Ave Lamia Revista Cultural

Reserva de Derechos 04-2013-030514223300-203

Ciudad de México Año I Número XII Octubre 2013

 

Tepito Waltz
Luciano Pérez

El rubio maestro de vals no era precisamente vienés, pero lo sabía todo sobre este baile. No procedía de un regimiento de caballería, aunque platicaba mucho sobre caballos muertos y de los oficiales que los mataron en la guerra mundial, en Budapest 1945. No era muy alto, y portaba una chamarra negra con una calavera pintada atrás, como si fuese un ángel del infierno. Le llamaban “rebelde sin causa” por traerla puesta, pero no pasaba de ser una manera de referirse a él. No era rebelde, porque vender tortillas en pleno centro del barrio de Tepito no daba oportunidad a rebeldías, al ser un trabajo de tiempo completo. Y por supuesto que tenía una causa: enseñarles vals a las quinceañeras tepiteñas, que eran muchas, y todas dispuestas a que el güero de las tortillas les mostrase los secretos del arte alemán de bailar.
Todas las mañanas abría el local en la rinconada de Tepis, atrás del llano donde se jugaba futbol y que fue después el estadio Maracaná. “Tortillería Strauss”, le puso de nombre. Sus padres le heredaron el negocio y él mismo despachaba, llamando la atención con su rostro colorado y copete rubio, así como por la infaltable chamarra negra de rebelde, la cual colgaba en algún clavo de la pared para colocarse el mandil blanco y atender al público, éste evidentemente femenino, el cual consideraba de primera importancia comprar tortillas con el güero. También iba gente a preguntar precios sobre las enseñanzas del vals. Él se llamaba Juan Avestruz, y no Johann Strauss como podría pensarse, dado su gusto por el waltz, importado por don Porfirio Díaz desde la lejana Austria para que las chicas de la alta sociedad mexicana lo bailasen en sus fiestas de quince años.

El general oaxaqueño estaba obsesionado por hacer de México un país de corte europeo. Aunque no cuadraba, para ser sinceros, el que este país estuviese lleno de gente “con rasgos indígenas”; pero el intento se hizo, y el vals vienés llegó para que las criollas y las mestizas se sintiesen habitantes de los bosques de Viena, ahí donde la gente se suicida para olvidarse de los problemas de la mente. Ésta es tan engañosa y sutil, que nos hace creer que no existe lo que hay. Y Viena no nada más exportó el psicoanálisis, sino de igual manera los valses, que causaron locura entre los mexicanos, y no sólo los de la clase alta, que es donde don Porfirio inició su programa para modernizar a la nación. No creemos que supiera, ni desease, que Tepito les diese a las quinceañeras del barrio los mismos privilegios que tenían las de Chapultepec Heights; y se hizo tradición y necesidad (y gran e ineludible gasto) el que las muchachas de Tepis, no importa cuán pobres pudieran ser, bailasen a Strauss en el día de su “presentación en sociedad”.

Y como el barrio no dejó nunca de producir chicas ávidas del vals a sus quince años, fue imprescindible que hubiese maestros que les enseñasen dicho baile. El güero Juan Avestruz fue uno de ellos y de los más prestigiados; y cabe señalar que también fue un eficiente vendedor de tortillas, de esos que ya no hay y que hoy nos hacen más falta que expertos en semántica. Desde chico le fascinó todo tipo de baile, pero se hizo especialista en el vals de los 15 años, que aprendió de sus hermanas, a quienes les decían las tiznadas güeras; para ellas llegar a dicha edad significó, como para toda tepiteña, no sólo el vals sino también la maternidad. Todo un rito: chicas que llegan a sus 15, bailan a Strauss y si es posible ya llevan algo en el vientre, o esa misma noche algún individuo las asciende de rango, de florecientes hermosuras de sociedad a grasientas madres de familia. No se puede evitar y, repetimos, es un rito que tiene que ser, el único mediante el cual la población crece y crece, fábrica de nahuales y de lamias, el porvenir de México.

Juan lo llevaba en la sangre, el vals. Descendiente de uno de los sargentos austriacos venidos con Maximiliano, que se quedó en Tepis para no regresar al bosque de los suicidas, el güero llevaba en la espalda la calavera no de los piratas, sino de los SS. No fue casualidad que la gran mayoría de los miembros de esta organización policiaco-místico-burocrático-criminal procediera de Austria, como su propio patrón el Führer. “Sangre vienesa” se titula un vals, y Juan Avestruz era conciente de ello. La germanidad de Viena haría de las tepiteñas una ofrenda musical de quince años. Un asunto serio, que él asumió con plena responsabilidad. Además de que los padres de las chicas le pagaban bien. Así que acudía de vecindad en vecindad, de Bartolomé de las Casas a González Ortega, de Florida a Carpintería, para que el vals fuese aprendido con la precisión debida. Decían las malas lenguas que el maestro no sólo hacía eso, sino que preñaba a las quinceañeras. Lo cual, como hemos dicho, formaba parte del rito, así que no tenía nada de extraño. Fue de esa manera como la sangre vienesa se prodigaba por todo Tepito, para gloria de don Porfirio Díaz, quien, dicen, quiso lo mejor para nuestro país. Y lo mejor fue el vals, claro está.

