Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año I Número X Agosto de 2013

 

Rescoldos de un Paseo: Bucareli
Tinta Rápida

Para pasear por la calle de Bucareli es necesario echar mano de la memoria o de la imaginación. Si el visitante se deja llevar por la apariencia de esta descuidada avenida, nunca se imaginaría el destino que le había designado el Virrey de la Nueva España, Don Antonio María de Bucareli y Ursúa, quien hace 235 años (específicamente en 1778), en un plan de modernización le otorga el nombre de Paseo de Bucareli o Paseo Nuevo. Este virrey ordenó que dicho paseo fuera dotado de dos hileras de árboles a cada lado de la vía para el goce de los paseantes.

Siendo uno de los paseos más famosos desde su creación y todavía hasta casi la mitad del siglo XX, hay que ver algunos restos que nos definen el abolengo de que gozó años atrás. Hoy, con casi todos los negocios abandonados y grafiteados, casas en mal estado y olores escatológicos en varios de sus tramos, es difícil imaginar el porqué de los buenos comentarios que de este paseo hizo Madame Calderón de la Barca en su libro La vida en México:
"Ayer, por ser día de fiesta, el Paseo estaba lleno de carruajes y, en consecuencia, mucho más brillante y divertido que nunca. Este Paseo es el Prado mexicano o el Hyde-Park... El Paseo llamado de Bucareli, que toma su nombre de un virrey, es una larga y ancha avenida orlada con los árboles que él mismo plantó, y en donde se halla una fuente grande de piedra, cuyas centelleantes aguas se asemejan frescas y deliciosas, y que remata una dorada estatua de la Victoria. Aquí, cada tarde, pero de preferencia los domingos y días de fiesta, estos últimos no tienen fin, se pueden ver dos largas filas de carruajes llenos de señoras, multitud de caballeros montando a caballo entre el espacio que dejan los coches, soldados de trecho en trecho, que cuidan el orden y una muchedumbre de gente del pueblo y de léperos, mezclados con algunos caballeros que se pasean a pie... Este Paseo goza de una hermosa vista de las montañas..."

Muy lejos quedaron aquellos años festivos de este otrora paseo y hoy simplemente calle, que a lo largo de su extensión contaba con tres grandes glorietas coronadas con una fuente, de las que se dice que dos eran obra de Manuel Tolsá. La más grande y hermosa se ubicaba en donde hoy se encuentra el reloj chino, ya mencionada por Madame Calderón de la Barca: la cual tenía una estatua dorada de la Victoria, obra del afamado Lorenzo de la Hidalga.

Los rescoldos de su esplendor pertenecen a sus últimos años de gloria, es decir de inicios del siglo pasado. Así podemos ver edificios que no por su descuido dejan de ver la belleza de su arquitectura. Tal es el caso del Edificio Gaona, que fue una construcción solicitada por el famoso matador Rodolfo Gaona, “El califa de León”, al arquitecto Manuel Torres Torija en el año de 1923 bajo los dictados del neocolonialismo y que se encuentra haciendo esquina con la calle Emilio Dondé, justo enfrente del Reloj Chino. Es uno de los edificios de la ciudad que todavía les tocó tener nombre propio. Y aunque para unos es un edificio un tanto recargado y de poco gusto (por su exótica mezcla de tezontle y azulejo), es indudable que conserva vestigios de arquitectura de principios del siglo XX, al que coronan unas marquesinas con los escudos de diferentes estados de la República Mexicana. A un costado de la entrada de este edificio se encuentra la tienda de magia más longeva de la ciudad y se dice que la primera de Latinoamérica, desde hace más de 50 años es atendida por el Mago Champs; y aunque Harry Potter no venga aquí a comprar sus varitas mágicas, vale la pena pasar a visitar la tienda que además ofrece bromas y disfraces.

A unos metros del ya mencionado Reloj Chino, sobre la calle de Atenas número 9, se encuentra el que fue el mayor centro nocturno de la ciudad desde 1938 y hasta 1994: El Patio. Lugar donde los cantantes nacionales e internacionales más renombrados se presentaron. Era un lugar sin duda de gran reputación, pero que para el espectador resultaba incómodo, con malos tratos y una cena sin gran chiste (al menos eso me tocó a mí en la década de los 80´s), cuyo éxito eran los espectáculos que ahí se presentaban, motivo principal por el que se llenaba el lugar. Aún se encuentra la construcción, pero cerrado al parecer de manera permanente. La decadencia de Bucareli, dicen los dueños, también alcanzó a este famoso centro nocturno.

Enfrente del Edificio Gaona se encuentra lo que fuera el Palacio Cobián, que hoy alberga a la Secretaría de Gobernación. Este edificio, construido en 1902 para el comerciante y algodonero Feliciano Cobián, en 1909 pasó a manos del Gobierno debido a un fuerte problema de adeudos y compromisos tributarios por parte de su dueño. Antes de transformarse en sede de la Secretaría que hoy alberga, en ese año 1909 fue provisionalmente la Embajada de los Estados Unidos. Una parábola sin duda curiosa el hecho de que en la sede del poder político federal mexicano, hayan estado las oficinas de la legación americana. La construcción va acorde a los cánones académicos de una de las más profusas épocas arquitectónicas del país: el porfiriato. Arcos de medio punto, columnas jónicas, dinteles, cornisas y guirnaldas tradicionales, son los elementos que se pueden distinguir en este edificio que resistió la degeneración del paseo.

