Ave Lamia Revista Cultural

Reserva de Derechos 04-2013-030514223300-203

Ciudad de México Año I Número XII Octubre 2013

 

Allegro non troppo
José Luis Barrera

En la puerta lateral de la consola Telefunken que se encontraba en la sala de la casa, estaba celosamente guardada la coleccion de música clásica que compraba mi padre, preferentemente en Selecciones del Reader's Digest. Álbumes de 10 Long Plays (esos legendarios y rememorables discos de acetato) con nombres como: La música más bella del mundo o La magia de la estereofonía, y por supuesto discos individuales de 33 Revoluciones Por Minuto que completaban su numerosa colección. Como buen padre de los años setentas, había prohibido que se tocaran sus pertenencias, y entre éstas estaba su valiosa compilación de discos, y yo, como buen hijo de aquellos setentas tomaba esas pertenencias a hurtadillas, incluida esta memorable colección.

En este repertorio de acetatos, un compositor aparecía de manera constante entre los nombres de Wagner, Beethoven, Tchaikovsky, Chopin, Dvorak, Saint Saens, Puccini, etc. Así fui conociendo la música siempre presente de Giuseppe Verdi, con su grandilocuencia musical que comenzaba a introducirme al mundo de la ópera. Así fui conociendo el Coro de los esclavos hebreos (va pensiero) del Nabucco, el brindis y el Coro de gitanos (zingarelle) de La Traviata, La donna e mobile de Rigoletto, así como la preferida de las fiestas de “quince años” en aquellos tiempos, la marcha triunfal de Aida.

Años después, cuando iniciaba mi instrucción musical en el piano Steinberg de mi madre, la primera biografía que me tocó estudiar fue justamente la de Giuseppe Verdi, y por aquellos años, para mayor influencia, en canal 11 se presentó una serie con la vida de este mismo compositor nacido en Roncole, Italia, el 10 de octubre de 1813. Creador de un amplio repertorio operístico y considerado como el compositor más vendido en la historia de la música, Verdi se fue convirtiendo en mi compositor favorito (aun considerando que entre mis melodías favoritas están muchas no verdianas: El Nessun dorma de Puccini, el Concierto para Violín y Orquesta en Re Mayor de Tchaikovky, el Preludio de muerte de amor de Tristán e Isolda de Wagner, o el Intermezzo de Cavalleria Rusticana de Mascagni, por ejemplo).
Ahora que se cumplen 200 años de su nacimiento y que es motivo de diversas celebraciones alrededor del mundo, es una buena oportunidad para retomar la obra de uno de los compositores más importantes en la historia de la música. Un compositor que en nuestra época tendría muchos discos de platino por las altas ventas y sería asiduo en las listas Billboard.

Por desgracia no tuve un aparato tornamesa a mi disposición para tocar los discos con los que inicié mi gusto por la obra de Verdi. Ellos siguen guardados (pero ya no en la consola Telefunken, que en un ataque de renovación de mi hermana fue regalada a no sé quién), y yo seguiré haciendo uso de los CD y el You Tube para rememorar aquellos mis años de infancia y adolescencia, cuando escuchaba a escondidas de mi padre, y a connivencia de mi madre, aquellos acetatos de 33 RPM de música clásica.
Por supuesto que la primera aria conocida, ya no sólo por mí, sino por cualquier neófito cumbianchero o baladadicto, fue la muy famosa La donna e mobile de la ópera de Rigoletto, que es la canción en la que el Duque de Mantua entona una profusa queja en contra de las damas, por “ser volubles, cual pluma al viento”. Esta aria del drama de Verdi es el preámbulo al fatal desenlace de Gilda, hija del propio Rigoletto, el bufón que mandó matar a su amo, el duque, y que en una vuelta fatídica del destino, Sparafucile (asesino pagado por Rigoletto) termina matando erróneamente a Gilda, quien se sacrifica por amor hacia el propio duque. Con libreto del también italiano Francisco María Piave, basado en la obra Le Roi s'amuse de Víctor Hugo, Rigoletto tiene esa característica de amor intrincado que tanto gustó a Verdi y a los compositores de ópera en general.

La magnificencia de la obra de Verdi mostrada en sus óperas, de hecho influyó para que la Marcha Triunfal de Aída fuera utilizada para la entrada seudo monárquica de las núbiles festejadas en sus fiestas de quince años. Esa profusión espectacular de la sección de alientos, le daba el ambiente deseado a estos convites clase medieros y barrio bajeros con pretensiones burguesas. Sin embargo, lo que no se tenía en cuenta al utilizar esta conocida marcha en tales fiestas, es que en realidad Aída no era la soberana europea que soñaban las infantas celebradas, sino una princesa etíope hecha prisionera en Egipto, y que la marcha triunfal no es para esta princesa sino para su amado Radamés: capitán egipcio que regresa triunfal tras derrotar a los etíopes y traer, entre otros prisioneros de guerra, al padre de la propia Aida.
La donna e mobile de Rigoletto de hecho si tenía calculada su popularidad, por lo que Verdi fue muy estricto en la discreción respecto a esta melodía antes de inaugurarla en el Teatro de La Fenice de Venecia en 1873. Temía que debido a su canto tan pegajoso, así como su ritmo alegre y bailable (allegretto para ser exactos), fuera a ser más popular que la propia ópera antes de darla a conocer. En cambio, nunca pensó que de su ópera Aida fuera a surgir el tema de entrada de las ya mencionadas celebraciones para presentar en sociedad a la infanta en cuestión. Ambas son un ejemplo de la popularidad de la obra del “Vago de Roncole”, muchos años después de su muerte.

Por su parte, el Coro de los gitanos, y El brindis de La traviata, así como el Coro de los Esclavos del Nabucco, han sido ampliamente halagados por su elocuencia musical y técnica, lo que ha logrado que también sea ampliamente reconocida en diversos sectores de la sociedad, ya sean degustadores habituales de la ópera o gente muy alejada de esta expresión artística.
Los discos de acetato seguirán guardados, pero mi gusto por la música clásica irá haciendo crecer el número de reproducciones en You Tube, muchas de ellas en óperas completas o arias del propio Giuseppe Verdi.

Regresar