“Los SS defendieron Budapest de los rusos en los últimos meses de la guerra”, les contaba Juan a sus amigos, y éstos no entendían gran cosa. Lo que él quería era quitarles la idea de que la calavera en su chamarra tenía que ver con los piratas. “Ni Morgan ni Capitán Kidd, muchachos. La caballería SS en Budapest, eso sí”. Intentó explicarles cómo fue que los rojos cercaron la capital de Hungría desde la navidad del 44, y de cómo el hambre fue tanta, que la SS mató a todos sus propios caballos, diez mil o doce mil, para comérselos y sostenerse hasta el final, que llegó tres meses después. La orden recibida fue resistir hasta lo último. Por supuesto que los amigos no le creían, porque una calavera o es de pirata o no es calavera. Mas los piratas son ladrones, lo que Juan no era pues trabajaba honradamente en su tortillería, y su condición anexa de maestro de vals lo hacía estar aparte de los compañeros. Pero éstos lo apreciaban porque el güero era muy compartido y les compraba cervezas a todos. “Otro regalo de Alemania para la humanidad”, les dijo, sólo que ellos no escuchaban. Más vale cerveza en mano que toda la caballería SS galopando hacia la muerte, razonaron, y así tuvo que ser. Hasta que el alemán de las tortillas se fue a vivir a la colonia Casas Alemán, y eso acabó con su leyenda.

Gente nefasta se hizo de terrenos en lugares desérticos de los alrededores de Mexicópolis, y comenzó a venderlos sin ton ni son, a precios bajos. Muchos comerciantes tepiteños, que poseían dinero para financiarse casas y abandonar por fin sus ruinosas vecindades, comenzaron a adquirir terrenos en la Cerro Prieto, en San Juan de Aragón y en la Casas Alemán. Esta última colonia se llamaba así en honor (?) de aquel político que fue amante de la vedette Tongolele, el cual se empeñó a como diera lugar en ser presidente de la República, pero se adelantó demasiado y su primo Mike Alemán no pudo apoyarlo; las raterías de Fernando Casas Alemán fueron muy evidentes, además. No sólo el hecho abominable de haberse robado a Tongolele y hacerle unos chamacos gemelos, delito suficiente como para quemarlo en leña verde, sino también el apropiarse del presupuesto del Departamento del Distrito Federal para su uso muy personal (regalos para las muchachas, por supuesto, y sumamente caros).

El güero quiso irse del barrio, se compró un terreno en Casas y en poco tiempo construyó ahí su propia casa. En realidad no se hubiera ido de Tepis, pero sufrió una decepción. No amorosa, sino de otra clase, que a cualquier mexicano le parecería ilógica, si no es que ridícula. Un padre de familia lo contrató para que le enseñase vals a su hija; sólo que le dijo que no quería valses de Strauss, sino de Tchaikovski. Específicamente, el Vals de las Flores y el de la Bella Durmiente. Por supuesto que Juan Avestruz se negó a enseñar valses rusos. “¡No puedo hacerlo, señor!”, exclamó él muy indignado. “¡Destruyeron Budapest y luego saquearon Viena, y enseñarles yo sus valses a las tepiteñas no puede ser!”, gritaba, y nadie comprendió a qué se refería. Puso un letrero en su tortillería con esta advertencia: NO SE ENSEÑAN VALSES RUSOS. La gente interpretó como que el güero se retiraba del negocio de las quinceañeras, porque en Tepito da lo mismo si un vals es ruso o alemán, si de hecho se cree que es mexicano. La clientela de los valses bajó, y la tortillería fue traspasada cuando Juan Avestruz se fue a Casas para iniciar una nueva vida. Se casó con la hija de un tlapalero del Centro, y adiós Tepis.

Había ganado lo suficiente como para ya no hacer nada, en los gloriosos tiempos en que el kilo de tortillas costó noventa centavos, así que tomaba el sol, allá en Casas, en alguno de los innumerables puertos que le dan nombre a las calles de la colonia (Guaymas, San Blas, etc.), para platicar con los borrachos acerca de cómo la SS de la División austriaca de caballería Emperatriz María Teresa tuvo que matar a sus caballos y comérselos. Al parecer no platicaba otra cosa, y se llegó a decir que era el dueño de las carnicerías de caballo en Tepis, que proporcionaban el alimento de miles de perros y gatos hambrientos, que sufren el asedio no de los rusos sino de otros humanos. “Fue atroz. Llevaron a los caballos al cementerio, y ahí los sargentos de caballería les dispararon en la cabeza uno por uno. A continuación, los destazaron. Y eso en medio del estallido de los cohetes y las granadas de los soviéticos. Un sargento de caballería austriaco no nada más tiene que saber bailar el vals, sino también, en un momento dado, saber cómo dispararle a su caballo y comérselo”. Los borrachos se reían de lo que consideraban dichos de un “cábula” ex rebelde sin causa (la moda había pasado y la chamarra estaba guardada para que algún día los nietos la tirasen sin remordimiento). Estos borrachos igualmente procedían de Tepis, y recordaban el barrio, pero ahora en nuevas cantinas y pulquerías, en una lejana colonia fundada en honor (?) de un ladrón, el que se robó a Tongolele y le hizo unos chamacos gemelos, una afrenta para todos nosotros los bravos y que hasta la fecha no ha sido reparada. Quizá los gemelos ya hasta se murieron de viejos. Todo puede ser.

Regresar