un fantasma.

El personaje espectral tiene, paradójicamente, una caracterización compleja en la medida en que se define a partir de lo que ya no es. Esto la hace un sujeto misterioso, que sobrevive en la memoria y en la percepción de quien puede ser testigo de su estado fantasmagórico. Por otro lado, las razones y circunstancias de la muerte de este personaje no se asientan en el cuento, por lo que da lugar a las suposiciones que al respecto haga el lector.

Estos dos elementos se conjugarán para conformar el ambiente enigmático que caracteriza las narraciones de horror, pero también emerge la violencia como un posible elemento de esta narración, ya que el asesinato se cuenta entre los motivos por los cuales la mujer dejó de existir físicamente para convertirse en fantasma.
El suspenso de la narración consiste pues en suponer las razones por las cuales la mujer se ha convertido en fantasma: cómo murió, y en todo caso en manos de quién y cuál fue el móvil. El narrador –intradiegético y protagonista– tiene la capacidad de conocer lo que le pasa a la mujer aún después de su muerte puesto que afirma su condición espectral, y se puede suponer que mantiene algún tipo de comunicación con ella a pesar del impedimento que su ausencia física le imponga. La posibilidad de que él mismo la haya asesinado sigue vigente, y eso reafirmaría el horror en el cuento.

Es importante resaltar que la voz narrativa confiesa haber tenido un sentimiento amoroso hacia el personaje femenino, y sobre todo el hecho de que relaciona su afecto con la presencia física de la mujer. Al desaparecer ella, el amor es tiempo pasado. Por otro lado, no se especifica si el sentimiento era correspondido o no, por lo que se abre una nueva línea de conjeturas acerca de las razones por las cuales la mujer se ha convertido en fantasma.

El narrador delinea en sólo un enunciado su posición espacio-temporal en el cuento: está hablando desde un tiempo presente y un espacio definido, que es la condición contraria a la del personaje femenino, que vaga por espacios y tiempos difusos y caóticos. A partir de esta contraposición el lector puede identificar el espacio y el tiempo de la narración, las características del personaje femenino, las del narrador-personaje, y tiene una amplia posibilidad de conjeturas respecto al pasado de la pareja. A pesar de que no se describen profusamente estos elementos, se infieren a partir de lo que se narra brevemente, pero sobre todo de lo que se omite, por oposición.
La segunda parte del texto no sólo resuelve las suposiciones que ha hecho el lector, sino que cambia el tono del cuento de horror para convertirlo en una historia de amor, pues la condición espectral del personaje femenino es una metáfora que utiliza el narrador para indicar que la presencia de la amada es en realidad una compenetración total con él, ya que el narrador es el lugar de las apariciones. El tono con que esto es expresado es intimista y de satisfacción, no de miedo, por lo que discrepa de los cuentos de horror tradicionales. El cuento, por tanto, no refleja horror sino nostalgia y reflexión.

La metáfora utilizada revela su efectividad, pues al inmaterializar al personaje amado, el narrador puede manipular su esencia de acuerdo a su deseo, y pensarla y recordarla y asimilarse con ella en alma y cuerpo. La comparación ha adquirido característica de hipérbole; si el narrador es el lugar de las apariciones, el fantasma vive en él, y el narrador a su vez puede considerarse la materialización del espectro femenino.
La fusión del fantasma y del narrador conlleva también la de los diferentes espacios definidos que ocupaban ambos hasta el término de la primera oración, y de igual forma se confunden el tiempo presente y definido del narrador con el caótico y disperso del personaje femenino. De esta manera todos los elementos narrativos se funden en una sola esencia: la mujer amada.
La microficción Cuento de horror, de Juan José Arreola, presenta todos los elementos narrativos que componen no solamente los cuentos tradicionales, sino las novelas consagradas. El lector está ante un texto que semánticamente es completo y autorreferencial; todo lo que caracteriza a una obra literaria de largo aliento se encuentra plasmado en sólo dos líneas.

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