Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año I Número XII Octubre 2013

 

El otro lado de las palabras
Alex Sanciprián

De mares mansos y mustios está repleta la constelación de seres humanos que nos rodean. Entre el homo sapiens y el homo videns se interpone la pregunta: ¿ver o no ver? El rifirrafe es inminente. Mejor leer la pantalla mandona.
Me encanta el otro significado de palabras tales como seducción, placer, y felicidad, tan dichas en el desparpajo por aquella gente que se conduce en el día a día con ese mantra veleidoso de mejoría cotidiana, mientras se complican la existencia con problemáticas virtuales o en procesos de solución, sin descuidar su programa favorito de televisión. Asumo que ciertamente resulta complejo para alguien verse en el umbral de la seducción, en la pasarela del placer o en la terraza de la felicidad. El punto es que para la mayoría esta tercia de conceptos debe ligarse con el dinero para, en efecto, ser de una autenticidad tal que hasta les miran con recelo cuando presienten habitar sus espacios, sus manifestaciones varias.
Aquí cabría preguntar: ¿cuándo fue la última ocasión en que se ha olfateado la seducción como un halago, como una caricia? ¿Qué factores impidieron dejarse compenetrar por un placer en tanto recreo, complacencia? ¿Quiénes fueron los causantes de apenas protagonizar, circunstancialmente, la felicidad como una ventura, como factible espacio de bienestar? ¿Y el humor? Vale interponer esta otra interrogante: ¿seducción, placer y felicidad con humor están a la mano de cualquiera?

Revelaciones varias del lugar común
Tal vez sea con la intención evidente de que la afrenta pierda fuerza y se olvide pronto, que en correspondencia a una ostentosa mentada de madre se genera otra, y en todo caso se le minimiza en su dolosa pretensión al dejarla pasar, como si nada.
Así, la apariencia (ligeramente inglesa, por flemática y de cierto escepticismo) de imperturbable puede más, ocasionalmente, que la esquizoide respuesta del arrebato no exento de puñetazos y patadas junto a no pocas palabras altisonantes.
Son legión quienes prefieren frenar conatos de discusión y riñas, altercados diversos que han tenido su génesis en estupideces genuinas, al grito sincero y contundente de: “ya valiste madres”. Y entonces optan por la automática manía de soltar varias certeras puñaladas o, en el mejor de los casos, promueven la invariable perplejidad y la austeridad de reproches de la víctima al dejarle ir por toda su corporal humanidad unos cuantos balazos; más de tres para que el arrebato no quede en anécdota insustancial.
La insensatez del “valemadrismo” se ha tornado en filosofía de lo absurdo como significativo matiz de esa propensión a la ignorancia de valores intrínsecos a la naturaleza humana: un presunto pragmatismo –disfrazado de sentido común– anida en quienes hacen caso omiso de tal escala de valores y sólo les importa la impostura de su verdad circunstancial.
Hay evidencias de egolatría, temeridad y desfachatez en aquellas almas que actúan al compás del “valemadrismo”. Se ha dicho en la rutina del barrio que si algo tiene escaso sustento, pues vale madres. De igual modo, se esgrime en la charla familiar que si determinada temática interpuesta a la hora de los postres resulta más empalagosa que los duraznos en almíbar, entonces vale madres.
A menudo queda establecido en el circuito de la política y sus hacedores que de no contar con los avituallamientos, la escolta imprescindible de “lamebotas”, y la liberación de recursos económicos para acometer una decorosa campaña política, entonces estás en las postrimerías de valer madres.
En el ámbito del dulce hogar particular, a la hora de ofrendar regalos y emotivas felicitaciones a las madrecitas presentes en su día especial, no falta la cavernosa voz de la tía pizpireta: “me cae que ustedes son a toda madre y se merecen esto y más, a poco no”.
De mares mansos y mustios está repleta la constelación de seres humanos que nos rodean. Hay quienes desatan tormentas tropicales acaso y otros impelen turbios y hasta magníficos huracanes de impetuosa talla altisonante y desastrosa: son aquellos adictos a proferir obscenidades, los coprolálicos.
Debido a una combinatoria de factores no exenta de mácula divina, no pocos merman en esa propensión. Y entonces prefieren festinar la vida misma durante el vacilón, toquín, reventón, algarabía colectiva, que se activa en un minúsculo departamento, aunque los vecinos se alteren y maldigan.
Por otro lado, en el acercamiento a los medios de comunicación electrónica se impone, como medida de protección (para evitar la invasión de virus de toda índole) hacerlo con conciencia crítica, dosificadamente. Entre el homo sapiens y el homo videns se interpone la pregunta: ¿ver o no ver? El rifirrafe es inminente. Mejor leer la pantalla mandona.

