Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año I Número XI Septiembre 2013

 

Pablo Neruda
Luciano Pérez

En una de sus obras póstumas, Libro de las preguntas, el poeta se preguntó a sí mismo:
¿Hay algo más tonto en la vida
que llamarse Pablo Neruda?

Pero Neftalí Reyes supo siempre que no había nada de tonto en ello, o jamás se hubiera abanderado bajo ese nombre para crear una de las manifestaciones más poderosas del genio poético en lengua española. Para muchos de los que fuimos en algún momento jóvenes poetas, Neruda fue EL POETA.

Él fue el maestro que nos mostró los mil y un caminos que tiene la poesía. Y si bien es cierto que él hizo particular énfasis en el amor, también es verdad que nos dio una lección máxima e inolvidable: la poesía está en TODAS las cosas. En el limón, en la cuchara, en el hígado, en los engranes del reloj.

No sólo la hay en la lluvia, el sol y las estrellas, la poesía está y vive en todo cuanto vemos, oímos, tocamos, olemos, probamos. TODO es susceptible de convertirse en poema. Por eso Neruda escribió tantas odas donde en sorprendentes imágenes evoca, en cuanto que elementos, lo elemental: es decir, lo que está.

Claro, el Neruda amoroso es apreciable, igual que el político, a pesar de que este último tuvo algunas caídas, que le son perdonables por ser él tan enorme. Los gigantes se tropiezan. ¿Pero qué es para ellos lo que se despliega abajo? Ellos ven y van más allá, pues son hijos de los ángeles. Y a este respecto, Neruda fue ángel y gigante: sabía que de las mujeres hay que enamorarse (Génesis 6: 1-4). Aunque se nos expulse del cielo, la mujer nos es una necesidad. El alma, tanto como el cuerpo, requiere del amor a ella y de ella; así que uno la busca, la sigue, le pide, le da, le llora, le reclama, la maldice, la ama. Y le escribimos poemas.

Por lo tanto, sin Pablo Neruda no hay poesía posible. En sus muchos libros tenemos un sólido cuerpo de versos que nunca lograremos superar. Sus versos son únicos, tenaces, voraces, veraces e imperecederos. Sus imágenes son portentosas, esplendentes, efervescentes y sinfonizables.

Quizá son más aquellos que han leído los Veinte poemas de amor y una canción desesperada (hay personas que se saben de memoria el libro entero), pero espero que no sean menos los que hayan hecho de Residencia en la tierra, Estravagario y Odas elementales la guía perfecta para orientarse en la escritura y en la visión poéticas.

Claro, junto a él también apreciamos a López Velarde, García Lorca, Vallejo, Lezama Lima, si sólo nos ceñimos al orbe de nuestro idioma. Borges vio en Neruda, cuando se encontró con él, a un poeta a la altura de Walt Whitman, aquel vate estadounidense que escribió de todos, a todos y a cada uno.

No sabemos cómo murió, en septiembre de 1973 (en los negros días del golpe de Estado contra Salvador Allende), el prodigioso poeta chileno. Se ignora si fue asesinado, o si fue su muerte natural. Al parecer hay evidencia de que lo envenenaron, al considerárselo peligroso, por su añeja militancia comunista, a la que nunca renunció; porque además Neruda estuvo siempre del lado de los oprimidos, de los humillados, de los explotados. Fue un encarnizado enemigo del imperio estadounidense. Un poeta así, siempre estará presente en nuestra vida.
Cuando mueren, los poetas ni se dan cuenta siquiera. Porque como se preguntó Neruda a sí mismo en otro de sus versos póstumos:
Si he muerto y no me he dado cuenta
¿a quién le pregunto la hora?

Tango del viudo
Pablo Neruda

Oh, Maligna, ya habrás hallado la carta, ya habrás llorado de furia,
y habrás insultado el recuerdo de mi madre
llamándola perra podrida y madre de perros,
ya habrás bebido sola, solitaria, el té del atardecer
mirando mis viejos zapatos vacíos para siempre
y ya no podrás recordar mis enfermedades, mis sueños nocturnos, mis comidas,
sin maldecirme en voz alta como si estuviera allí aún
quejándome del trópico de los coolíes corringhis,
de las venenosas fiebres que me hicieron tanto daño
y de los espantosos ingleses que odio todavía.
Maligna, la verdad, qué noche tan grande, qué tierra tan sola!
He llegado otra vez a los dormitorios solitarios,
a almorzar en los restaurantes comida fría, y otra vez
tiro al suelo los pantalones y las camisas,
no hay perchas en mi habitación, ni retratos de nadie en las paredes.
Cuánta sombra de la que hay en mi alma daría por recobrarte,
y qué amenazadores me parecen los nombres de los meses,
y la palabra invierno qué sonido de tambor lúgubre tiene.
Enterrado junto al cocotero hallarás más tarde
el cuchillo que escondí allí por temor de que me mataras,
y ahora repentinamente quisiera oler su acero de cocina
acostumbrado al peso de tu mano y al brillo de tu pie:
bajo la humedad de la tierra, entre las sordas raíces,
de los lenguajes humanos el pobre sólo sabría tu nombre,
y la espesa tierra no comprende tu nombre
hecho de impenetrables substancias divinas.
Así como me aflige pensar en el claro día de tus piernas
recostadas como detenidas y duras aguas solares,
y la golondrina que durmiendo y volando vive en tus ojos,
y el perro de furia que asilas en el corazón,
así también veo las muertes que están entre nosotros desde ahora,
y respiro en el aire la ceniza y lo destruido,
el largo, solitario espacio que me rodea para siempre.
Daría este viento del mar gigante por tu brusca respiración
oída en largas noches sin mezcla de olvido,
uniéndose a la atmósfera como el látigo a la piel del caballo.
Y por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa,
como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada,
cuántas veces entregaría este coro de sombras que poseo,
y el ruido de espadas inútiles que se oye en mi alma,
y la paloma de sangre que está solitaria en mi frente
llamando cosas desaparecidas, seres desaparecidos,
substancias extrañamente inseparables y perdidas.

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