Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año I Número XII Especial Octubre 2013

 

Cháchara de bazar
Rodrigo de la Serna


¿Que compraste qué? ¿Tú? ¿Y dónde? Mmm, qué raro, Ya mero vas tú a hacerte de una cosa así. ¿O qué: ya te dio por checar cómo te ves antes de salir? Eso y más le dijeron sus cuates el lunes en el bar, al querer platicarles de su visita a una venta de esas de domingo. No creyó que le dieran tanta importancia al asunto; luego involuntariamente les dio más cuerda al citar, como de paso, a Osbelia. Ahora dirigían sus baterías a otro punto sensible: Ah, más bien te mandaron a comprarlo… espejito espejito, dime quién es la más bonita… Eso fue, ¿verdad? No te hagas güey. Confiésalo: di que ya eres todo un mandilón. Y otra vez aguantar la andanada de carcajadas, el pitorreo, tanto chiste a su costa; al final lo palmeaban en la espalda: Sabe que se le quiere mi Jimmy, se le quiere.

Era el único soltero del grupo, se conocían desde la universidad tecnológica. Que él se mantuviera soltero se le toleraba en virtud de ser cuate, aguantador, discreto; a veces le prestaba su departamento a Félix o al Manotas, que así se ahorraban lo del hotel –así no se balconearían tanto. Si oficina y familia lo permitían, las más de las veces se juntaban en La Cueva del Pargo, y en casa de Félix una que otra vez. Eran administrativos decentes, vida ordenada, sin sobresaltos, trabajar, acumular lo más posible.

Ya a solas él reconocía: por ella accedía a cosas extrañas, como apostarle a perros tras una liebre de metal o comprar cosas usadas, pero esa loca mujer valía la pena. No pudo negarse en el coche, ambos batallando por meterlo sin rasgar las vestiduras, cuando ella aseveró divertida: ¿Quién dijo que era para mí?... pero bebé, si es para tu casa, a mí no me hace ninguna falta, y a ti sí. Beso.

Sin mucho esfuerzo lo convenció, le enumeraba las ventajas: Acuérdate qué barato te salió, y lo rápido que el gordo barbón ese aceptó tu oferta: “Te doy 300, no traigo más”. Pero si fuiste tú la que habló –dijo él a medias. Y ella entró en la risa repentina que iluminaba el mundo de ese hombre solo, y claro que a Jaime le fascinaba aun si le decía: Ja ja, nada qué, fíjate bien en el marco, la clase del cristal, n’ombre… esto lo menos anda en tres mil en Liverpool, echa cuentas de cuánto nos ahorramos, además: te hace falta, bebé, no digas que no, oye: no hay nada para que una se vea. ¿O no quieres que me vea bonita?

Ese argumento es histórico, asunto de otro tiempo. La noche de ese domingo lo subieron a su casa, instalaron sus cuatro patas donde ella consideró conveniente; el sitio elegido fue justo tapando el librero. Él quiso decir algo pero ya era tarde para todo. Ahora ella se adueñaba de tiempo y espacio al mirarse y mirarse desde distintos ángulos, y eso a él también le fascinaba: poder verla sin disimular, mirarla sin ocultar el deseo, recorrerla sin encubrir el gusto por verla desnuda. Así comenzó a verle otras posibilidades al regalito: una Osbelia se le desvestía de frente y también disfrutaba de la otra, la de duras nalgas y el delicado resto de curvas reflejadas en el espejo. Se dijo con cierta holgura: Pues sí valió la pena traerse la cháchara esta… Esa noche de enero se soltó mucho frío; a la primera que se lo pidió ella accedió a quedarse, le dio un beso y dijo: Sí, bebé, me quedo contigo. Sorprendido y a la vez satisfecho, dudó al principio pero ella le aseguró que no bromeaba ni mentía. Otro beso. Tuvieron actividades maravillosas y horas después durmieron el sueño de los justos.