Ver la televisión es también un lugar común
Ahora lo fundamental es ver. Se considera raro y hasta excéntrico intentar leer secuencias, imágenes. No importa si la lectura de lo que se percibe en imágenes puede leerse con palabras. La cultura audiovisual predomina e inclusive se pasa por alto el uso de un diccionario para disipar dudas. Ahí está el Internet para resolver momentáneas inconsistencias, supuestamente.
El espectáculo pervive por sus imágenes, por la seducción, por la facilidad de que miles, millones de personas sintonicen escenas y discursos de homogénea confección.
El poder de las palabras se diluye a golpe de edición, de matices, de magnificar lo accesorio y minimizar el detalle sustancial.
Ahora son mayoría quienes presuponen estar bien informados y tomarle el pulso al acontecer local, nacional e internacional, luego de escuchar un noticiero radiofónico o atisbar en la pantalla de televisión las noticias más importantes, mientras se recompone la figura para salir temprano a la escuela, al trabajo, a la cita importante. Son legión quienes miran y escuchan (mientras pueden, mientras van y vienen por la recámara antes de salir temprano de casa) los noticieros de la televisión.
Ha dicho en célebre frase Woody Allen: “Tomé un curso de lectura rápida y fui capaz de leerme La guerra y la paz en veinte minutos. Creo que decía algo de Rusia”. Seguramente, la alusión a ejercitar esa discutible virtud de leer a zancadas y comprender minúsculos espacios resulta, diríase, elegante ante la contundente crítica que el reconocido cineasta y guionista norteamericano establece al mencionar lo siguiente, en referencia a los contenidos de eso que muchos califican, superficial y caricaturescamente como “la caja idiota”: “En Beverly Hills no tiran la basura, la convierten en televisión”.
Por su parte, el genial actor y ácido crítico de la vida norteamericana, Groucho Marx, compara: “Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro”. En ese contexto, Umberto Eco, escritor y filósofo italiano, experto en semiótica, ha sentenciado que: “Hoy no salir en televisión es un signo de elegancia”. Otro grande de la cultura popular italiana, cineasta de vanguardia, ha remarcado sin tapujos: “La televisión es el espejo donde se refleja la derrota de todo nuestro sistema cultural”.
En su oportunidad el representativo actor, guionista y también director francés Jean Renoir, hijo del famoso pintor impresionista Pierre-Auguste Renoir, sentenció respecto a la influencia de la televisión lo siguiente: “El problema es que la televisión amalgame y convierta en papilla informe la realidad, la ficción, lo fundamental, lo secundario, el divertimento y la reflexión”.

