Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año I Número XI Septiembre 2013

 

Editorial

Septiembre fue originalmente el mes séptimo del año, en la época romana, pues el primer mes era el de marzo. Así que no era el noveno como ahora, y sin embargo se conservó el nombre (e igual ocurrió con los meses ocho, nueve y diez, a saber, octubre, noviembre y diciembre) en el actual calendario, y aunque no tenga sentido no creo que a nadie le importe. En México, septiembre alude a la patria, es el mes en que se celebra la independencia, ocasión perfecta para que todos se sientan mexicanos por un día, o más bien por una noche, la del 15. Gritar “¡Viva México!” significa “¡Viva yo!”, para muchos. Que se mueran todos, pero que viva mi patria, es decir, yo. Los otros que se mueran, porque son el infierno. Y el cielo le dio a la patria un hijo que es un soldado. Pero esto ya quedó obsoleto, pues nadie está dispuesto a arriesgar nada, mucho menos con ese bajo grado militar. ¡Todavía se tratase de ser general! Entonces valdría la pena, por el sueldo y las prestaciones, muy altos.

Hace cuarenta años, en septiembre de 1973, sucedió una tragedia que no debe ser olvidada: el derrocamiento y asesinato del presidente de Chile, Salvador Allende, un socialista que ganó las elecciones de su país limpiamente, a pesar de la fuerte oposición conservadora y del gobierno estadounidense. De eso nos hablará a fondo el director de Ave Lamia en su artículo respectivo en este número. En ese entonces se decía que ser joven y no ser revolucionario era una contradicción. Los jóvenes estábamos en revuelta, en rebeldía constante, aunque finalmente nada pasó. Sólo quedó el recuerdo de algunas viejas canciones de protesta. La muerte de Allende (y posiblemente la de Neruda) fue un crimen de los Estados Unidos.

Claro, sabemos que ya no está bien visto atacar a los gringos, e incluso muchos mexicanos anhelan ser eso, gringos, porque eso es el “sueño”, el llegar a ser ciudadanos de una nación que no ha pedido perdón por las destrucciones, abusos y latrocinios de que ha hecho víctimas a naciones enteras: las de los pieles rojas, México, Vietnam, Irak, Chile, el Caribe, etc.

Por el contrario, para muchos es una bendición el que un niño de cuerpo mexicano y nacido gringo cante vestido de charro el himno de las barras y las estrellas, del pabellón de los canallas. Debieran vestirlo de hot-dog, o de hamburguesa. Y una nada talentosa y mucho menos exitosa actriz, Salma Hayek, cantó deliberadamente mal unas líneas del himno mexicano, pero cuando se puso a cantar el de los Estados Unidos, se puso de pie, colocó la mano sobre su negro corazón y entonó con devoción e ímpetu.

Sin embargo, no estamos totalmente en contra de la Unión Americana. Aborrecemos su estilo de vida, su política, sus fuerzas armadas, y su Dios todopoderoso. Pero adoramos ciertos personajes y aspectos tenebrosos de ese país: a Poe, Lovecraft, Stephen King, los Cuentos de las Criptas, los payasos Pennywise y Pogo, Al Capone, Marilyn Manson, Bette Davis, Joan Crawford, la Iglesia de Satanás, las brujas de Salem, el bebé de Rosemary, la Familia Addams, la Familia Munster, Hechizada, el Joker, la Catwoman, y tantos otros más, toda una riqueza cultural popular que ya nos pertenece. Nada que ver ni con la democracia ni con el progreso y la civilización. ¡Mucho menos con el sueño! O en todo caso, el nuestro sería otro tipo de sueño: el de los hermosos y malditos.

Luciano Pérez

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