Una corriente rasposa lo obligó a levantarse. Fue a orinar, al salir del baño vio abierta la ventana de la estancia, fue a cerrarla y al pasar por el espejo sintió un rozón, un soplo, un escalofrío errante, filoso. Como se percibió de reojo, como era de madrugada, como estaba medio dormido aún, tomó el sobresalto como algo incomprensible, simplemente no estaba acostumbrado a tener una doble realidad de ese tamaño en casa. Cerró la ventana. De regreso, al pasar por el espejo no sucedió nada; respiró hondo ante sí mismo. “Qué extraño un espejo tan grande”. Le dio frío y corriendo se fue a meter a la camita, donde la fortuna se llamaba Osbelia y estaba en su cama de cuarentón solo. Durmió a pierna suelta. Las siguientes noches, ya sin ella en el lecho, ya no durmió igual, sin saber qué sucedía todo comenzó a ser distinto. Atribuyó visiones y sueños a la ausente mujer que se metió tan dentro de su vida, y tan rápidamente; ya no podía estar sin ella. La madrugada del miércoles puso en su facebook: “estas horas adictas a murmullos y raros personajes lo comprueban”.

Ese día, a la hora del cafecito el Manotas lo abordó con descaro: Oye mi Jimmy, hazme un paro, socio, préstame tu casa hoy, mano, fíjate que la de compras, la nueva güey, la Lily, es bien chida, ¡y ya me dijo que órale, va!, pero que tiene que ser bien discreta la cosa, mi Jimmy, y pus tu leonera está que ni mandada a hacer, ya ves que yo… la gorda y los niños pues… ¿cómo la ves?, ¡oh!, ¿ya ves, no te digo, mi Jimmy?, ¿te me vas a poner rejego?… ¿pos qué no para eso son los amigos? Y él se sostuvo: No. A la hora de la comida entre todos lo convencieron con otro argumento histórico: echándole la culpa. Que su cuate no anotara un gol: culpable, de no jalar parejo: culpable, culpable. Y dijo que sí con una condición: que le dejaran llegar a su casa antes de medianoche. El Manotas le juró con toda propiedad: ¡Hermano, si quieres llega once y media!, a esa hora aquella ya se habrá cansado de pedir esquina. Y pasó lo de siempre, le creyó, aunque ya sabía que al final tendría que tumbar la puerta de su casa a golpes, hasta que le abrieran y acabara acostado en el sofá de la sala.

Otro día perdido; no tanto por prestar la casa desde las seis, era estar otra vez sin Osbelia; cada hora se prendaba más, más, ahora le urgía estar con ella. Comenzó a llover antes de la hora de salir; el aguacero iba y venía, matizaba su intensidad, duró bastante. Raro en enero. Sin idea clara de qué hacer se dirigió a la plaza, vio aparadores, zapatos, casas a escala, ofertas y ofertas, y sin mojarse; recaló en el cine. A los veinte minutos ya miraba su reloj, aquello era un churro por más súper producción que tuviera; se la chutó a sabiendas que no tener nada qué hacer. Iban a dar las nueve cuando acabó la película. Otra vez a recorrer la plaza, pensó en revisar su muro, en cenar, ¿pero qué, dónde? ¿Tengo hambre? Y como ya nada quedaba por hacer se puso a ver libros en exhibición. Minutos más tarde sonó su celular; era el Manotas, se le hizo raro (nomás falta que me salgan con que se van a quedar una semana); y contestó. La voz al otro lado no era su compañero, era una mujer (¿cómo dijo el Manotas que se llamaba, cómo?), que le pedía ir a su casa de inmediato. Y lo repetía insólitamente: Veeen, Ayúuuudanos… Ráaaapi… doooo.

