Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año I Número XII Especial Octubre 2013

 

Halloween en la Meche
Luciano Pérez

Pandemonium es la capital de los diablos y de la nepenta, siendo ésta una droga mágica que trae paz y poesía a los corazones atormentados. Como los diablos son gente siempre en tensión, la ingesta de dicha pócima los aquieta y relaja. En la mencionada capital, ubicada en algún lugar del centro de la Tierra, según los pareceres algo extravagantes de Dante Alighieri y Julio Verne, sus habitantes, todos con cuernos y pies de cabra, dignos descendientes del dios Pan (que no ha muerto, dígase lo que se diga), celebran el Halloween emborrachándose, además de con la nepenta, con la bebida otrora marxista por excelencia: el vodka, única mediante la cual es posible soportar el frío que se vive en el infierno.

Un cierto día, también de Halloween, el demonio Pazuzu, aburrido, quiso salir a la superficie y darse una vuelta por el mundo. Él fue en otro tiempo el dios sumerio-babilonio del viento, y se le conocía poco universalmente, hasta que su imagen fue tomada por Hollywood para la evocación del Diablo en la exitosa película El Exorcista, de 1973, en el año siete de la era post-cristiana (que inició en la Walpurgisnacht de 1966 con la muerte del Altísimo).

Recordemos cómo apareció él, frente a frente ante el padre-arqueólogo Merrin, en pleno desierto de Irak. Pazuzu, cuando vio el filme, no quedó complacido. “¿Qué tengo yo que ver con curas?”, le comentaba a sus compañeros demoníacos. Éstos, divertidos, se burlaban de él. Pazuzu no les hizo mayor caso, pero le quedó en el fondo de sí mismo la herida por haber sido expuesto en esa película como la representación de Satanás. “Pero yo no soy Satanás, soy Pazuzu, e incluso soy más antiguo que él”, decía, sin que nadie le prestase atención.
Entonces, quiso salir al mundo en el 2013, año 47 de la era post-cristiana, en pleno día de Halloween. Desde el fondo de la tierra, fue a dar a un túnel donde pasaban los trenes del metro de Mexicópolis. Pazuzu ya conocía tales transportes. “En la Babilonia de hierro los hay”, dijo, mientras caminaba hacia la estación. Era de madrugada y no había nadie aún. Las luces estaban apagadas. Serían las tres o las cuatro. Pazuzu salió a la estación vacía. No tuvo problemas en pasar por los torniquetes ni tampoco en atravesar la cortina de metal para salir a la calle. Los diablos tienen manera de abrirse camino por donde sea, excepto hacia el cielo, donde no han vuelto desde los días en que todos los habitantes de Pandemonium se levantaron en armas contra Dios y su amado Hijo y fueron, al parecer, derrotados.

Así que Pazuzu fue saliendo de la estación del metro Merced en la antigua ciudad ex-azteca y ex-colonial de Mexicópolis. Las estrellas brillaban en el negro firmamento. Algunos autos pasaban. Algunas sombras también. Pazuzu esperaría el amanecer, para enterarse de cómo celebraban el Halloween en este lugar, la Merced, mejor conocido como la Meche, uno de los barrios tradicionales de la capital mexicana con un intenso tráfico comercial. Pazuzu más o menos conocía la urbe. De hecho, fue invitado de honor en una exposición de brujas y brujería que hubo en el Museo de la Ciudad en el año 2004, 38 de la era post-cristiana. Ahí estuvo él, expuesto en una vitrina, donde todos los escolares y curiosos pudieron verlo, en piedra, tal como salió en El Exorcista en manos del padre Merrin, y tenía una tarjeta al lado con este breve texto: “PAZUZU, dios del viento entre los babilonios, varios siglos antes de Cristo”. La tarjeta debió decir algo acerca de su aparición en la película, como información curiosa, pero no mencionó nada.

Pazuzu nunca pudo decidirse entre si poseer a Linda Blair o a Ellen Burstyn. “Las dos me atraían fuertemente, sobre todo la señora. Pero el director del filme, de acuerdo con la novela, quiso que me introdujera yo en la joven. La señora siempre me pareció como la más adecuada para ser poseída por mí, sólo que nunca hay manera de hacer razonables a los novelistas y menos a los directores de películas”, comentó para sí mismo el demonio babilónico.

Para aguardar la llegada del sol, Pazuzu se metió al patio de la iglesia de la Palma. Al entrar se acordó de una venerable leyenda ocurrida hace mucho tiempo en ese sitio. Fue ahí donde se reunieron Hernán Cortés, el Cid Campeador y Don Quijote para embriagarse y burlarse del Cristo de las Lágrimas que se venera en dicha iglesia. A los diablos les fascina esa historia, una de las más ilustres del barrio de la Meche. Todos los borrachos y léperos la conocen de memoria y procuran divulgarla, pues consideran a tales personajes como sus ancestros. Los académicos no hacen caso del relato, que les parece imposible (“las fechas no concuerdan” es el pretexto de siempre para cubrir la incapacidad de quienes no quieren ver más allá de sí mismos), además de que lo consideran un delirio más de gente venida a menos. Pero a Pazuzu siempre le pareció de gran interés, por ser una leyenda divertida y llena de encanto. “Esos tres españoles eran más diablos que yo mismo. Fueron una fuerza en su tiempo. Es una lástima que no se les comprendiera”, pensó el demonio con melancolía. Y entonces llegó el sol. A diferencia de lo que muchos mal informados piensan, los seres infernales no le temen a la luz del día. Todo lo contrario, es cuando el sol brilla intensamente cuando mejor pueden actuar.