Viva la vulgarización del íntimo decoro
Entre el homo videns y el asiduo lector de comics, en el marco de lo esencialmente mexicano, han transcurrido escasos cuatro lustros y medio. En otras palabras: del júbilo de acrecentar el hábito de la lectura, tal vez de manera inconsciente, a través de la lectura semanal, puntual y anhelada, del capítulo que seguía a las aventuras del Memín y/o del cómic del gusto particular (en el desarrollo de la década de los setenta) ahora la atención del respetable se ha quedado anclado en ese imperio de lo fugaz, en aquella multitudinaria secuencia de imágenes dotadas, presuntamente, de información privilegiada, de actualidad.
Lo común, el imán de los medios de comunicación electrónica, es ofrecer una amplia y prioritaria sensación de conocer al detalle el desarrollo de matrimonios en decadencia y amoríos furtivos o líos magnificados de variada gente de la farándula, del club de los artistas que ahora resultan prototipos de gente buena y de bien. Hay inducción en el ámbito de la moda, del espectáculo y del poder de la imagen sobre las palabras, a saber: La glorificación de lo inmediato contra el menosprecio de lo trascendente.
Ha habido una espectacular vulgarización del íntimo decoro de no pocas personas, al punto de que conocer la entraña de sus vicisitudes ha sido sinónimo de estar bien informado y de hacer del momento, de la circunstancia, de lo efímero, un elogio bautizado como fama que irremediablemente se degrada y fenece al momento en que surge la siguiente vulgarización que pronto muda en imágenes de nuestro mundo.
Aquí vale traer a cuenta las palabras de Giovanni Sartori, quien advierte que “el homo sapiens, un ser caracterizado por la reflexión, por su capacidad para generar abstracciones, se está convirtiendo en un homo videns, una criatura que mira pero que no piensa, que ve pero que no entiende”.
El libro de Sartori se asume como un debate acerca del poder de la televisión, contra la falsa creencia de que una imagen vale más que mil palabras (es, más bien, al revés) y una necesaria reflexión en torno a los efectos negativos producidos en toda una generación que ha conocido las imágenes televisivas antes que la letra impresa.
Carlos Monsiváis decía en una entrevista, precisamente en el canal 22 de la televisión cultural mexicana, que para bien o para mal (aunque él optó por la primera opción) su hábito de la lectura tuvo en los cómics su principal incentivo: “hubo un tiempo en que no había, ciertamente, una decorosa dotación de oferta libresca para practicar y desarrollar esas capacidades cognoscitivas de la alfabetización, de modo que los cómics cubrieron esa expectativa. Si no, ¿cómo explicar los 375 mil ejemplares vendidos cada semana del cómic preferido, en esos años en que la televisión aún no tenía la hegemonía y el control que tiene ahora de las masas ávidas de emoción, aventura e información de sus personajes predilectos?”.
Más adelante, el propio Monsiváis revelaba sus ejercicios memorísticos. Citaba que tienen su génesis en la lectura de clásicos de la literatura universal y mexicana. Y refería que más que con Rubén Darío, el “oído” para ponderar la fuerza de las palabras le viene de Amado Nervo, Manuel Payno, en el habla de sus personajes, en la poesía de Carlos Pellicer, entre otros.
Reconoce que en un mundo sin televisión (como el que le tocó habitar durante su infancia y en los primeros años de su adolescencia) leer cómics y después embarcarse en los ofrecimientos literarios blindaron, por decirlo de algún modo, su manera de reconocerse como alguien ligado a las letras, a las palabras, a la lectura y a la escritura.
No obstante, habrá que recordar que Monsiváis es considerado un ejemplo fiel de alguien que ha hecho de la crónica y del ensayo y de la producción de libros y de textos de diversa índole (donde han tenido cabida otras disciplinas humanísticas) una razón de ser para ubicarle como un auténtico crítico de la cultura popular. Lo suyo es el dato preciso, la erudita cita, el certero argumento, la invariable ironía y unas inagotables ganas de hacer pensar a sus lectores y a sus oyentes.

