Ave Lamia Revista Cultural

Reserva de Derechos 04-2013-030514223300-203

Ciudad de México Año I Número XII Especial Octubre 2013

 

Casa robada
Miguel Antonio Lupián Soto

El plan era perfecto. Nada podía salir mal. Nada tenía que salir mal. Era a prueba de idiotas. Sin embargo, aquí estoy escribiendo esta carta a la luz de una lámpara sorda que titila amenazado con dejarme en la oscuridad, a merced de ellos.

El mejor disfraz del delincuente es el traje de policía. La placa en el pecho y las botas por encima del pantalón te dan el mismo poder e inmunidad que la sotana al cura. Pero la policía se ha convertido en un negocio pirámide donde se requiere de mucho esfuerzo y dinero para llegar a la cúspide. La seguridad privada es la mejor opción. Al menos eso creía cuando me contrataron para vigilar esta zona residencial.
Una semana me bastó para memorizar nombres, horarios y costumbres de los vecinos. Somos seres predecibles, rutinarios. Hasta el guardia de seguridad promedio, que apenas sabe leer y escribir, puede organizar un golpe y salirse con la suya. Pero yo me lo tomé en serio. Este residencial era una minita de oro y no pensaba desaprovecharlo. Poco a poco me fui ganando la confianza y admiración del guardia que me acompañaba en el turno, un joven ingenuo que apenas rebasaba la mayoría de edad. Cuando le propuse el robo aceptó sin titubeos.
Al menos la mitad de las doscientas sesenta y seis casas de la zona residencial no contaba con alarma o perro guardián. Y de esa mitad, el ochenta por ciento era habitado por ancianos. Sí, sí. ¿Cuánto se puede obtener en esas casas? Te sorprenderías. No hay mejor paliativo para combatir los remordimientos que el dinero. Hijos, hermanos, nietos pagando para que el abuelo muera dignamente lejos de casa. Además, les gusta conservar todo: fotografías, monedas, joyas.

La casa marcada con el número ciento veintiuno de la calle Homún, desde donde escribo, era el paraíso del delincuente. Se encuentra en un callejón donde el único vecino se marcha los fines de semana a su casa de campo. Es una estructura de dos plantas, escondida entre enormes sauces llorones que sólo permiten ver la única ventana del segundo piso. Está protegida (¡ja!) por una barda de escaso metro y medio de altura. Sin alarma ni mascotas. La habita una anciana, que se le podía ver todas las tardes frente a la ventana leyendo y meciéndose en una silla. A las ocho en punto de la noche apagaba la luz. Demasiado bueno para ser cierto. Ahora lo entiendo.

La mejor opción es, sin duda, asaltar casas vacías, pero había algo en esa anciana que me atraía como el abismo al suicida. Las manos trémulas cubiertas de anillos y pulseras, la prótesis de su pierna derecha, la respiración entrecortada, la mirada pedida, la llave antigua colgando del cuello…, o simplemente me ganó la curiosidad. Cada viernes, antes del anochecer, una empresa de mensajería le dejaba tres maletas a la puerta. La anciana, que sólo salía de la casa esos días, arrastraba las maletas con el dolor surcando su rostro. Estaba decidido: el siguiente viernes entraríamos a la casa.

Cuando la empresa de mensajería salió del residencial, nos subimos a las cuatrimotos fingiendo dar un rondín. El jefe de turno apuntó la hora en la bitácora y continuó viendo una telenovela y comiendo una sopa instantánea en la caseta de vigilancia.
Esperamos, fumando en silencio, a que la luz de la ventana se apagara. Cuando lo hizo, cogimos los morrales y las lámparas sordas y brincamos la barda. La hierba del jardín nos cubría la cintura y la tierra estaba muy floja, casi fangosa. Primero a la derecha y luego a la izquierda, escuché movimiento entre la hierba. Ratas, pensé, y le hice señas al guardia para que se apresurara. Para nuestra sorpresa, la puerta no tenía seguro. La abrí lentamente evitando que los goznes crujieran.

Fauces negras vomitando silencio.
Nos apresuramos a encender las lámparas. El clic retumbó en nuestras cabezas y se fue atenuando con el paso de los segundos, pero a la fecha lo sigo escuchando. La primera habitación, supuestamente la sala, estaba vacía. Cuatro paredes blancas absolutamente vacías. Caminamos hacia la otra habitación… Nada. El haz de luz de la lámpara del guardia se movía nervioso de un lado a otro. Puse mi mano sobre su hombro y le dije al oído que no se preocupara, que arriba estaría todo. Asintió y avanzó con firmeza rumbo a la escalera. Me quedé atrás, examinando las paredes. Parecían moverse, como si respiraran. De pronto, se escuchó un golpe que cimbró la casa. El guardia se había caído. Su lámpara rodaba en el piso generando sombras imposibles. Cuando lo ayudé a levantarse nos dimos cuenta que sus manos estaban manchadas de rojo. El causante de su caída había sido un charco de sangre al pie de una puerta pegada a la escalera. Los ojos del guardia gritaban: ¡Vámonos! Asentí y corrimos rumbo a la salida, mas a los pocos pasos las paredes comenzaron a agrietarse. Una a una se desmoronaban levantando nubes de polvo dejando a la vista la verdadera piel de la casa: una capa verde purulenta que se extendía y contraía al ritmo de una canción que no escuchábamos, pero que nos hacía vibrar. Nos quedamos inmóviles, aturdidos por la imagen.
Pasos. El sonido de pasos en la escalera. Seguíamos acartonados, con los dedos aferrados a las lámparas. Era la anciana bajando lenta y acompasadamente. La prótesis rechinando, la llave radiante. Por un instante me tranquilicé pensando que ella nos explicaría lo que estaba sucediendo, pero sólo se rió. Luego, se quitó la llave del cuello y abrió con ella la puerta junto a la escalera.