Avanzando de norte a sur sobre esta vetusta calle se encuentra un negocio que también conoció una de las épocas más boyantes de esta vía. El café la Habana, fundado en 1952, es conocido porque durante esos años en los que Bucareli aún conservaba algo del antiguo esplendor, sus visitantes frecuentes eran los periodistas, debido a la cercanía de las instalaciones de los periódicos Excelsior y El Universal, así como de la Escuela de Periodismo “Carlos Septién García”. Pero también contó con la visita de Fidel Castro y de Ernesto “Ché” Guevara, quienes, se dice, justo en este sitio planearon la Revolución Cubana. El movimiento poético infrarrealista tuvo su gestación en esta cafetería, cuando el poeta chileno Roberto Bolaño y el mexicano Santiago Papasquiaro se reunían para la segunda mitad del siglo pasado. Y ya para dejar manifiesta la popularidad del lugar, cabe mencionar la presencia de Octavio Paz y García Márquez entre otros. “El café de los periodistas” aún conserva sus facciones antiguas, aunque a veces el servicio diste un tanto de ser bueno. Pero por la tradición, bien vale la pena pasar a tomarse un café del que más les guste, tal vez un clásico americano o un Capuchino Maya, que con su toque de anís puede pesar un poco en algunos.

Con porte majestuoso y afrancesado propio de la época porfiriana, se encuentra el Edificio Vizcaya, construido en 1908 para inversionistas extranjeros de distintos rubros como los de la cigarrera “La Moderna”, embajadores y ejecutivos con sus familias, que llegaron principalmente de Europa a radicar a nuestro país. Este edificio, aparte de su distinción y elegancia, que en la actualidad es por demás evidente, traía lo más moderno en ingeniería de la época, de hecho es un inmueble que ya tiene cimientos hidráulicos que le permiten soportar los constantes temblores de la ciudad. Su arco porticado y su maravillosa herrería le dan la vista afrancesada que se deseaba tener en este paseo. En la fachada se distinguen seis torres identificadas por letras y rematadas con áticos de estilo francés. El edificio es el mejor conservado de la zona, por encima del Palacio Cobián, que ha sufrido modificaciones para albergar a la Secretaría de Gobernación. Sus escaleras, con pasamanos de madera y escalones de graniet y sus balcones que dan hacia la privada, le dan ese toque señorial que desde su concepción se preveía.

Y para que la imagen de un Bucareli afrancesado se complete, casi llegando a avenida Chapultepec, se encuentra el Edificio Mascota, construido en 1912 a encomienda de Ernesto Pugibet, dueño de la boyante cigarrera “El Buen Tono”, para albergar a una parte de sus trabajadores. El encargado de edificar este conjunto emulante de los parisinos fue Miguel Ángel de Quevedo, quien proveyó a este mismo de tres calles o pasajes que van de Bucareli a Abraham González y que le dan unidad a este emblemático edificio. Cada pasaje tiene a su vez su nombre propio: Ideal, Mascota y Gardenia. El costo de la obra fue de dos millones 500 mil pesos de la época. Su estructura fue prefabricada y armada en el lugar y cuenta con tres módulos que suman 175 apartamentos para la clase media de aquellos años. El deterioro actual del edificio no le quita la importancia arquitectónica ni nos impide visualizar el Paseo Bucareli que vieron nuestros ancestros.
Como ya se mencionó anteriormente, de las tres grandes glorietas que se ubicaban a lo largo del Paseo de Bucareli sólo queda la que tenía a “La Victoria”. Actualmente la adorna un reloj obsequiado por el último emperador chino, Puyi, con motivo del centenario del inicio de la guerra de independencia mexicana. Su inauguración por tanto fue en 1910, aunque durante los hechos de la Decena Trágica, en 1913, fue severamente dañado, por lo que se le encargaron al arquitecto Carlos Gorbea los trabajos de reconstrucción, con una recaudación realizada por el gobierno chino, y la reinauguración se llevó al cabo el 29 de septiembre de 1921.
En el cruce de los dos paseos, el de Reforma y el de Bucareli, desde 1852 y hasta 1979, permaneció la famosa estatua de Carlos IV, obra de Manuel Tolsá y popularmente llamado “El caballito” (de donde toma nombre la actual “Torre del caballito”, donde una obra modernista del escultor mexicano Sebastián buscó conservar la tradición dejada por el paso de este jamelgo trotador por esta parte de la ciudad).
En fin, que el Paseo de Bucareli, del que quedan unos cuantos testigos arquitectónicos en pie y del que son innumerables los recuerdos y crónicas que nos hacen rememorar su antigua grandeza, difícil de recuperar, luce como un viejo orgulloso de sus viejas hazañas al que sin embargo los años le están pesando mucho.

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