Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año I Número X Agosto de 2013

 

Las migas
Luciano Pérez

1913, hace cien años, fue trágico para México. Fue el año del golpe de Estado que dio en la ciudad capital el general Victoriano Huerta, briago famoso, para derrocar al presidente Francisco I. Madero, espiritista ilustre. La Ciudadela y sus alrededores se convirtieron en escenario de cruentas batallas callejeras entre leales y rebeldes, que muchos años después aún recordaban con horror nuestros abuelos: “Había muertos por todos lados, y los quemaban ahí donde estuvieran, y entre las llamas como que los cadáveres se levantaban y querían salirse de ahí”.

Época difícil, y por lo tanto también de escasez, y los que más sufrían, como hasta la fecha, eran los que menos tenían. Y éstos habitaban en los barrios bajos alejados del centro de la ciudad, no tan alejados desde el punto de vista geográfico, pues en algunos casos se hallaban a sólo una cuantas cuadras del Zócalo, pero sí en un sentido de distancia socio-económica. Como Tepito, el barrio por excelencia, temido por sus léperos y hampones, que desde la Colonia causaban horror entre los citadinos de las clases acomodadas y las de otras no tanto.

Fue pues en los barrios donde el hambre propiciada por el conflicto hoy conocido como la Decena Trágica (por los diez días de combates durante el mencionado levantamiento huertista) fue grande. En Tepito algo tenía que hacerse para comer. Entonces a unas señoras de ahí, comadres ellas, se les ocurrió inventar algo así como un platillo de emergencia, cuyo costo fuera mínimo y llenase de energía al cuerpo a lo largo de todo el día; es decir, una comida diseñada para ser prácticamente la única por 24 horas, pero tan llenadora que fuese suficiente para aguantar hasta el siguiente día. Es una lástima que no se conozcan los nombres de estas dos mujeres, pues crearon el que a lo largo del tiempo se convirtió en el platillo tepiteño clásico: las migas.

Hoy decir migas es decir Tepito y también Colonia Morelos. El primero, que existió originalmente como pueblo aledaño a la ciudad de Tenochtitlán y luego a la capital de Nueva España, y que se le dio estatus de barrio ya durante el siglo XIX, es uno de los más antiguos sitios del Anáhuac. Fue ahí donde el último tlatoani Cuauhtémoc se rindió a los españoles. Siempre fue habitado por gente marginada, y a partir de 1884 se le integró dentro de una nueva colonia a la que se le puso el nombre del héroe Morelos. Esto así porque la estatua de éste, traída desde Italia por el emperador Maximiliano como un regalo para el pueblo mexicano, fue colocada en Tepito (alguna vez estuvo afuera del Palacio de los Azulejos). Y ahí está hoy, en Avenida del Trabajo, en el sitio exacto donde termina el Tepito tradicional e inicia lo que en realidad es una extensión del mismo, la Morelos. Y ésta no sólo se tragó al barrio, sino a otras tres colonias de efímera existencia: la Violante, la Díaz de León, y la de la Bolsa. La Morelos es pues una de las colonias más grandes del Distrito Federal, y abarca de oeste a este de la calle de Jesús Carranza (que linda con Peralvillo) hasta la Avenida Eduardo Molina, y de norte a sur desde Canal del Norte hasta el Eje 1 Norte, antes Alhóndiga de Granaditas (la frontera precisa entre Tepito y el Centro), para terminar en la esquina de Ferrocarril de Cintura y San Antonio Tomatlán.

No hay ninguna diferencia entre Tepito y la Morelos, es la misma gente, las mismas costumbres e iguales oficios (y mañas), y por lo tanto en ambos sitios se comen las migas, y hay polémica sobre cuáles son mejores, si las del barrio o las de la colonia. Las migas son un caldo rojo hecho con migajas de pan (de ahí el nombre), contiene varios chiles, jitomate, ajo, cebolla, trozos de huevo y longaniza, y se incluyen huesos de cerdo. Se le echa limón y orégano al gusto, y aún es posible agregarle chile piquín. Pica mucho, y es necesario tener a la mano suficientes jarros de café negro fuerte.

La intención de las comadres al crear este fuerte platillo, como ya dijimos, fue la de hacerle frente al hambre. Una vez concluida la Decena Trágica, y otros hechos revolucionarios, las migas se convirtieron en un magnífico remedio contra los efectos de la “cruda” de la noche anterior, así que desde entonces es tradicional consumirlas los sábados, domingos y lunes durante la mañana, para que sude uno bastante y salga todo lo malo que el alcohol dejó en el cuerpo. Y como Tepito ha sido siempre un lugar donde los borrachos abundan, ese platillo fue toda una bendición. Hay muchos lugares donde consumirlas, a lo largo del barrio y de la colonia existen muchas vecindades donde se colocan puestos que venden migas, en plena calle, con todo el ambiente propicio alrededor: perros, “teporochos”, música ruidosa, basura, comercio ambulante, gente que va y viene.

Con las migas se fortalece el ánimo, pues no es necesario estar briago para comerlas, por sí mismas son una delicia. Con ellas dan ganas de seguir adelante en lo que sea, pues las señoras que las inventaron sabían que la gente de abajo necesita ser levantada, y qué mejor que a través de algo tan suculento, tan propio de lo que es popular y mexicano por siempre y para siempre.

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