Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año I Número X Agosto de 2013

 

Las diez mil Marías del mar
Luciano Pérez

España es sagrada, misteriosa, y cuenta con un total de diez mil Vírgenes Marías a lo largo de su territorio. Cada ciudad, pueblo, aldea, barrio, tiene su propia Virgen. Y todas son María, así la mentalidad protestante escrutadora de la Biblia se empeñe en no entender por qué tantas son Una sola, o cómo Una sola puede ser tantas.

La española Carmen Marisa, con doce años de edad, le tenía suma devoción a la Virgen Santísima. Demasiada, como le dijo su madre, reprendiéndola por su excesivo apego a la Señora. Pero a la chica no le importaba lo que le dijeran, ni siquiera si eran los curas mismos quienes le llamaban la atención. Es que, le decían ellos, “está bien lo que haces, niña, pero no pareces tomar en cuenta a Su Hijo, a Cristo bendito. No vemos que sientas por Él ese amor que le dedicas tanto a Su madre”. Le ordenaron que le rezase más a Jesús, pero Carmen Marisa no lo haría, porque para ella la Virgen lo era todo. Es más, la Virgen, y no Dios, para Carmen Marisa, fue la creadora de todas las cosas. “En el principio creó María los cielos y la tierra”, pensaba la chica en su corazón.

Apenas entraba a la iglesia, sus pasos iban directos hacia donde se exponía la imagen de Ella. O de Ellas, pues iba de una a otra, de la Virgen de la Covadonga a la Macarena, de la del Pilar a la de Montserrat, rindiéndoles dedicada y amorosa pleitesía. No rezaba nunca el Padre Nuestro, sino que el Ave María y el Salve Regina eran sus únicas oraciones. Además de algo que sólo ella conocía, y comenzaba así: “Madre Nuestra, que estás en los cielos, santificada seas por tu nombre...” Y apenas llegaba a casa, de la escuela o de otro lado, ¿qué hacía Carmen Marisa? Ir al rincón donde estaba la imagen de la Inmaculada Concepción, la de Murillo, la mejor porque no tiene Niño; se hincaba ante Ella y oraba con fervor.

Las monedas que le daba su padre como recompensa por su aplicación escolar, las invertía en comprar estampas de la Virgen. Ya contaba con una nutrida colección, y logró su meta de tener a todas las Vírgenes de España, a las diez mil maravillosas Señoras de Asturias, Extremadura, Cataluña, Andalucía, las Islas Canarias. Las guardó en una gran caja, que solía tener debajo de su cama, siempre a la mano para poder solazarse con la contemplación de sus preciadas piezas marianas en el momento en que lo desease.

Y entonces un día, cuando oyó platicar a sus padres acerca de emigrar a México, sintió mucho entusiasmo, pues vio en ello la oportunidad para hacerse de otras muchas Vírgenes más, pues aquel país estaba también, como España, lleno de Ellas. Carmen Marisa se había enterado de que allá existían la Guadalupana, la de Zapopan, la de San Juan de los Lagos, la de los Remedios; y se dio cuenta que no sólo estarían a su alcance las Señoras mexicanas, sino también las de Cuba, Venezuela, Bolivia, Argentina…Se quedó extasiada, con la mirada perdida en el techo, y entonces su madre le dio un golpe en la cabeza, diciéndole: “¡Déjate ya de estar como Babieca! Prepara tu equipaje, pues en unos días más nos vamos a México, que tu padre va a poner allá un negocio”.

Y así fue como Carmen Marisa y sus padres, a la semana siguiente, subieron al barco que los llevaría hacia una nueva vida; ella, muy contenta, no soltaba su gran caja de estampas de la Virgen. La nave partió de la costa española, para cruzar el Atlántico y dirigirse hacia lo que fue la Nueva España y ahora era México. La chica pensaba en sus futuras Vírgenes. Necesitaría otra caja, una caja más grande aún, o varias cajas, pues la actual apenas podía ser abrazada por Carmen Marisa.

Entonces fue que su madre, muy disgustada, se le acercó y le dijo: “¿Por qué trajiste ese estorbo?” Se refería, claro está, a la caja que contenía las diez mil Vírgenes de España. Su hija le contestó: “Son retratos de María Santísima, madre”. Pero la madre fue ruda: “¡Qué retratos ni qué nada! ¡No quiero basura en mi nueva casa!” Y con gran rapidez le arrebató de los brazos la caja a la niña, y la tiró al océano; las diez mil estampas se desparramaron por el mar. Flotaban todas ellas, mojándose, para gran dolor de Carmen Marisa, quien por un momento se quedó petrificada viendo al agua. Pero luego reaccionó y se arrojó al Atlántico para salvar sus preciadas imágenes. Ni lloró siquiera, sino que se lanzó al rescate de su adorada Virgen, de las Vírgenes, de las diez mil Marías en el mar.

Y fue entonces que de las estampas, como sirenas, brotaron hermosos rostros que asomaban del océano, para desplegar sus cabellos, sus mantos y también sus sonrisas. Las sirenas, como lo señala la tradición homérica, no son peces, sino aves. Las aves pescan en el mar, y fue así como pescaron a Carmen Marisa, para salvarla de la muerte, quien ya la aguardaba para ahogarla cuanto antes. Pero las Vírgenes, con sus brazos y manos divinas, sacaron del mar a la niña y la levantaron hacia el cielo. Diez mil Aves Marías volaban por el aire, ascendiendo al cielo, llevando a quien tanto las amaba hacia un lugar más allá del mundo.

Diez mil Aves Marías brillaban entre las nubes desafiando al sol, ante los ojos asombrados de los pasajeros y la tripulación del barco español, que no podían creer el milagro que tenían ante su vista. Y las diez mil aves junto con la niña desaparecieron en lo más alto, para no ser vistas nunca más, salvo en los sueños de quienes aman a Nuestra Señora.

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