¿Qué pasó, dime qué pasó, dónde está Leopoldo? –dijo Jaime con ansiedad. Le crecía porque la mujer no hablaba con fluidez, parecía que respirar la ponía en aprietos. Tras insistir y no obtener otra respuesta, ya alarmado colgó, fue por el auto y salió de la plaza con rapidez; se sentía extrañado, iba molesto, titubeante, decidido. En su mente latía el temor de siempre: Me van a jugar otra vez una bromita, de esas gachas. Por esa sospecha no les marcó a los demás. Sin embargo, otra intensa sensación lo recorría de arriba abajo, indefinible efecto sin presencia y palpable en tantas formas como miedo. Y es un poco diferente si en la espalda se te posa un vengativo escalofrío errante. Y la lluvia se espesa, y por supuesto que no se entiende nada, mejor se va despacito, y llega a su casa y entiende menos. La parafernalia es grande: ambulancia, patrullas, luces encarnizadas, paraguas de mal agüero, los reporteros de la fuente, la multitud salida de quién sabe dónde, ansiosa de que le toque algo de sangre o vísceras. Se acerca con incertidumbre; se había imaginado un incendio, un ataque terrorista contra la vecina, pero no; al acercarse al cerco policíaco distingue que del edificio sale una camilla, y a quien llevan es al Manotas. Su estado deja pálido a Jaime, nunca lo había visto así, de hecho nunca había visto a alguien así, tan perdido en el miedo, le faltaban mechones en el pelo, como que se los habían arrancado a mano limpia mientras lo ahorcaban. Se acerca más. Cuando su amigo lo ve, entra a una zona más honda tras los gritos que pega un aterrorizado amarrado en camilla: ¡Mira lo que me hicieron, carnal, querían matarnos, rompe el maldito vidrio, están en tu casa, mira cómo me dejaron Jimmy, mátalos, mátalos! Tuvieron que volver a sedarlo para trasladarlo al hospital. Alrededor de la escena, uno con ojo experto en la muerte y que observaba todo por ahí, notó ese intercambio de miradas entre los gritos de advertencia; cuando se llevaron al enloquecido el tira fue a interrogarlo. Él respondió a todo con claridad y calma; no mentía cuando decía que estaba igual que ellos: sin saber nada. ¿O ya saben algo?, oiga, y por cierto: ¿dónde está la mujer que me habló? Ya se la llevaron, iba en shock aunque no histérica como su cuate –dijo el tira. ¿Pero qué pasó?, pidió Jaime. El policía le contestó con más preguntas.

Tras declarar y firmar lo correspondiente en la agencia del ministerio público, volvió a su casa. Al meter la llave en la puerta pensó en Leopoldo: ¿a quién había que matar? A partir de que abrió, otras interrogantes comenzaron a aparecérsele sólo de mirar el departamento; un desbarajuste, todo fuera de lugar a excepción del espejo. No era un desastre aunque había huellas de cierta violencia en la mesa volteada, sillas… como azotadas; rara esa sangre en el baño, en la cocina, la habitación, mientras las preguntas le crecían: ¿qué hicieron estos locos? ¿Qué es esto? ¿Qué pasó aquí? Esta última se la hizo justo al pasar por el espejo y se le subieron muchas respuestas al mismo tiempo, en la nuca, en las nalgas, en cada orificio. Sigues tú idiota… ¡Mira cómo me dejaron carnal!... ¿No quieres que me vea bonita?... Te vamos a sacar los ojos, desgraciado. Esto último lo sobresaltó más que todo, lo oyó en voz del policía que le tomó sus datos en el MP. En el espejo sólo se veía su propia imagen.

Y Osbelia sin contestarle. Un malestar múltiple lo puso en blanco, nervioso, hastiado de responder el teléfono y volver a contar todo a los demás; optó por ponerse a recoger el tiradero. Era poco más de la una y Jaime sentía que llevaba horas así: alzando esto, dándole la vuelta a aquello, intentando borrar un caminito de sangre en la alfombra. Un grito a su espalda lo paralizó: ¡Nunca me han gustado los mandilones! Volteó asustado y vio a Félix, desnudo y con un machete a punto de darle en la cabeza, como a un coco. Gritó como poseído, instintivamente alzó los brazos para cubrirse el rostro. Y no sintió nada, silencio, se descubrió y vio que estaba más solo que nunca. Casi se calmó y ese estado de gracia duró poco; sacaba una cerveza del refri y al cerrarlo, tras la puerta se le apareció la secretaria del director, desnuda, tambaleante, con un picahielos encajado en un hombro; y la vio como de setenta y tantos años, era ella, lo sabía, pero no le reconocía la voz: Veeen, Ayúuuudanos… Ráaaapi… doooo.