Pazuzu recibió el amanecer con alegría. Y la calle se fue llenando de gente. Los puestos con mercancía se iban colocando. Los tamales y el atole aparecieron prodigiosamente por todos lados. Y por supuesto, ya las mercenarias del amor iniciaban sus benéficas labores. Hacía un poco de frío, así que todavía no dejaban ver ellas gran cosa de su carne. Algunas, bromistas, salieron disfrazadas de brujas. “¡Para chuparles mejor!”, comentaban maliciosas, riéndose con estruendo como suelen hacerlo. Así fue en los tiempos de Babilonia la Grande, y observó Pazuzu: “Este tipo de mujeres eran sagradas entonces. No se dejaban poseer por dinero, sino como ofrenda para la diosa del amor, Ishtar, a quien yo quise mucho. Y no había diferencias sociales. Todas las mujeres tenían alguna vez, o quizá dos veces, que prostituirse en el templo de la diosa, fuesen ricas o pobres, jóvenes o maduras, meseras o eruditas. En honor de Ishtar. Hubo quienes no quisieron dejar de hacerlo nunca, pero no recuerdo que cobrasen”. Así dijo el demonio, quien pasó afuera de algunos hoteles de paso ilustres en la Meche: el Gran Veracruz, el Liverpool, el Necaxa. “En Babilonia estos lugares serían santuarios”, comentó él, “y es una pena que todo esto se haya vuelto de cabeza, convertido en un lucro. Pero lo mismo sucedió con la Iglesia de ya saben quién”.

El aire comenzó a llenarse de música. Los mercaderes anunciaban la venta de productos para Halloween. Máscaras de monstruos, disfraces de vampiro, discos con aullidos y carcajadas diabólicas, sombreros de bruja, cuernos de Satanás, esqueletos del más allá, calabazas sangrientas, trajes de la Llorona, Chucky, Freddy Krueger... Y el sonido que se oía por todos lados le pareció familiar a Pazuzu. Se trataba de la famosa melodía de la película El Exorcista, los órganos tubulares o algo así. “Me gustan los acordes. Y lo mejor es que, no obstante ser escalofriantes, noto que a la gente le parecen muy normales, nadie se asusta. Es la vuelta al paganismo, pues el Halloween es todo lo opuesto a Dios, definitivamente. Y todos aquí quieren disfrazarse, por lo que veo, y aparecer como brujas y diablos para esta noche y para el Día de Muertos, con la música de El Exorcista como fondo. Muy bien, me siento feliz”, decía Pazuzu con honda satisfacción.

Y fue entonces que unos tipos le salieron al paso, solicitándole dinero para “curarse la cruda”. Ellos eran del color de la tierra. Seguras víctimas también de la incomprensión, como nuevos Cortés, Cid Campeador y Don Quijote. Y si éstos fueron los “teporochos” de antes, los de hoy, sin embargo, no tienen la satisfacción de haber logrado alguna vez por lo menos alguna hazaña. Aunque quién sabe, quizá detrás del rostro moreno de estos alcohólicos están también las conquistas de Tenochtitlan, de Valencia y de Dulcinea del Toboso. Pazuzu sacó de su bolsillo unos jades que le regaló el conde von Drácula, y se los dio a los borrachos, los cuales no supieron qué hacer con ellos. Drácula se los entregó a Pazuzu en una caja negra de terciopelo, unos días antes de que los soviéticos liberasen a Rumania en 1944 (año 22 antes de la era post-cristiana). “Prefiero que los tengas tú, a que me los roben los comunistas cuando lleguen a mi castillo a saquearlo todo”, le dijo el vampiro al demonio.

El diablo se alejó, para meterse al mercado de Sonora, donde los comerciantes de lo oculto le ofrecieron limpias, anti-hechizos y lociones para encontrar amor, trabajo y dinero. “De nada sirvió que la serpiente ofreciese sabiduría a Eva y Adán, si los descendientes de éstos la rechazan, pues sólo quieren amor, trabajo y dinero”, observó con ironía Pazuzu. “Todo en la vida es un gran malentendido. Nosotros los diablos siempre quisimos hacer sabios a hombres y mujeres, porque sólo los sabios tienen el valor de enfrentarse a Dios. Y sin embargo, lo único que la raza humana nos pide es amor, trabajo y dinero, no sabiduría. Mas, ¿qué se le va a hacer? Así continuará siendo, y nada puede cambiarse a ese respecto. A menos que alguna vez regresemos al cielo, ya sea por la buena o por la mala. Por la buena implicaría que Dios se dejase de cosas e hiciese valer el título de Satán como el más bello heredero al trono del universo. Por la mala, una nueva guerra en el cielo contra los ángeles de Dios, que no sé si podamos ganar, pero existe quizá una posibilidad”, pensaba el demonio de Babilonia mientras caminaba de regreso a la estación del metro de donde había salido. Y al llegar ahí, no quisieron dejarlo entrar dos policías.

“Sin boleto no entra, señor, a menos que sea usted viejo, que no lo creemos”, le dijeron. Y Pazuzu con una gran sonrisa, les contestó: “Soy más viejo que Dios mismo, caballeros. Además, ya es la hora de beber mi dosis de nepenta con vodka”, y le dio la vuelta al torniquete para entrar, ante el asombro de los policías, que no supieron a qué atenerse. Uno le dijo al otro: “No sé si él sea viejo, pero es por lo menos discapacitado”. Y el otro, azorado, le preguntó: “¿Por qué lo dices?” Y aquél respondió: “Porque le vi un pie de chivo. Nadie puede caminar así, ¿verdad?” Y el otro dijo: “Pues yo lo vi caminar perfectamente. Y nada de que era un viejo. No debimos dejarlo entrar sin pagar”. Cuando los policías se ponen a discutir entre ellos, sólo dicen tonterías y dejan escapar a los ladrones. Y a los demonios.

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