Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año I Número XI Septiembre 2013

 

La Colonia Guerrero
Tinta Rápida

La Colonia Guerrero se encuentra en lo que fuera el viejo barrio mexica de Cuepopan, al que posterior a la conquista se le llamó Colonia Bellavista y de San Fernando, que para ese entonces pertenecía al Colegio de Propaganda Fide de San Fernando, a cargo de los jesuitas y que servía para propagar la fe en la Nueva España.

El primer templo fundado en esta zona fue el de Santa María la Redonda en 1524, y fue por su rotonda construida en 1667 que se le dio el nombre con el que se hizo popular. La iglesia actual corresponde a la reestructuración del año de 1677, en un estilo barroco sobrio en tezontle, con una sola torre hexagonal y un nicho sobre el portón que aloja una imagen de la virgen labrada en piedra. La peculiaridad del ábside que aloja el altar mayor es la forma de rotonda que ya se mencionó. Es de las pocas iglesias que conservan un atrio arbolado y por su cercanía con la tradicional plaza de Garibaldi, la misa dominical de medio día es acompañada de mariachi.

Esta iglesia, la recuerdo en lo personal porque ahí se casaron mis padres, o sea que ahí empezó toda la historia que tuvo como resultado el nacimiento en 1965 del que ahora escribe. Para mayor referencia debo decir que aquí nació el ateísmo acendrado de mi padre, y esta parroquia yo la conocí años después cuando se le hacían las misas a mi abuelo cuando falleció.

Cercano a este templo se encontraba un famoso panteón del siglo XIX llamado de Santa Paula y perteneciente a la iglesia de Santa María la Redonda, ya mencionada, y de él sólo se conserva una piedra en la esquina de Paseo de la Reforma y Riva Palacio. Abierto en 1779, inició formalmente sus mortuorias operaciones cinco años después. En 1836 fue declarado cementerio general ante la escasez de espacios en los camposantos vecinales y parroquiales que hasta ese entonces eran de uso común. Fue un cementerio "de moda", ya que ahí los mexicanos de todas las clases sociales buscaban ser sepultados. De hecho la condesa Calderón de la Barca decía que era un lugar agradable y bello, siendo este uno de los paseos favoritos de los habitantes de la ciudad. Sin embargo su apogeo fue breve, ya que cinco años después de ser declarado pantéon general fue cerrado por el entonces presidente José Joaquín Herrera por su estado de deterioro y porque estorbaba para los planes de crecimiento urbano. El dato curioso es que Antonio López de Santa Anna dispuso que aquí se le diera "cristiana sepultura" a su pierna perdida en combate, aunque dos años más tarde el pueblo profanó la tumba y arrastró “la pata” por toda la ciudad. Era propiedad del Hospital de San Andrés (ubicado en donde hoy está edificado el palacio postal) por lo que antes de 1836 era privado. Este cementerio fue la última morada de Leona Vicario y don Manuel Romero de Terreros (nieto del fundador del Monte de Piedad lo mismo que benefactor). Al cierre definitivo, se llevaron los restos humanos a los cementerios de Campo Florido y el de El Pocito, actual panteón del Tepeyac, en las inmediaciones de la Basílica de Guadalupe. El barrio de Santa Paula, de donde obtuvo su nombre, era a su vez tan famoso, que durante mucho tiempo se negaban a pertenecer a la Colonia Guerrero de acuerdo al nuevo fraccionamiento de la ciudad de entonces.

Otro importante panteón ubicado en la Colonia Guerrero y que aún existe, es el de San Fernando, que dio servicio de 1832 hasta 1872, siendo de hecho la última inhumación la de Benito Juárez en julio de ese último año. Después del decreto de 1833 de Santa Anna para volver públicos todos los cementerios a causa de las muchas defunciones ocasionadas por una fuerte epidemia de cólera, todos los panteones pertenecientes a las iglesias dejaron de ser privados, y entonces el de San Fernando, por ser pequeño, limpio y ordenado, empezó a ser muy atractivo para la clase pudiente, lo que incrementó su costo y lo hizo elitista, motivo por el cual actualmente es utilizado como museo, ya que es una muestra sustancial del arte funerario del siglo XIX. Formaba parte del Templo de San Fernando fundado en 1735 por los misioneros franciscanos del Colegio de Propaganda Fide ya antes mencionado, cuyo conjunto contaba además con un colegio. Hasta nuestros días se conserva sólo el panteón y el templo en estilo barroco estípite obra de Gerónimo de Balbás, que por cierto no terminó de construir ya que la edificación se concluyó hasta 1755 por los arquitectos Antonio Álvarez y Miguel José de Rivera, por considerar excesivos los gastos de construcción solicitados por Balbás.

