Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año I Número XI Septiembre 2013

 

Villano invitado
Luciano Pérez

Cuando vimos el anuncio, esperamos cualquier cosa, menos lo que nuestros ojos encontraron a continuación. En la pantalla del televisor aparecieron primero dos palabras mayúsculas y vistosas de color amarillo, que decían: VILLANO INVITADO. ¿Qué esperábamos? La carta comodín, o algún enigma, o el ave del Ártico, o la felina estrepitosa y negra. Nada de eso, aunque sí tenía garras como esta última. En realidad era otro felino, pero no se llamaba Lucifer como el de La Cenicienta, ni Herman como el de Gatolandia. El villano resultó ser, ¿quién creen ustedes?

En la pantalla vimos una enorme sonrisa, como si fuese una gran luna. Se trataba de un inmenso gato, y él era el villano invitado. De inmediato la policía de Ciudad Gótica se puso en movimiento. El Comisionado Gordon encendió la señal en el cielo, para que “aquél” la viese y acudiese cuanto antes a detener al villano, el cual había proclamado una nueva locura, y hacía POOF! para desaparecer, y luego otra vez POOF! y aparecía de nuevo. Y entre cada POOF! los ciudadanos de la urbe se sentían cada vez más perturbados y sus mentes sufrían.
El Comisionado le dijo a su subordinado, el jefe O’Hara: “¿Qué pasa con aquél? No se presenta, y este gato loco impide que se paguen las contribuciones debidas. Me ha llamado el alcalde para decirme que la ciudadanía no quiere cumplir su obligación fiscal porque la sonrisa del villano invitado pone nerviosos a los contribuyentes e impide que se presenten a pagar a las ventanillas de Hacienda”. El jefe sólo se encogió de hombros, porque sabía que a Gordon le molestaba el que O’Hara hablase. “Usted sólo habla para no decir nada, así que cuando le pregunte algo mejor no me conteste, ¿de acuerdo?”, alguna vez le advirtió el Comisionado.

La señal en el cielo no parecía ser vista por “aquél”, porque éste no tomaba el teléfono rojo para comunicarse con Gordon. Y mientras tanto, los niños y las niñas no querían ir ya a clases, porque el gato les aconsejaba que no fueran. Él los invitaba a divertirse, les decía: “Les traigo juguetes extraños, chicos y chicas, que quiero regalarles”. Y pronto las calles estuvieron llenas de muñecos que caminaban y hablaban, fumaban y bebían, discutían y se golpeaban, y con ellos la niñez entera de Ciudad Gótica jugó sin pensar en ningún momento en la escuela. El felino les dijo: “Con estos muñecos no necesitan ustedes continuar instruyéndose”. Y es que era más divertido vivir así, sin tener que pararse temprano.

Los padres de familia y maestros fueron en comitiva a ver al Comisionado, para reclamarle la razón de que no se presentase “aquél”. ¿Acaso la señal no servía ya? Gordon no quiso enfrentarlos, así que mandó a O’Hara con ellos, y él esta vez sí habló, pero sólo para prometer lo que quién sabe si sería posible: la pronta llegada de “aquél”. Pretendió dar una explicación lógica de esa temporal ausencia: “Aquél anda en el planeta Marte, donde los detectives de allá lo llamaron para que los ayudase a controlar un peligroso virus que está convirtiendo en zombies a los marcianos”. No era verdad, pero la gente se impresionó al oír eso y se retiraron. Quizás al siguiente día “aquél” volvería del planeta rojo y el felino loco sería enviado a la cárcel de Arkham.

Mientras, ahora nadie hacía deporte ni nadie se ocupaba de la salud, y los consultorios y los hospitales se vaciaban rápidamente. El gato, al parecer, había dado con la fórmula para vivir sin enfermedad. Toda Ciudad Gótica estaba de cabeza, y el Comisionado decidió ir personalmente a la cueva de “aquél” para obligarlo a salvar a la urbe de la amenaza que significaba el villano invitado. Gordon y O’Hara llegaron ahí y entraron con una linterna encendida para ver en la oscuridad; todo el techo estaba lleno de murciélagos, y el suelo aparecía alfombrado con el excremento de ellos, lo cual exhalaba un repulsivo olor. Pero ningún rastro de “aquél”. “¿Dónde estará, O’Hara?”, preguntó con disgusto el Comisionado, y el otro sólo se encogió de hombros, pero siguieron buscando en la cueva, sin dar con “aquél”. Gordon empezó a llamarlo a gritos, incluso insultándolo, y jamás apareció. Sin embargo, O’Hara vio un papel tirado en el suelo y lo levantó, ante el enojo de Gordon, quien le dijo: “¿Cómo se le ocurre a usted levantar basura en momentos como este?” El jefe no habló, pero leyó el papel en silencio, se mostró sorprendido y se lo entregó al Comisionado.

