Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año I Número XI Septiembre 2013

 

EL FINAL DE LA UTOPÍA
José Luis Barrera

Era septiembre del año de 1973 y lo único que me interesaba entonces en mi vida era comer, jugar y dormir (obvio que no menciono estudiar porque eso nunca me ha importado). Recién había cumplido 8 años, lo cual denota en mi cerebro el mucho tiempo transcurrido desde ese entonces a la fecha. Para aquellos años de mi infancia había escuchado mínimamente el nombre de Salvador Allende, y de Pablo Neruda y de Víctor Jara no conocía ni sus nombres. Mucho menos me imaginaría cómo fluiría por mis venas, algunos años después, la fiebre utópica del socialismo. Y aunque aún no se notaba, mi padre ya había empezado a inocular en mí la herencia política del izquierdismo que manaba por sus arterias.

Algunos años atrás del lamentable suceso de septiembre de 1973 en Chile, mi padre había tenido la oportunidad de conocer en persona a Salvador Allende, y había quedado impresionado por su presencia, su carisma y sus ideas claras sobre la política. Era evidente que para él fue todo un acontecimiento, que esperó con impaciencia desde que se enteró de la visita a México del ícono del socialismo latinoamericano de aquella época. No podía ser de otra manera, ya que desde joven fue un estudiante rebelde de la UNAM, un soñador en busca de alcanzar la utopía, y por ende un convencido de que el destino le deparaba algo mejor al pueblo. Conocer a Allende era un episodio fundamental en la historia personal de mi padre en específico, y de la juventud rebelde mexicana que ya había sido acallada de manera violenta años atrás.
Pero también supe cuánto se entristeció mi viejo por aquel septiembre cruento para Chile y para los sueños socialistas de la humanidad. Aquel septiembre que nunca se ha de olvidar. El golpe de Estado contra Allende que devino en su muerte, era algo que sin duda marcó en definitiva la renuncia casi total de mi padre a la utopía. Con los años ya lo conocí más pragmático y sé que intentaba decirme que nada iba a lograr con mis protestas, mis marchas y mis huelgas, que el rumbo estaba marcado mucho antes. Pero nunca lo dijo y me dejó vivir mi rebeldía izquierdista.

Y es que ese septiembre de 1973, del cual no guardo memoria propia, debió ser un duro golpe para los jóvenes que aún creían que el mundo podía cambiar. Ya en México se había demolido el gran sueño popular en 1968 y 1971, y cuando se pensaba que en alguna parte del continente la semilla de la rebeldía volvería a florecer, la derrota asestada contra la utopía fue demoledora. Se concretaba el golpe de Estado en contra del presidente de la esperanza latinoamericana, Salvador Allende, lo que devino en su posterior muerte (según el dato oficial fue suicidio, pero eso aún es difícil de creerlo). Más difícil de creer cuando cuatro días después fue asesinado uno de los íconos artísticos de la lucha socialista de Allende: Víctor Jara, acribillado de 44 disparos, después de torturarlo y cortarle las manos. La felonía, la cobardía y la traición, como la llamó Allende en su último discurso, había propinado un fuerte descalabro a los sueños de igualdad. Había dejado patente que el pueblo nunca iba a ser poseedor de la justicia y que la igualdad era sólo un panfleto más de la humanidad.
Para mayor desgracia, el 23 de ese mismo septiembre muere Pablo Neruda, otro simpatizante de la causa allendista, participante activo de las manifestaciones de apoyo a Salvador Allende. Artista de trascendencia universal y por tanto, embajador de la izquierda en el mundo. Su muerte se debió al cáncer de próstata (al menos eso es lo que dijeron los reportes forenses), pero aún está en entredicho y todavía se sospecha que fue envenenado.

Lo único cierto es que en septiembre de 1973 Chile no volvió a ser el mismo, y el pueblo de todo el mundo lamentaba los acontecimientos. Precedido por un periodo sumamente polarizado en Chile, los militares contaron con el apoyo de la derecha política y el Partido Demócrata Cristiano, amén del presidente americano Richard Nixon y la CIA. Era evidente que el triunfo legítimo de Salvador Allende el 4 de septiembre de 1970 no había gustado ni a los Estados Unidos ni a la derecha chilena. Pinochet, tan parecido en nombre al títere de madera de Geppetto, cuyas cuerdas manejaba el propio Nixon, iniciaba una dictadura sangrienta de la cual le sería difícil librarse al pueblo chileno.
En su último discurso decía Allende que sus “…palabras no tienen amargura sino decepción”, misma que inundó el torrente sanguíneo de mi padre. Y yo sé, aunque nunca platiqué de ello con él, que ese septiembre, en que yo cumplía 8 años y que aún no sabía de socialismos y utopías, él renunciaba a la rebeldía que sostenía su sueño. Para mí aún existían los Reyes Magos, los cuentos donde vencía el bien y la protección de mis padres. Pero el viejo, que ya sabía hace muchos años atrás de los pesares, tal vez no volvió a ser el mismo, tal vez perdió para siempre la utopía.

Somos cinco mil
en esta pequeña parte de la ciudad.
Somos cinco mil
¿Cuántos seremos en total
en las ciudades y en todo el país?
Sólo aquí
diez mil manos siembran
y hacen andar las fábricas.
¡Cuánta humanidad
con hambre, frío, pánico, dolor,
presión moral, terror y locura!

Víctor Jara

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