La botella estalló al tocar el piso. La soltó con el susto, su cara dominada por el pavor. El ruido y una gruesa astilla que se le enterró en el dedo gordo, le hicieron voltear a verse el pie derecho, sangraba pero el miedo lo hizo voltear a ver a la decrépita, que ya no estaba. Titubeante entre salirse o resolver la incomprensible situación, supo cómo choca la aprensión con los intentos por tener calma, por ejemplo con los ojos que lo miraban desde la pared de su recámara. Tomaba un trofeo ganado en el bar y se disponía a lanzárselo, cuando sonó el timbre. Corrió al interfono, era ella. Y de nuevo tan rápido se transformaba el mundo, del miedo al gusto, de la angustia a la paz. Ella… era ella la que le daba sentido a vivir, más aun en momentos como ese. Había tenido mucho trabajo, por eso no se había puesto en contacto –y él se acordó que no sabía qué hacía ella, dónde trabajaba. Pero como estaba feliz de verla, mejor la puso al tanto de los hechos. Osbelia lo miró feo cuando supo qué hacía esa pareja en su casa, y por qué no se iban a un hotel como hace la gente decente para coger. Lo escuchó atentamente cuando él se explayó en el estado de su amigo, ahí amarrado como loco a una camilla y pegando gritos advirtiéndole de asesinos en su casa. Ella cortó la nota roja con un comentario ad hoc: Qué asesinos ni qué ocho cuartos, más bien aquí esos dos se dieron un round de cariño, ay bebé… apa amiguitos que te cargas, ándale, mejor vamos recogiendo este batidillo. Beso.

Se quedó con él y no se habló más de lo sucedido. Cuando llegó el momento, Jaime se quedó profundamente dormido. Más tarde, otra vez un chiflón le recorrió la espalda; despertado a medias percibió que ella no estaba a su lado, raro; y otra vez ganas de orinar lo levantan. Desde la puerta de la habitación ve a Osbelia desnuda, repegándose al espejo, lamiéndolo, arañándolo como hacía en su espalda. ¿Cuánto tiempo la ve? No sabe, porque aun cuando le disgusta, le fascina. Suena de pronto su celular en el buró, voltea, no le importa, mira al corredor y no hay nadie más que el espejo. Y algo de otro mundo siente cuando desde la cama ella le pregunta: ¿No vas a contestar, bebé? No sabe qué hacer, qué pensar. Osbelia tiene la misma mirada de siempre y él cavila: “¿pero cómo es posible que esté en la cama si apenas estaba ante el espejo?” Contesta la llamada, es Félix, dice que el Manotas entró en coma, al igual que su amiga, que los alcance en la clínica. Aquel quiere hablar más, Jaime no, quiere orinar, siente frío, mira a Osbelia acurrucada entre las sábanas, se acuerda de cómo se veía en el corredor con esa luz sólo posible en el alba.