El papel decía: “Los murciélagos son ratones ciegos y el gato se aprovecha de esto guiándolos hacia el abismo”. Gordon dijo no entender nada, y le señaló a O’Hara que saliesen de la cueva. Una vez afuera de ésta, el Comisionado se puso a despotricar contra la irresponsabilidad de “aquél”. Y entre tanto, el felino loco seguía haciendo de las suyas, superando el talante bromista del Comodín y el saber enigmático del Acertijo, por ser de factura más fina en cuanto a travesuras y lógica respecta. El villano invitado estaba siendo exitoso, y “aquél” no salía de ningún lado.

Ciudad Gótica estaba loca, el gato sonreía más que nunca, y Gordon sentía un gran enojo hacia… pero O’Hara le anunció con señas al Comisionado que por fin había llegado “aquél”. De inmediato fue hecho pasar con Gordon, sólo que el murciélago ya no era tal, sino un ratón ciego. “Aquél” dijo: “El gato me sacó los ojos, ya no soy el gran héroe de esta urbe. El villano invitado ganó para siempre”. El Comisionado se quedó sin saber qué decir, y O’Hara esta vez habló aunque Gordon estuviera presente: “¿Cómo fue que lo hizo ese malvado gato?” De “aquél” escurrían gotas de sangre por los ojos del antifaz, y continuó él con su lamentación: “Sonrió mucho, quise pegarle, él me evadió haciendo POOF!, y de repente se me echó a la cara y con sus garras me dejó ciego; me dijo que sólo me hacía ser lo que soy, un ratón que no ve, que eso significa la palabra murciélago”.

Los episodios terminaron, así como la temporada de la serie, y también se acabo la serie, y el gato villano fue invitado a otros programas de la televisión, donde fue feliz metiendo el caos por todas partes, apareciendo POOF! y desapareciendo POOF! sin cesar. Entonces una niña se le acercó mucho para oírlo ronronear, y el gato le preguntó: “¿Quieres algo de mí?” Y ella respondió: “Sí, quiero saber cómo es que si eres villano te invitan a todos lados”. El sonriente felino dijo: “Si te llamas Alicia te responderé, si no entonces te rasguñaré”. Y la niña dijo: “No, no me llamo Alicia, pero si me rasguñas ya no enloqueceré por ti”. El gato exclamó: “¡Buena respuesta! Por lo tanto, ahora te invito a que seas mi villana. Te regalaré un antifaz”, y le dio el antifaz de “aquél”.

“Aquél” ahora cantaba canciones en el tren subterráneo, el abismo, de Ciudad Gótica, coplas de ciego donde se exponía el odio hacia los gatos locos que vienen a estropearles la vida a los ratones heroicos. La niña que no era Alicia, y que probablemente se apellidaba Gordon, llevaba puesto el antifaz de “aquél” en la cara, se le acercó a éste y le dijo: “Lamento lo ocurrido, pero ahora soy una niña murciélago”. El que era “aquél”, muy asustado, expresó esto: “¡No, no! ¡El gato te dejó ciega!”, y la niña que no era Alicia, pero tal vez su apellido era Gordon, respondió, sin inmutarse: “Ya lo estoy. Por eso ando en el metro, porque ya no veo, y me siento igual a ti; sólo que tengo ahorros y te los iré dando poco a poco todos, oh hombre murciélago”. Éste sólo comentó: “Loca, quedaste loca, Bárbara Gordon”.
Y en la pantalla de televisión apareció un anuncio que decía: “El villano invitado se despide de Ciudad Gótica. Necesita volver a su natal Chester”. Había vuelto locos a casi todos, y ciegos a algunos más. Por eso no confíes nunca en gato encerrado en la caja idiota de tu predilección. Lo invitaron para que hiciera villanías, pero se excedió un poco y no hay más señales para el murciélago. Sólo una buena noticia: O’Hara ascendió a Comisionado, porque Gordon fue llevado con los locos, junto con su hija. Comenzó este último a maullar fuertemente y rasguñó en la cara a su antiguo subordinado, el cual, siempre en posición de firmes, lo mandó detener por agresión a la autoridad. El Comisionado O’Hara se ha declarado fiel amigo de los felinos, y la propia Gatúbela vino con él a hacer las paces luego de tantos años de conflictos. Y Ciudad Gótica es un mundo feliz y bienaventurado, porque unos a otros se dicen: “Yo estoy loco, y tú también”. Cuando todos se vuelven locos, ya no hay necesidad de nada más.

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