No he podido olvidar lo que pasó después. Las imágenes y sonidos se aparecen de repente, burlonas. Algunos pensarán que se trata del producto del encierro o de la ingesta de alguna droga, y muchos, que simplemente estoy loco. Mi intención no es convencerlos, sino sacarme este veneno del organismo para no suicidarme, como lo escuché unos días atrás.

La puerta se abrió violentamente apenas la anciana giró la llave en la cerradura. Del interior emergieron tentáculos enormes buscando de dónde asirse. Cinco, seis, siete. No lo recuerdo. El olor era nauseabundo. Me tiré al piso cubriéndome la cabeza. El guardia seguía inmóvil, alumbrando los tentáculos que se contorsionaban a pocos metros de él. Grité su nombre. El guardia volteó. Esperaba encontrar su cara desencajada, pero sólo un par de lágrimas escurrían por sus mejillas. Un tentáculo se enredó en su cuello, otro en sus piernas. Fue arrastrado hacia la habitación. La anciana cerró la puerta y se colgó la llave en el cuello.

Tuve que haberme levantado y escapado, ya no había peligro. Sin embargo, me levanté colmado de una furia que nunca había sentido. Corrí hacia la anciana blandiendo mi cachiporra y la golpeé en la cabeza. La anciana cayó. La prótesis de su pierna derecha rodó por el piso. La anciana se movía torpemente intentando levantarse sin conseguirlo. De su pierna incompleta surgió un apéndice crustáceo que le sirvió de sostén para levantarse. Me acerqué y levanté la cachiporra para asestarle otro golpe, pero caí de rodillas. Las imágenes se fueron disolviendo hasta ser sólo un punto negro.

Cuando abrí los ojos, me encontraba desnudo en el piso de una habitación. Junto a la puerta estaba la anciana con su sonrisa desquiciante, y el jefe de turno comiendo una sopa instantánea.
—Ya pedí que contrataran a otros dos —, dijo con la boca todavía llena de fideos. Cuando terminó, se limpió con el dorso de la mano.
—Mañana resano las paredes —, se inclinó y besó la herida en la cabeza de la anciana. Luego, del interior de su chamarra, cogió unas hojas, una pluma y una lámpara sorda que me aventó a la cara.
—Esto evitará que te suicides, raterillo.
No los he vuelto a ver.

Llevo dos semanas acompañado únicamente de ese agujero temible en medio de la habitación y de las maletas al otro lado. El agujero se encuentra cubierto de tierra firme, aunque sé que en cualquier momento se convertirá en fango y de él saldrán los tentáculos reclamando su comida. Hay noches en que creo escuchar de su interior los gritos de auxilio del guardia…
Al principio no quise saber nada de las hojas y gasté toda mi energía buscando escapar. Después vino la desesperación, el miedo. Logré vencerlos gracias al guardia. Repetí incesantemente su nombre verdadero (que me niego a escribir para que no deje de ser mío) hasta hacerlos desaparecer.

Caminé sobre el agujero y llegué a las maletas. Me esperaban sonrientes, deseosas de ser abiertas para gritar sus secretos. Corrí los cierres. Por fin resolvería el misterio. Por mi mente pasaron cientos de argumentos fantásticos. Las abrí con el corazón al borde del colapso.
Vacías. Completamente vacías. Me quedé sentado largo rato en el piso tratando de resolver el enigma. Cuando lo comprendí, reí hasta que las risas se convirtieron en lágrimas. Era parte del plan. De su plan.

Golpeé las paredes con la cabeza hasta que la hemorragia me nubló la vista y el mareo me hizo vomitar. Dormí horas, días. No lo sé. Cuando la razón estaba por abandonarme, recordé las palabras del jefe de turno.
Crucé el agujero de regreso y comencé a escribir esta carta. No sé si todo ocurrió como lo cuento, como tampoco sé exactamente qué es eso que se escucha detrás de las paredes y que me observa desde las esquinas.
Me despido. La lámpara ha cerrado su único ojo y escucho el chapoteo de criaturas (que no me atrevo a imaginar) emergiendo del agujero.
El plan se cumplirá.

Regresar