Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año I Número XII Octubre 2013

 

Lennon en el País de las Maravillas
Luciano Pérez

Libros como los escritos por Lewis Carroll son exquisitos manuales de locura, una guía de cómo la fantasía es el estado más perfecto de vida al que se puede llegar. Quién mejor que Alicia, entonces, para atraer a todos los seres estrafalarios y chocarreros, a todos los que desean estar locos como un sombrerero. O como un gato. O como John Lennon.

La máxima locura de Lennon fue la fundación de los Beatles, un acto de hechicería sin par que nos regaló para siempre una música inigualable, una música ideal para conducirnos por el viaje lleno de magia y de misterio hacia esos dos sitios tan remotos y a la vez tan cercanos: a Wonderland, y al otro lado del espejo. Lugares que Lennon visitó desde sus años de infancia, al entrar en contacto con la obra de ese matemático loco de Oxford nacido en Chester (¿en qué otro lugar pudo nacer?). Lewis Carroll subió al bote con la niña Alice Lidell, y ahí empezó la historia: “Picture yourself in a boat on a river, with tangerine trees and marmalade skies...” Alicia en el cielo de diamantes. La sicodelia en plenitud.

Lennon declaró poco antes de morir, en una entrevista para Playboy: “I always wanted to write Alice in Wonderland. I think I still have that as a secret ambition. And I think I will do it when I'm older”. Nos perdimos para siempre ese libro como el de Alicia que escribiría Lennon cuando llegase a viejo. Son dos las canciones beatles, o más bien lennonianas, donde específicamente se alude a la obra de Carroll: “Lucy in the sky with diamonds” y “I am the Walrus”, ambas de 1967, año de LSD por todos lados, cuando los Beatles eran más famosos que Cristo, ante el escándalo a nivel mundial de padres de familia, de profesores, y sobre todo de clérigos, y ante nuestra complacencia de jóvenes ansiosos por saber algo diferente.

Son dos canciones visionarias, que a muchos nos impresionaron y continúan en nuestra mente. En cuanto a la de “Lucy”, que aparece en el disco del Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, Lennon dijo que las imágenes de esa pieza musical procedían de los libros de Alicia: “It was Alice in the boat. She is buying an egg and it turns into Humpty-Dumpty. The woman serving in the shop turns into a sheep and the next minute they are rowing in a rowing boat somewhere and I was visualizing that”. Alice es pues la chica con “kaleidoscope eyes”. Porque todo era caleidoscópico en aquella etapa de los años sesenta, y a nuestras chicas las veíamos así, en el cielo, como la Virgen, “the girl with the sun in her eyes”, y a la que había que atrapar antes de que se esfumara. Lucy, Alice, Mary, el nombre puede ser cualquiera, el nombre es el de todas y el de cada una.

La otra canción, incluida en la película y el disco de Magical Mystery Tour, es todo un himno a la extravagancia, y ese fue el primer surrealismo que muchos aprendimos, en “I am the Walrus”, inspirada obviamente en el poema que le recitan Tweedledum y Tweedledee a Alicia, “The Walrus and the Carpenter”. Comenta Lennon: “To me, it was a beautiful poem. It never dawned on me that Lewis Carroll was commenting on the capitalist system... Later, I went back and looked at it and realized that the walrus was the bad guy in the story and the carpenter was the good guy. I thought, Oh, shit, I picked the wrong guy. I should have said, “I am the carpenter”. But that wouldn't have been the same, would it?”

No, no hubiera sido lo mismo, la imagen de la morsa es poderosa, apabullante, imprescindible. El estribillo de la canción, “I am the eggman, they are the eggmen...” hace alusión a Humpty-Dumpty, y a todos nosotros, que nos quebraremos al caer de la pared, así hayamos hablado con un rey. En el libro de Carroll vemos aparecer a los dos personajes, morsa y carpintero, en medio de la noche con el sol brillando sobre el mar. Los dos se comen a las ostras, y la morsa llora mientras las devora, aunque es quien comió más. Sin embargo, Alicia creía que la morsa era el mejor de los dos, porque lloró, pero después, como Lennon, pensó que el carpintero se comportó bien. El caso es que los dos comieron, pero el llanto de la morsa lo repite Lennon en su canción, “I'm crying!”, una y otra vez.
Es alucinante oír “I am the Walrus”: en un jardín inglés, bajo la lluvia inglesa, pingüinos van cantando Hare Krishna, una multitud grita EVERYBODY SMOKE POT!, policías vuelan como Lucy en el cielo, los cerdos sonríen con malicia, hay una sacerdotisa pornográfica, sardinas escalan la torre Eiffel, por ahí aparece Edgar Allan Poe, y en el radio se transmite una tragedia de Shakespeare. Antes de que llegásemos a Eliot, a Pound, ahí ya estaba toda la poesía moderna, en imágenes, sonidos y palabras. “I am the Walrus” es el tipo de poema, o de canción, que siempre quisimos escribir, y pronto hicimos imitaciones, para divertirnos, para desbordarnos. Y por supuesto, nunca dejamos de leer a Alice, pues sin ella no hay fantasía posible.

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