Respecto a la iglesia de San Fernando, cabe señalar que fue fundada en el siglo XVIII por ocho misioneros que venían de Querétaro y le dieron su nombre en honor al rey de España, Fernando VI, siendo terminada en 1755. Su nave es amplia y conserva las tribunas de madera tallada donde los frailes enfermos o ancianos podían oír misa. El altar aunque no es el original, es una magnífica muestra del barroco churrigeresco con columnas estípites invertidas. La fachada principal también de estilo barroco en tres cuerpos muestra al centro un gran relieve de San Fernando. El convento fue demolido, quedando únicamente la iglesia y el panteón.

El actual Hotel de Cortés, frente a la Alameda Central, fue una hospedería para albergar a los misioneros que llegaban a la ciudad de México de la orden de los agustinos ermitaños descalzos, encabezados por Fray Juan de Borja, y en 1780, en honor al primer santo agustino reconocido por el Vaticano, llevó el nombre de Hostería de Santo Tomás de Villanueva. Su aspecto barroco se muestra en la chiluca y el tezontle que enmarcan las ventanas de la fachada, en los barandales de hierro forjado y en el patio cuadrangular con pilares y corredores. La hospedería fue cerrada luego de la Independencia, pasó a manos del gobierno civil cuando los bienes eclesiásticos fueron expropiados durante la Reforma; luego fue utilizada como bodega, hasta que fue rescatada por la iniciativa privada para instalar el hotel que hoy alberga.

Cerca de ahí se encuentran tres importantes iglesias: San Hipólito, La Santa Veracruz y San Juan de Dios. La primera de ellas edificada en el sitio en donde los españoles sufrieron el mayor número de bajas registradas en sus tropas invasoras en la batalla denominada de “La noche triste”, acontecida el lluvioso día del 30 de junio de 1520. En primera instancia se mandó edificar la ermita “De los Mártires” que conmemoraría a los muertos en batalla, y ya para 1602 se inició la construcción de un templo de mayor tamaño, en cuyo conjunto existiría un hospicio para la atención de los enfermos mentales, cuya conclusión fue hacia 1740. La última reconstrucción del templo corresponde al año de 1756, de cuya fachada se destacan las torres con un singular estilo mudéjar. Dentro del templo con nave de cruz latina se encuentra la capilla de los Mártires Mexicanos, así como la imagen religiosa más venerada en la Ciudad de México: San Judas Tadeo. De hecho la fiesta grande de la iglesia se celebra el 28 de octubre y no el 13 de agosto, día de San Hipólito. Del antiguo hospital aún se conserva la estructura, aunque ahora se dedique a la actividad comercial.

Por su parte el templo de San Juan de Dios fue fundado en 1604 por los padres “juaninos” como parte del Hospital de Desamparados de San Juan de Dios, dedicado a la atención de mestizos, negros y mulatos. Terminado en 1729 por Miguel Custodio Durán y reconstruida en 1767, en la fachada principal destaca la portada de tres cuerpos en forma abocinada y columnas onduladas pertenecientes al estilo neoclásico, en donde se ubican las esculturas de doce santos y al centro San Juan de Dios. La celebración más importante es el 13 de junio, cuando se celebra a San Antonio de Padua, a quien las mujeres casaderas le ofrecen trece monedas para que les consiga novio (salida la mercancía, San Antonio de Padua no admite reclamaciones). A un costado de la iglesia se encuentra el Museo Franz Mayer, en lo que era el Hospital de Desamparados y que en la época de Maximiliano se encargara de la atención médica a las prostitutas, para luego pasar a ser el hospital de la mujer. Hoy el museo ofrece una colección permanente de piezas de arte decorativo, además de diversas actividades culturales.

Compartiendo atrio con San Juan de Dios, en la plaza de la Santa Veracruz, se localiza la iglesia que lleva el mismo nombre que la plaza y es, junto con la iglesia de Santa Catarina, la más antigua de la ciudad. Le antecedió una ermita inaugurada por Hernán Cortés, erigida en 1586 y reconstruida entre 1757 y 1764; su fachada es una muestra del barroco churrigueresco, y en su interior se encuentra una imagen italiana de fines del 1400 de Jesús Crucificado, mejor conocida como “De los Siete Velos”, regalo de Carlos V a la Archicofradía de la Cruz, quien la había recibido a su vez como obsequio del Papa Paulo III. Despojada casi totalmente de su esplendor interior, conserva la Capilla de la Virgen de Guadalupe, originalmente dedicada a San Francisco Javier, cuyo retablo en estilo churrigueresco de madera estofada y dorada denota la magnificencia de otros tiempos. Una placa en la fachada lateral indica que en este templo fue sepultado Manuel Tolsá.

