Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año I Número XII Octubre 2013

 

Responso por aquel que muere en tu vientre
Mario Bravo

Ingenuo, se aventuró a la inmensidad de tus mares, sin brújulas ni cartografías que le hablaran de los secretos guarecidos en las tormentas y en el oleaje de tu cuerpo.

Sin hacer caso a los anuncios que en el puerto alertaban del peligro de entrar en la mar ante tan inclemente clima, él levó las anclas y zarpó, casi naufragando al primer contacto con tu cuello.

Su embarcación soportó los embates de las olas provenientes de tus continuos besos; sin embargo, los sudores de ambos por poco sumergieron la proa que tras sólo unos minutos de cortar las aguas que conducían a tus pechos, se hallaba ya invadida por fluidos, lágrimas (de alegría, de nostalgia) y gotas de lluvia.

Pasado el momento de vida o muerte, aquel en donde todo se resumía entre hundirse y naufragar o navegar y surcar tus siete mares, él se sostuvo al aferrarse del mástil de una vela, con la tormenta que no daba tregua y avizorando no tan lejos un arrecife hacia el sur, en tu sur, en donde rocas como pechos invitaban a que el navegante saltara de la nave, dejando atrás pasado, identidad, amuletos, dolores, miedos y víveres. Él no saltó por la borda, sino que sólo contempló la inmensidad de tus pechos, surcando por aquel canal que se halla en medio de ellos.

Y continuó navegando, porque su destino no estaba ahí, sino más al sur.

Poco tardó en arribar a tu vientre. Y fue ahí en donde la embarcación sufrió los peores estragos, anegándose de proa a popa, derribándose los mástiles, partiéndose en dos la nave, dejándolo a él a expensas del naufragio, sujetándose con las manos de un tablón que le mantenía a flote. No fue víctima del feroz Poseidón ni del canto de las sirenas que le embelesaban la cordura, no sucumbió ante Pisínoe ni Legeia ni tampoco ante Teles, sino ante la suavidad de la piel que cubre a tu vientre. Después de besar tu costado izquierdo, encontró la muerte al inicio de tu cadera. Recostó su cabeza en tu vientre y exhaló un último suspiro.

Yaciendo estaba su cuerpo en las costas de tu ombligo, junto al resto de cadáveres de hombres que han intentado sobrevivir una noche en la mar de tu cama.

Que el Dios que nunca ha existido, lo tenga junto a mil vírgenes.

Así sea.

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