Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año I Número XII Especial Octubre 2013

 

Canicas, Canicas, Canicas
Mariana Vega

El sonido intermitente lo fue despertando de a poco, y tardó unos segundos en ubicar de dónde provenía. Observó fijamente el techo. Sí, el ruido surgía de allá arriba. En principio, le pareció que sonaba a agua que corre en torrente. ¿Habrían salido sus vecinos dejando alguna llave abierta? Miró el reloj: las 4 de la mañana.

En fin, aquél no era su problema. Volvió a hacerse un ovillo bajo las cobijas, apoyó la cabeza en la almohada y cerró los ojos.
Veinte minutos después, de nuevo el mismo sonido, pero esta vez era intermitente. Apoyó los codos sobre el colchón, arqueando a medias la espalda y prestó atención. En definitiva no podía tratarse de agua que corre.
En medio de la obscuridad era difícil distinguir de qué se trataba. Encendió la lámpara nocturna y volvió la mirada hacia el techo. Silencio. Esperó. No se escuchaba más que el ronroneo del refrigerador en la cocina.
Apagó la luz y se recostó. El sueño no acudió, pero el sonido sí lo hizo.
De plano se sentó en la cama y escuchó atentamente. Identificó el ruido como el de una docena de canicas que caen en cascada a un suelo de madera. Con una sonrisa entre triunfante y maliciosa, se levantó y fue corriendo a la cocina en busca de una escoba. Regresó a su cuarto, se trepó en la cama y golpeó el techo con el palo en varias ocasiones.

El ruido cesó de inmediato. Lanzó una exclamación satisfecha. Aún se quedó unos segundos en espera de que las canicas reanudaran su brincar. Nada.

Intrigado bajó de la cama, se acercó a la ventana y asomó la cabeza, tratando de ver hacia el departamento arriba de él. La luz estaba apagada y reinaba el silencio. Dejó la escoba en un rincón y salió hacia la cocina a servirse un vaso con agua. Apenas abrió la puerta del refrigerador, las canicas rodaron y rodaron en un viaje interminable. Azotó la puerta y alzó la cabeza. ¿Cómo podían girar durante tanto tiempo? Los departamentos tenían un pasillo de apenas 6 metros de largo.

Se lanzó a la recámara, tomó el palo de la escoba y golpeó el techo mientras vociferaba: “¡Silencio, chamacos del infierno! ¡Dejen dormir, carajos!” Pero el correr de las diminutas bolas de vidrio continuó sin interrupción. Arrojó la escoba y se dirigió como rayo hacia la puerta del departamento, salió al corredor y subió en zancadas las escaleras hasta el piso arriba del suyo.

Cuando iba a moler a golpes la puerta del departamento de donde salía el ruido, vio atónito el letrero: “SE VENDE. INFORMES EN PORTERÍA”. Golpeó de todos modos. La puerta cedió y se abrió lentamente. Incrédulo metió la cabeza primero y luego el resto del cuerpo. Ahí adentro no había ni gente ni muebles, ni mucho menos canicas vagando en el suelo. Recorrió todo el lugar mientras abría y cerraba puertas. No encontró nada.

Se dio la vuelta para volver a su departamento con una sensación de escalofríos que le bajaban desde el cerebro. De repente, a sus espaldas dio inicio un leve murmullo, primero fue una voz, luego otra, después varias que susurraban palabras incomprensibles. Eran voces de niños pequeños que se comunicaban en secreto. Al escucharlas, un hilo de sudor helado se le desprendió de la frente. El volumen de los susurros infantiles fue subiendo de tono y a éste se unieron risas contenidas. Entonces, las canicas cayeron otra vez y rodaron por el suelo. Él cerró los ojos, intentando convencerse que se trataba de una pesadilla, que en cualquier momento despertaría en medio de su cama y bajo la seguridad de sus cobijas.

Pero cuando las diminutas esferas chocaron contra sus pies descalzos, descubrió que la consistencia de éstas no era vidriosa, sino más bien blanda. Y eran muchas, demasiadas, quizás. Temeroso abrió los ojos y bajó la mirada hacia sus pies. Rodaban y giraban por el suelo cientos, miles de ojos que sonaban al chocar entre ellos mientras corrían sobre el parquet. Despacio giró sobre sus talones para descubrir a un grupo de espectros infantiles que lo observaban desde la profundidad de sus cuencas oculares vacías, con los brazos extendidos hacia él y las bocas abiertas en una carcajada silente.

El alarido que se escapó de su garganta no le alcanzó para eliminar de su mente el terror que en ella se acumuló en segundos. Los diminutos fantasmas se cerraron en torno de él y un sinnúmero de manos se estiraron hasta apoderarse de su cara. Sus ojos blancos, redondos, asustados, cayeron al suelo hasta unirse al resto en su loca carrera.
Antes de dejar de respirar, su último pensamiento se remontó a aquella primera vez que el ruido le despertó... Imaginó a otros muchos que, como él, escuchaban el correr de canicas en el techo en medio de la noche, sin atreverse a buscar su procedencia. Deseó haber permanecido bajo las sábanas... ahora era muy tarde. Los niños se sentaron en el suelo y continuaron, sin prestar atención al cuerpo inerte, su eterno torneo de canicas...

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