La autoridad de la pantalla
Hubo también un tiempo en que el desarrollo de los medios se especificaba o intentaba comprenderse con la siguiente secuela: la radio da a conocer un hecho o evento en el momento mismo que sucede; la televisión muestra en imágenes ese suceso y los medios de comunicación escrita intentan su variada explicación.
En los días que corren existe un culto por la multimedia y entonces la prioridad es ver y escuchar y tal vez en su oportunidad buscar cierta explicación. A propósito del contexto que habita el homo videns no hay más autoridad que la pantalla: el individuo sólo cree en lo que ve (o en lo que cree ver).
La imagen también miente; puede falsear los hechos con la misma facilidad que cualquier otro medio de comunicación, con la diferencia de que "la fuerza de la veracidad inherente a la imagen hace la mentira más eficaz y, por tanto, más peligrosa".
Y de nuevo la multiplicación de programas televisivos falsamente aderezados de información. En sus múltiples géneros los más susceptibles de ocupar la atención de los patrocinadores son los relacionados con los espectáculos, los talk show y los noticieros.
Ha sido evidente que los propósitos para mantener el rating (se ha dicho que indica el porcentaje de hogares o televidentes con la TV encendida en un canal, programa, día y hora específicos) en las empresas de televisión abierta se ocupan de producir o comprar programas extranjeros donde lo dominante es la vulgaridad, lo ramplón, lo novedoso que se ve la cursilería, la imagen superflua, impresionista, donde se aprecia un claro desdén por lo decoroso, refinado o de buen gusto.
Se ha dicho, con engañoso exceso, que la cultura por televisión es algo que no atrae a la masa, que no le interesa, que no busca. “Es aburrida y difícil de asimilar por el público”, aducen los administradores de esos medios.
Asimismo, la lectura de boletines y la multiplicación de opiniones anodinas de los conductores de noticieros se ofrece como una fórmula infalible de audiencia, sobre todo cuando se advierte que el conductor o la conductora “tiene crédito y oficio en el medio, que hacen y forman opinión”.
En el mercado de las conveniencias para mitificar las fortalezas y el predominio de la pantalla como púlpito de la verdad, de lo novedoso, de aquello que la masa debe reverenciar, el maquillaje hace milagros en tanto que unas lágrimas o una sonrisa o un gesto adusto marcan la diferencia entre quienes se disputan las audiencias.
La particular naturaleza del espacio televisivo orilla, irremediablemente, a descontextualizar las imágenes que transmite, pues mientras se ocupa de las últimas noticias y de las imágenes más escandalosas, margina otros aspectos que aunque pueden ser más importantes que los que se ven, no son atractivos, se diagnostica.
De igual modo, el hecho de que la televisión lo convierta todo en espectáculo, cancela la posibilidad del diálogo. La imagen no discute, decreta; es, al mismo tiempo, juicio y sentencia. La sintaxis del discurso televisivo es, en automático, ostentación para emitir juicios, querellas o ataques.
La sintaxis del discurso verbal llega a ser indescifrable para quienes están acostumbrados a ver, no a leer lo que ven. El marco de referencia se distorsiona y de ese modo se estipula un no entendimiento.
Aquí vale la pena retomar algunos apuntes de Julio Ramón Ribeyro, uno de los mejores narradores peruanos del siglo XX. Murió el mismo año (1994) en que recibió el premio más importante de su trayectoria literaria, el Juan Rulfo.
Un leve vistazo a sus Prosas apátridas implica una paradójica experiencia acerca de cómo concebir los conocimientos, la vida misma. He aquí un breve fragmento:
“Lo fácil que es confundir cultura con erudición. La cultura en realidad no depende de la acumulación de conocimientos incluso en varias materias, sino del orden que estos conocimientos guardan en nuestra memoria y de la presencia de estos conocimientos en nuestro comportamiento. Los conocimientos de un hombre culto pueden no ser muy numerosos, pero son armónicos, coherentes y, sobre todo, están relacionados entre sí. En el erudito, los conocimientos parecen almacenarse en tabiques separados. En el culto se distribuyen de acuerdo a un orden interior que permite su canje y su fructificación. Sus lecturas, sus experiencias se encuentran en fermentación y engendran continuamente nueva riqueza: es como el hombre que abre una cuenta con interés. El erudito, como el avaro, guarda su patrimonio en una media, en donde sólo cabe el enmohecimiento y la repetición. En el primer caso el conocimiento engendra el conocimiento. En el segundo el conocimiento se añade al conocimiento. Un hombre que conoce al dedillo todo el teatro de Beaumarchais es un erudito, pero culto es aquel que habiendo sólo leído Las Bodas de Fígaro se da cuenta de la relación que existe entre esta obra y la Revolución Francesa o entre su autor y los intelectuales de nuestra época. Por eso mismo, el componente de una tribu primitiva que posee el mundo en diez nociones básicas es más culto que el especialista en arte sacro bizantino que no sabe freír un par de huevos”.
Recuérdese que el propio Sartori ha compartido su alarma por esa nefasta influencia de la televisión en las nuevas generaciones. El poder de la imagen lleva la delantera. La fuerza de las palabras es de consistencia, de largo tiro, de cierre ciclónico a la hora de consumar mínimos esfuerzos de entendimiento.
De tal suerte, comprobar que la mayoría de las personas sabe leer pero no sienten mucha necesidad de hacerlo es una pesimista imagen cotidiana, irreprochable percha de la posmodernidad. Un analfabeta funcional lee para obtener cierta información específica o regularmente lo hace como medio para matar el tiempo. Paradójica estampa.
Como colofón viene bien ese dicho del comunicólogo por excelencia de los años setentas que decía “El medio es el mensaje”. Desde aquella época Mc Luhan vislumbraba la era del Internet al hablar ya de “la aldea global”. Dijo también: “La televisión rompió el confort de los cuartos de estar con la brutalidad de la guerra. Vietnam se perdió en ellos, no en los campos de batalla”.
En un viejo western (Pistolero, de 1969) sucede la siguiente escena y diálogo: “En esta ciudad hay dos aceras. Quien no está en una, está en otra. ¿En qué acera está usted, sheriff?”. El personaje que interpreta Robert Mitchum responde: “Yo estoy en medio de la calle”.
Una pregunta final: ¿Por qué será que en infinidad de películas donde queda muy claro quiénes son los buenos y los malos, estos últimos en todo momento, en sus guaridas, en sus vehículos, en sus alcobas, siempre tienen una o varias televisiones encendidas, invariablemente, en noticieros, talk shows o caricaturas?

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