Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año I Número XI Septiembre 2013

 

PATY
Hosscox Huraño

A los mediocres fácil se les olvida, me dijo tu madre después de que te regresé a su casa. Los últimos días que vivimos juntos, sentía que tú y Dios no tenían mejor lugar donde cagar más que sobre mí. Esa noche, con lo único que me restaba de ti, me empierné con la puta de tu hermana y nos dimos el lujo de no tener memoria.

En la casa está tu foto de cabeza y cualquiera que llegue, como primer acto de respeto, la tiene que escupir. El saludo no fue invención mía, agradécelo a tu hermana y al fraternal odio que siente por ti. Tal vez por eso no fue difícil empezar a picarle el fundillo. Todo ocurrió por el bautizo de tu sobrino Jorgito que, a sus dieciséis años, iba a ser gente. Tú, como siempre, habías ido a reclamar no sé qué tantas cosas al fotógrafo y al sacristán. Después del Evangelio, al tomar asiento, a tu engreída hermana se le botó un pedísimo y yo, como el único pariente piadoso, guardé la compostura. Pero la demás gente no, así que la llevé afuera para que le diera un poco el aire. Lloraba de vergüenza, metida en su ajustado traje negro, con sus nalgas perfectas, un talle elegante y un top lo bastante exacto para dejar en claro quién era la de las chichotas en la iglesia. Lástima que tuviera en su contra una serie de gases intestinales tan apestosos como su pinche madre. No cruzamos palabra alguna.

En la madrugada, cuando ya la fiesta era francamente una borrachera de salvajes y a todos les daba por sincerarse, nadie notó que nuestros pasos de baile fueron a dar al taller de carpintería. Tú, como siempre, discutías, pero ahora con tu madre, ambas estaban ebrias y más tercas que nunca. Tus hermanos y demás invitados contaban sus aventuras de cuando salvaron al mundo. Los chavos en la calle lanzaban piedras a quien pasara. Así pues, entre el aserrín, la culpa y un penetrante olor a thiner, nos dimos a la tarea de coger sólo para vengarnos de ti. El primer palito, junto con un pedito, salió por susto, los demás por gusto.
Al final decidimos que eras una negra que se para mucho el culo.
Cuando me da nostalgia de ti, le hablo, nos vemos en vapor, tomamos cerveza con tequila, me cuenta las chingaderas que le haces al tipo con el que ahora vives. Cogemos sin gran emoción, sólo por no dejar. Lo más divertido es el juego de quién te pone el apodo más denigrante. Y, lo sabes, nunca podré ganarle a tu hermana.

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