Ya en la oficina, se extrañaron de verlo tan indiferente ante el estado del compañero. Él adujo que iría a verlo pronto. ¿Pero cuándo?, le exigieron. Pronto, ahora discúlpenme, dijo él y se concentró en su computadora. Llevaba horas con su mente circulada por innumerables elementos a la vez: ella diciéndole bebé, ¡rompe el maldito vidrio ese!, su amigo en coma, aquellos ojos movibles en el muro de la sala, el caminillo de sangre hasta los pies del espejo. Llegó a su casa decidido a poner orden, se programó: faltan veinte para las siete, de aquí a las nueve todo quedará como nuevo, voy a sorprenderla, cuando llegue ya hasta habré puesto la mesa y con el vino que le gusta. Osbelia no llegó ni se puso en contacto. A las diez y media Jaime empezó a emborracharse; puso a Juanes y hacia medianoche ya le mentaba la madre a su vieja; a los ojos que lo seguían desde el muro les aventó una botella de vodka pero el impulso para lanzarla hizo que Jaime cayera. Y entre vueltas y vueltas distinguió al Manotas con bata de loco diciéndole: Qué ojete eres, ni me has ido a ver, ahora por eso mejor ni te digo qué van a hacerte estos culeros. ¿Quiénes, de qué hablas?, ¡iba a ir a verte mañana, mano!, dijo él tan ebrio.

Dando esos giros solamente posibles sin moverse y con la mente arrebatada, él dejó de querer entender todo lo que aparecía ante sus ojos y sentidos. Minutos más tarde, siglos después, le subió un vómito incontrolable, al sorprenderlo acostado boca arriba lo hizo sentir un ahogo desquiciante, le costó mucho esfuerzo acodarse y ponerse de lado; nunca había sufrido tanto con una vomitada. Al terminar quedó jadeante, y todo seguía igual: muebles en el techo, los ojos mirándolo, ese incierto frío todo el tiempo y cientos de voces entrecruzadas pero destacándose dos, una pidiéndole a gritos: ¡rómpelo! La otra amorosamente le susurraba: Tu amigo está loco, no le hagas caso. Y esa voz lo fascinaba. Dime que me quieres, dímelo otra vez –pidió él a su imaginación. Y ella concedió: Te quiero, bebé. ¿Cuál problema hay en decirlo? Ahora dime por qué estabas anoche repegándotele al espejo, soltó de pronto Jaime desde otra zona aparte de la ebriedad. Y por vez primera vio en ella otro rostro, una carita ahora distorsionada por el enojo, coraje por haber sido tomada por sorpresa. Tú ya estás tan loco como tu amigo, respondió ella mirándolo con desconfianza.

Por más que intentó ya no pudo verla igual. Esa Osbelia seguía linda aunque poco a poco dejaba de serlo, plumas de ángel empezó a verle en la frente y el cuello, esos ojos eran como los del muro: saltones, como de pollo, volteó a mirarlos, sí: idénticos, plumas entre las pestañas, y el aullido intempestivo del Manotas cayéndole como baldes de agua helada: ¡rómpelo, rómpelo, rómpelo, rómpelo! La voz de ella dejó de ser aterciopelada, ahora era agudísima, estridente: ¡A ti te vamos a romper la madre, idiota! A pesar del miedo se levantó, fue directo al clóset, sacó el bat de su juventud beisbolera, las voces, miradas, chiflones y vómitos le escupían, le lanzaban zapatos, vasos, seguían insultándolo en su camino. Tomó vuelo tres metros antes de llegar al espejo, el bat dio en el centro del cristal, se oyeron (¿oyó?) ciertos aullidos dolorosos y Jaime no se detuvo, siguió a batazos con todo pedazo de vidrio, luego con el marco, las patas, le dio hasta dejarlo como un montón de escombro. Al fin sintió que dejaba de tener frío en la espalda, aunque oyó quejarse a la vecina y al de abajo ya no se oían voces a cientos, las cosas que flotaban ahora yacían en el piso. Se sintió libre. Fue tranquilizándose. Se bañó. Fue por una cerveza, abrió y cerró la puerta, no se le apareció ninguna vieja terrorífica. Gratificado, se arrellanó en el sofá, bebió como los justos, pensaba qué iba a hacer con Osbelia luego de verla como la vio. Y en ese momento por detrás le pusieron un mecate al cuello y comenzaron a ahorcarlo a placer. Las voces que oía eran las del Manotas, emitiendo los mismos estertores que él, mientras Osbelia y amigos entraban en su casa, volvían a insultarlo y se le iba la luz.

Playa Sur
13 – 21 julio 2013

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