El 27 de agosto de 1960, en el sitio donde anteriormente se instalaban carpas del “Circo-Teatro de los hermanos Orrín” y un teatro menor llamado “Margo”, se inaugura el Teatro Blanquita. Sobreviviente de la época dorada del “Teatro de Revista”, en donde el “populacho” podía divertirse con poco dinero con espectáculos que incluían cantantes, cirqueros, comediantes, magos, bailarines y un etcétera que incluía mujeres voluptuosas (en lamentable vía de extinción). Fue por iniciativa de la empresaria Margo Su y su esposo Félix Cervantes que se decidió construir este representativo teatro, que aún sobrevive aunque ya no es tan popular ni barato. Apostado sobre el ahora Eje Central (antes Juan Ruiz de Alarcón) entre las calles de Mina y Pensador Mexicano, justo al lado del primer mercado para el comercio al menudeo que se construyó en la Ciudad de México, el “Mercado 2 de abril”, el Teatro Blanquita nunca podrá ocultar su origen evidentemente popular.
Frente al mercado Martínez de la Torre, tradicional y muy bien surtido, se encuentra la Iglesia del Inmaculado Corazón de María, construida en 1887; es una de las pocas muestras del estilo neogótico en la arquitectura religiosa de la época colonial, el cual fue severamente dañado por los terremotos de 1957 y 1985 (este último terminó de derrumbar parte de la nave), y conserva únicamente la fachada con dos torres.

De la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, cuya actual edificación se atribuye a Manuel Tolsá y data de 1808, se cuenta que durante una de las múltiples inundaciones de la ciudad, en 1580, un indígena tzayoque rescató un óleo de la Virgen María y le construyó un humilde templo con pared de adobe, y esta imagen muy maltratada fue repintada en el muro en el que permanece intacta desde el siglo XVI. El recinto, en estilo neoclásico, cuenta con una magnífica cúpula cuya linternilla semeja una corona, y en la portada principal está rematada por un maravilloso relieve de la mencionada virgen cuya celebración es el 2 de agosto, y a decir de Ignacio Manuel Altamirano en su libro Paisajes y leyendas era una de las más concurridas.

Cercano a la iglesia se encuentra un lugar tradicional para el jolgorio. Dice el dicho que "Quien no conoce Los Ángeles, no conoce México", y aunque antes fue una casa y una bodega de carbón, este sitio hace conservar una de las imágenes más tradicionales del barrio. Es donde cada fin de semana los colonos, y gente de otras partes de la ciudad, se reúnen para pulir la pista con los sonideros (La Changa, Cóndor, La Conga), las sonoras, orquestas y danzoneras. Como salón se inauguró el 2 de agosto de 1937 y desde entonces hombres con zapatos a la Tin Tán, pachucos, mujeres con vestidos, collares y zapatos altísimos de baile se reúnen. Si quieres aprender a bailar danzón, basta con ir a una de las clases que dan. Dice la leyenda que Benny Moré compuso aquello de "pero qué bonito y sabroso bailan el mambo los mexicanos" en una de las mesas de Los Ángeles.

Pero si de diversión se trata, ninguna mención más socorrida que el Salón México, cuyo nombre redirige la memoria a la película de 1948 de Emilio “El Indio” Fernández, con fotografía de Gabriel Figueroa y estelarizada por Marga López, Miguel Inclán y Roberto Cañedo. Este popular salón de baile, que en conjunto con “Los Ángeles”, da cuenta de una de las costumbres más arraigadas en el barrio: el baile.
También en notable deterioro se puede ubicar en la calle de Héroes 45, la casa del arquitecto Antonio Rivas Mercado (creador del emblemático “Ángel de la Independencia”), con características del clásico, morisco y art nouveau, a la que nombró como “La torre del porvenir”.
Y bien, para tomar un café nada era mejor que el “Coatepec” (recién desaparecido con todo y su mural de César Manrique) en la esquina de Héroes y el Eje 1 Norte. Pero aún funcionando, para comer cabrito nada como la U de G o el Noste, ambos sobre la calle de Guerrero o bien para pasar el rato con los amigos, sobre la misma calle, la cantina “La hija de Moctezuma” es una buena opción.
La Colonia Guerrero, con su ambiente de barrio y sus emblemáticos sitios de los que ya hemos dado cuenta, cumple 140 años y valga el presente para complementar sus festejos.

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